El hombre de negro

El hombre de negro

 

El pistolero recorrió un nuevo desierto
atravesando las colinas y sus prejuicios.
Atrás quedó un indolente ser, muerto,
y con él abandonó su fin y sus inicios.

Las llanuras y los mares, sus amigos,
nunca vieron con buenos ojos su forma,
pero tampoco discutieron el fondo.
Aquéllos que habían hurtado abrigos
se pudrían ahora en lo más hondo,
felices al haber encontrado justa muerte
por sus miserables vidas carentes de norma.

El hombre de negro, el mejor justiciero,
ése al que temían todos los que debían,
el brazo ejecutor de la naturaleza,
alguien que existía aunque no debía,
la mejor manifestación de poder divino,
había decidido revelarse contra Él
sin más motivo que escapar de su piel.

La materia y el alma,
el cuerpo y el aura,
la mentira y la verdad,
la gran dicotomía,
lo que divide el mundo,
la justicia y la realidad.
¿En manos de quién están?

 

 

A golpes (fragmento 2)

Boxeo2

 

[…]

 

Jesús Ángel aceptó el desafío a pesar de estar muerto de miedo. Solamente se tranquilizó al ver a Jenny. No era más que una cría de unos doce años, aunque con cara de pocos amigos, músculos perfilados y ni un gramo de grasa. Pero con sus cuarenta, quizá cuarenta y cinco kilos, no debería ser un rival tan duro como para no soportar en pie un minuto.

Lamentablemente Jesús Ángel se equivocó. En el minuto de tiempo establecido por Riki lo tumbó tres veces. Apenas logró defender los golpes de la dichosa niña, que se movía a toda velocidad como llevada por el diablo y que le lanzaba directos a cada centímetro de la cabeza. Cuando intentó levantarse tras un certero gancho de izquierdas con todo el coraje que le quedaba, Riki decidió que ya era suficiente.

–En serio, vete de una vez, chico. Esto no es para ti.

El antiguo Jesús Ángel se habría esfumado y habría puesto todo su ímpetu en olvidar la visita a aquel lugar. Pero el nuevo era pura determinación. Ya en casa tomó tres pastillas para el dolor. A los restos de sus heridas se habían sumado los golpes de los puños de Jenny. No obstante, todavía tuvo fuerzas para planificar su contraataque desde la mejor posición que conocía: frente al ordenador.

La mañana siguiente Riki se plantó frente a la puerta del gimnasio a las once, como todos los días. Había instalado un código de seguridad que la bloqueaba y la llave era una tarjeta electrónica, pero de un modo inexplicable ninguno de los dos sistemas funcionaba. Contrariado, rebuscó en el bolsillo de la chaqueta y extrajo el móvil con la intención de avisar a la empresa instaladora. Entonces, cuando miró la pantalla, entendió lo que estaba sucediendo: “¿Quién es ahora el débil, chico? Esta noche estaré ahí a las diez y media, cuando no quede nadie, y me entrenarás TÚ.”

Aquella noche fue la primera de una serie de entrenamientos que duró varios meses. Ambos se veían tras finalizar sus respectivas jornadas laborales. Jesús Ángel seguía de baja y no se reincorporó a la empresa durante ese período. En sus planes sólo estaba la venganza como objetivo y quería paladearla con la lentitud y la dureza del esfuerzo y los entrenamientos. Pensaba que así le daría más placer lograrla y de hecho era su única meta. Para pasar el tiempo y ganar algún dinero extra hacía trabajos de consultoría desde casa, que consistían básicamente en indicar a las empresas en qué apartados técnicos flaqueaban sus sistemas y cuál era el mejor modo de reducir los riesgos de ataques externos. En paralelo buscaba cualquier mínimo dato de sus agresores. Poco sabía de ellos más allá de su aspecto físico. Los muy estúpidos habían realizado sus maldades a cara descubierta y tenía grabados sus asquerosos rostros en su memoria. Jesús Ángel realizó un retrato robot de cada uno de ellos pidiendo un favor a un dibujante. Tenía pegados los bocetos en la pared, tras la pantalla del ordenador, y añadía o quitaba detalles según los recordaba: el mentón afilado de uno de ellos, con esa pequeña cicatriz al lado de la boca, los ojos grandes y negros y la media melena negra recogida en una estúpida coleta; el otro luciendo perilla, con patillas desproporcionadas, ojos azules y pelo corto, castaño claro, sobre las entradas en la frente de tono tostado. Quizás hubiesen cambiado de aspecto pero no lo veía probable: habían actuado con tanta prepotencia y superioridad, tan por encima del bien y del mal, que le extrañaba que se planteasen siquiera el hecho de que pudiesen estar buscándolos. La policía era inepta y Jesús Ángel, un don nadie.

 

[…]

 

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A golpes (fragmento 1)

Boxeo1

 

–¿Andas perdido, chico? –le preguntó un anciano que fregaba varios charcos de sudor consecuencia de las exigencias de los entrenamientos. El tono de la pregunta denotaba que Jesús Ángel era un elemento discordante en aquel lugar. Sus pantalones beige de pinza, la camisa pálida a cuadros y las Panama Jack marrones no eran el vestuario más apropiado. Solamente los moratones ahora amarillentos le daban cierto aire boxístico, aunque era poco bagaje si se echaba un vistazo al resto de su cuerpo.

–Estoy buscando a Ricardo.

–¿A Ricardo?

–Sí, Ricardo, el que conocían como los Nudillos de San Blas.

El gimnasio Riki Boxing era una pequeña nave con las paredes forradas de carteles de boxeo. Había dos sacos de entrenamiento colgados del techo y varias pesas desperdigadas por el suelo. El ring acaparaba la atención justo en el centro del espacio, donde dos chicos de unos dieciséis años con las cabezas cubiertas por las protecciones reglamentarias se fajaban en combate en un espléndido despliegue de energía.

Jesús Ángel los observó con interés. Ojalá él hubiese empezado tan pronto.

Pero antes de continuar con Jesús Ángel y su iniciación al boxeo, conviene remontarse a unas semanas antes. Al momento del suceso que le cambió la vida.

Fue durante un domingo ubicado en medio de un puente en octubre. Madrid estaba vacío. Su compañero de piso se había marchado y él estaba solo en casa, trasteando con unos programas que tenía que entregar la siguiente semana. Despistado patológico, cuando llamaron a la puerta ni se molestó en preguntar. Simplemente abrió. Si desde ese momento hasta verse maniatado en medio del salón por los dos desconocidos pasó poco más que un suspiro, mucho más despacio transcurrieron las dos horas posteriores durante las cuales permaneció bajo su poder.

Previo a aquello, su pasión por los ordenadores y las matemáticas lo había llevado a ser un profesional destacado en la seguridad informática. Desde pequeño estudiar había sido su obsesión y el esfuerzo y la constancia le habían llevado a disfrutar de una posición cómoda en una compañía de seguros en Madrid y de un salario más que aceptable. Era buen hijo y hermano, visitaba a su familia en Zamora una vez al mes y no se le conocían vicios más allá del propio trabajo. En lo personal su timidez le había llevado a refugiarse tras un escudo de prepotencia con el que reducir el contacto físico con otras personas al mínimo imprescindible.

–Eres un ermitaño y un soso –le decía Miguel, su compañero de piso, ingeniero como él, pero mucho más sociable y extrovertido. “Y también mucho menos brillante”, habría añadido Jesús Ángel.

 

[…]

 

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