Percepción del enamorado

 

Al resto de mujeres, no importa quiénes, te las puedes imaginar siendo folladas. Ya sabes, a horcajadas en el asiento del conductor de un coche, con el punto G, la parte posterior de su esponja uretral, siendo aporreado por tu enorme salchicha. O puedes imaginártela inclinada sobre el borde de un jacuzzi haciéndoselo con el tapón. Ya sabes, en su vida privada. Pero es que la doctora Paige Marshall parece estar por encima de que se la follen.

 

Asfixia. Chuck Palahniuk.

 

 

Tiempo de reciclarse

Tiempo de reciclarse

 

La Tierra es el manicomio del universo.

Aportando una pizca de cordura.

La playa tropical a mi espalda con las olas negras acariciando la arena en suaves embestidas, la música del grupo cubano regalando de mis oídos toneladas de simplicidad a modo de tierra seca y pesada que apaga el fuego interno de lo complicado y la impresión de haber encontrado al fin el lugar adecuado para pasar en calma el resto de los días. En mi boca, la sonrisa estúpida del optimista aprovecha cualquier minucia para hacer acto de presencia, curioso, parece que los innumerables batacazos no han servido para nada y que sigo manteniendo intacta la esperanza a pesar de todo.

Me acerco a la barra improvisada con la intención de brindar en soledad y enseguida tengo ante mí uno de esos cócteles azules con sombrilla que se sirven en copas anchas. Aún no me he atrevido a atacarlo cuando se dirige hacia mí una hermosa mulata que se dispone a realizar un breve descanso del baile continuo en compañía de un solitario desconocido. Permanezco inmutable en un principio, pero se nota que ella carece de mis prejuicios e inmediatamente elabora una conversación de la nada, de lo más trivial, de lo más atractivo.

La belleza de la noche.

Mi lugar de procedencia.

Su aprecio por mi acento español.

Palabras tranquilas y sencillas que se deslizan por el aire cálido como benignos fantasmas en nostálgico retorno al castillo que les vio nacer y morir. De mi boca surgen algunos halagos sinceros como agradecimiento ante los cuales ella no se altera, seguramente habrá recibido mil mejores que éstos pero intenta ocultarlo con su radiante sonrisa regalo de los dioses creadores de la belleza, como si desease que mi ánimo no se viese afectado por mi abrumadora mediocridad.

Apenas unos pocos minutos y ya me he dado cuenta de que ella es exactamente lo que necesito, esa porción del universo en forma de mujer que me complementa y equilibra, ese océano descomunal en el cual mi barca navega sin preocupaciones y en el cual el romanticismo en estado puro parece dispuesto a echar su ancla oxidada. Ha llegado el momento de apearse del ritmo desenfrenado de la vida occidental y de ver cómo se aleja el tren; en esta ocasión no lloraré por su partida, aunque puede que lo haga cuando vuelva a aparecer y alguien me empuje adentro escupiendo algún duro reproche por todo el tiempo perdido.

No importa. Por una vez estoy decidido a disfrutar del presente enterrando el pasado e ignorando el futuro, por una vez deseo enamorarme olvidando el dolor continuo al que me someto de un modo despiadado.

Entre las ideas ella se acerca y me sonríe ahuyentando la cabeza y aproximando el corazón, tiempo de reciclarse, me lo merezco, aquí es posible encontrar la felicidad sin razonar sobre ella tal y como siempre soñé.

 

 

Jim Beam Black (4 de 4)

Jim Beam Black - parte 4

Y luego miró a Rocío, que se había quedado blanca y parecía descompuesta.

Cris, cariño, estoy algo mareada y si no nos vamos ahora se nos hará tarde.

–¡Eh…! Sí, es cierto, yo también estoy algo cansado. Una pena, porque la cosa se ponía interesante. Pero mañana tenemos que ir a Ikea, ya sabéis, y conviene madrugar aunque sea sábado, que luego se pone hasta los topes. Ha sido una velada muy entretenida. La cena fue fantástica. Gracias a los dos.

 

*   *   *   *   *   *

 

Tras despedir a Rocío y Cristóbal en la puerta, Iván e Irene regresaron al salón. La chimenea chisporroteaba y el calor había inundado la estancia.

–¡Puf, vaya papelón!– dijo Irene.

–Sí.

–¿Te has fijado en el pedo que llevaba ella?

–Sí, se ha pasado un poco, la verdad.

–¿Un poco?

–Ven, siéntate, tomemos tú y yo otra copa.

Iván, estoy agotada, subamos arriba. Mañana será otro día.

–No, venga. Una última copa.

Iván agarró de la mano a Irene y la sentó a su lado. Cargó sus vasos con hielo, bourbon y refresco y luego le dijo:

–¿Qué pasa con Rocío, Irene?

–Hace unas semanas estuvimos cenando con unas amigas de la universidad. Rocío, ya la has visto hoy, no se controla con el alcohol, y en el primer pub ya iba como una cuba. En una de ésas me pasó un brazo por el hombro, me llevó hasta la barra y me confesó que tenía una aventura con otro hombre. Dijo que estaba harta de Cristóbal y que quería romper con él. Que en cualquier momento se armaba de valor y se lo contaba. “¿Para irte con el otro?”, le pregunté yo. Ella me sonrió con malicia y me dijo: “Ahora mismo él tiene pareja, pero más adelante quién sabe”.

–Ya veo.

–Esta noche, en un hueco que la he tenido a solas, le he preguntado si le había dicho ya algo a Cristóbal.

–¿Y?

–No, aún no.

Iván olisqueó el bourbon y tomó un trago prolongado. Irene se desperezó.

–Ahora sí que es momento de ir a la cama, cariño.

Irene le besó y cuando iba a levantarse notó otra vez la mano de Iván reteniendo la suya.

–No, espera.

–¿Qué?

Iván dio otro sorbo y se puso frente a Irene.

–Tenemos que hablar.

–Me estás asustando. ¿Qué pasa?

–Es sobre lo que has dicho antes.

–¿Qué dije?

–Eso que no debemos dejar para mañana. Que la sinceridad debe empezar hoy.

–¿Qué? ¿Tú?

–Sí. Lo siento.

Irene se tapó los ojos, que de inmediato romperían a llorar. Iván, por su lado, prefirió añadir la parte de la historia que faltaba para que el dolor, una vez completo, pudiese ser combatido por ella en toda su dimensión.

–También debemos hablar sobre Rocío.

Entonces Irene separó los dedos y con una mirada furtiva a Iván comprobó que esa insinuación que acababa de salir de sus labios y que parecía haber quedado suspendida en el aire tenía toda la pinta de ser cierta.

 

*   *   *   *   *   *

 

Irene e Iván rompieron su relación aquella misma noche. Irene escuchó con atención todo lo que Iván tenía que contarle y antes de irse le agradeció su honestidad. “Mejor ahora que más adelante, puestos a elegir”.

Irene cogió el bolso y el abrigo con lágrimas en los ojos y salió por la puerta sin despedirse. Aquella noche durmió con su madre y el siguiente fin de semana mandó a una amiga cercana a recoger sus cosas. No volvió a hablar con Iván. No atendió sus llamadas. Nunca supo más de él.

Irene tampoco volvió a ver ni a hablar jamás con Rocío. Ninguna de las dos lo intentó siquiera.

Rocío, por su parte, quedó embarazada seis meses después. Aquel embarazo empujó a Cristóbal a pedirle matrimonio, cosa que ella aceptó, y sabiendo que él sería buen padre tomó la decisión de dejar el alcohol para siempre y de centrar toda su energía en la exigente tarea de criar a su futuro hijo.

Cristóbal, más allá de las pequeñas rencillas y luchas cotidianas, vivió feliz en familia.

Iván, al poco tiempo de dejarlo con Irene, se registró en esa aplicación tan de moda y conoció a muchas otras mujeres. En el medio plazo no llegó a tener ninguna relación estable.

 

 

 

Jim Beam Black (3 de 4)

Jim Beam Black - parte 3

Durante la cena los comensales no hablaron demasiado. Iván parecía nervioso y aprovechaba cualquier excusa para levantarse de la mesa: “más vino”, “traeré servilletas”, “este cuchillo está sucio”, “falta pan”. Rocío se ocupaba más de beber que de comer y jugaba a redistribuir las porciones a lo largo de su plato. El alcohol parecía haberse evaporado de su cuerpo y aunque vació de golpe cuatro vasos de vino no parecían hacerle efecto. Irene, por su parte, observaba a Rocío con preocupación y a los hombres con desinterés.

El que más empeño puso por hilar conversaciones fue Cristóbal, ajeno a las emociones de los otros.

–Entonces llega Guadalupe y le suelta a mi jefe, así, sin miedo, que si espera que todo el departamento se quede a trabajar durante el fin de semana sin ofrecer nada a cambio que, al menos, lo va a tener que pedir por favor… ¡Ja! ¿Qué os parece?

Irene sonrió a Cristóbal con cortesía y luego le dio una patada disimuladamente a Iván, que acariciaba distraído los bordes de su copa.

 

*   *   *   *   *   *

 

Iván, por favor, haz algo para animar la cena. Rocío no está bien, luego te cuento si quieres, y verte a ti comportándote como si estuvieses a mil kilómetros de distancia no está ayudando– susurró Irene en la cocina.

–Ya, perdona, cariño. Tengo muchas cosas en la cabeza.

–Hazlo por mí, ¿vale?

–Vale.

Iván e Irene terminaron de preparar un cesto repleto de dulces y una bandeja con vasos, hielo, refrescos, licores varios y el bourbon que habían traído Rocío y Cristóbal. Al sentarse en los sofás los cuatro se lanzaron a probar este último.

–¿Queréis jugar a algo? Tengo por ahí el Trivial y el Monopoly. También debe de haber en alguna parte una baraja de póker. Pensadlo mientras enciendo la chimenea– propuso Iván.

–Sí, estaría bien. ¿Qué preferís, pareja?– preguntó Irene a sus invitados.

Rocío y Cristóbal se miraron.

–Si soy yo quien tiene que elegir, prefiero simplemente charlar– dijo Cristóbal.

Todos asintieron pero ninguno, salvo Cristóbal, mostró entusiasmo con la idea de centrarse en sí mismos en vez de en cualquier otra cosa.

–Venga, yo mismo me lanzaré a contaros algo que me sucedió el otro día, a ver qué os parece– continuó Cristóbal.

Rocío bebió de su combinado y le quitó el envoltorio rojo a un bombón. Después se recostó sobre el cómodo sofá blanco, forrado de piel y que al tacto estaba frío, mientras observaba a Iván introducir los leños en el hogar.

–Fue un lunes hace dos semanas, o tal vez tres, no recuerdo bien. A ver, cómo decirlo, estaba en… En fin, que estaba yo haciendo mis necesidades en el baño de caballeros durante mi jornada laboral…

–¡Ja! Lo raro hubiese sido que estuvieses en el otro– le interrumpió Irene.

Touché. Irene, dame cuartelillo, que con mi amigo Jim Beam no estoy en plenitud de condiciones.

–Menos lobos. Tú seguro que has tenido momentos con más alcohol que sangre circulando por las venas– apuntó con sorna Iván.

Rocío, cariño, defiéndeme, estos dos van a por mí.

Rocío elevó entonces demasiado la voz.

–Venga, dejad que lo cuente. Decías que estabas cagando en el váter de la empresa cuando te pasó no sé qué.

El tono empleado había pasado de la broma al ataque. Se produjo un breve pero incómodo silencio que Cristóbal prefirió cortar pasando por alto la interrupción de su novia.

–Pues eso. Ahí estaba yo cuando de pronto escuché pasos. Dos tipos entraron al servicio. Hablaban entre ellos. Podrían haber tenido más cuidado y mirar bajo las puertas por si había alguien allí, como era mi caso. Pero al parecer el tema de la charla les tenía absortos o bien les parecía lo más normal del mundo.

–Cuenta, ¿de qué hablaban? Ahora no puedes parar– le apremió Irene al ver que Cristóbal se detenía para saborear su trago y para hurgar en la cesta de los dulces.

–No seáis impacientes, todo a su tiempo. Enseguida reconocí las voces. Eran Roberto y Rodrigo. No los conoces, Rocío, son de otro departamento. Dos tipos de nuestra edad o algo mayores, casados ambos, Roberto con un hijo de un par de años y Rodrigo con la mujer embarazada, creo recordar. Abogados, con una carrera sólida, bien valorados en la compañía, listos, guapos, muy chics y sin ningún problema importante que resolver a la vista.

–¿Y bien?– preguntó de nuevo Irene. Cristóbal era bueno contando historias y con aquella había logrado captar la atención en aquel salón donde la música de ambiente chill-out seguía sonando de fondo a bajo volumen, monótona como la lluvia que seguía percutiendo en la calle.

–No sé si fue Roberto o Rodrigo el que dijo que el sábado había llegado a su casa a las seis. “Menos mal que Sofía estaba frita porque no veas cómo es con los olores… Seguro que me habría olfateado por todas partes y enseguida habría detectado los aromas de las partes bajas de otra. ¡Ja, ja, ja!”. El otro, entre risas, le criticó: “Eres un maldito aficionado, tío. Haz como yo. Di que han venido unos chinos de no sé qué empresa y que el jefe te has pedido que los saques de fiesta y que, como hay que quedar bien con ellos porque tienen pasta, que te los tienes que llevar al Parador de Toledo y que tienes habitación para dormir allí con ellos”. El otro, interesado ante la argumentación, replicó: “Ya, macho, pero eso te vale una vez”. “¡Qué va! Tú dile a la parienta que el jefe te ha tomado por el más enrollado de la oficina y que estos marrones te los tienes que comer porque forman parte de tu sueldo y que es lo que hay”. “Vale, vale, ahora sí que te sigo”.

–Tampoco es nada del otro mundo, ¿no? Dos machos alardeando de sus conquistas… A saber si son ciertas o si son mentira.

–Espera, Irene, que te veo inquieta, que aún hay más. El que parecía más experimentado dijo que tenía en esos momentos siete amantes simultáneas. Todas ellas esporádicas. Todas ellas bajo la coartada de aquella excusa increíble del Parador de Toledo. Según contaba, había descubierto una aplicación para ligues desde el móvil y decía que aquello era un filón. Que quien no se acuesta con una tía distinta cada noche es porque no quiere. Y todo ello sin pagar, por supuesto, nada de burdeles ni similares. ¿Qué me decís? ¿Cómo se os queda el cuerpo?

Rocío se puso en alerta y soltó lo primero que se le pasó por la cabeza.

–A ver, infidelidades ha habido siempre. En cierto modo forma parte la naturaleza humana, como animales que en el fondo somos.

–Sí, sí, por supuesto, cariño. Tampoco es que yo sea un ingenuo. Lo que me sorprendió es el modus operandi. Esa manera tan profesional y metódica de actuar. Las excusas, los medios, el sistema. Es todo un mundillo, ¿no?

Irene se preocupó por no mirar a Rocío, pero en cierto modo se vio obligada a intervenir.

–¡Pues qué queréis que os diga! Yo no reiré esas gracias. No entiendo la mentira. Para mí la pareja es otra cosa. Es sinceridad. Es confianza. No es el hecho en sí de que te pongan los cuernos, sino todo ese sistema que dices, Cristóbal. Esa maquinaria de falsedades continuadas en el tiempo, casi como si fuesen una forma de vida. A ver, si a mí me viene un tío y me dice a las claras: “cielo, yo siempre voy de flor en flor, es lo que hay, si te gusta bien, y si no, pues no soy tu hombre”. Pues me parece fantástico. Sé a qué atenerme. No hay mentiras, no hay juegos chorras, no hay método que emplear. Yo no le pregunto qué hace cuando sale por ahí, entiendo que él tampoco me preguntará nada a mí, y si a ambos nos va bien y entendemos que como pareja tenemos más y somos más felices que por separado, pues oye, adelante. Ahora bien, lo otro, no va conmigo. La mentira me corroe por dentro, de verdad.

Y entonces miró a Iván.

–Amor, ya lo sabes, si en algún momento hay que hablar de lo que sea, seré toda orejas. No lo dejes para mañana si puedes ser sincero hoy. Ése es mi lema.

 

 

 

Jim Beam Black (2 de 4)

Jim Beam Black - parte 2

Cristóbal encendió la radio.

–¿Quieres algo en especial?

–No, me da igual.

Cambió un par de veces de dial y se detuvo ante los acordes de “New Year’s Day”.

–Me chifla esta canción. Es mi favorita de U2.

–No está mal, aunque yo me quedo con “Pride”.

El dispositivo electrónico del coche avisó de la cercanía de un radar y Cristóbal redujo la velocidad.

Rocío, oye,…

–¿Sí?

–Sé que últimamente tenemos problemas y que no hacemos más que discutir. Los dos tenemos un carácter fuerte. Pero yo te quiero. Lo sabes, ¿verdad?

–Sí.

Cristóbal sostuvo para sí mismo que los problemas con la bebida de Rocío eran sólo una mala racha. “Estos dos meses en paro le están afectando”, se dijo. Ella pensó que él, aunque tedioso, poseía un gran corazón.

–Eso es lo más importante. Saldremos adelante. En los cuatro años que llevamos juntos lo hemos pasado muy bien y así seguirá siendo.

Cristóbal torció a la derecha y salió de la autopista. En un par de minutos el GPS avisó de la llegada al destino, muy cerca de la entrada de Tres Cantos. Aparcaron frente a una hilera de chalets adosados de fachadas color ladrillo y ventanales blancos, con un amplio jardín exterior de un verde inmaculado. El fresco aroma a la tierra mojada llegó hasta ellos. Varias luces estaban encendidas en las viviendas y las bombillas temblaban bajo el efecto de la lluvia, cuya intensidad había aumentado y era ya una espesa cortina de gotas diminutas.

Irene había estudiado Periodismo con Rocío en la Universidad Complutense y por aquella época se habían hecho amigas. Aunque se habían ayudado la una a la otra, en su relación primaba menos el cariño que la competición: las mejores notas, la mejor beca, el mejor trabajo, el mejor viaje, el mejor novio. Rocío veía en aquella rubia de media melena con cara de niña y algo pasada de kilos el colmo del optimismo y nunca la había terminado de tolerar. Tras graduarse se habían visto apenas cuatro o cinco veces y si mantenían el contacto era gracias a la placentera distancia que permitían el móvil y las redes sociales.

Irene, al contrario que Rocío, se consideraba una mujer estable y con los cimientos de una vida adulta acomodada en vías de construcción: un puesto fijo como redactora en un diario digital, un pequeño piso en propiedad en el centro de Madrid que ahora tenía alquilado y un novio, Iván, gestor de fondos de inversión talentoso, con dinero y con visos de lograr mucho más en el futuro, que esperaba convertir más pronto que tarde en su marido. Por ello no había dudado en mudarse a la casa de él hacía un par de semanas. “Demasiado pronto para empezar a convivir, ¿no? ¿Cuánto lleváis juntos? ¿Siete? ¿Ocho meses?”, le había dicho Rocío a Irene. Pero su amiga estaba enamorada y decidida y no había querido saber nada sobre los tiempos que Rocío o cualquier otra persona consideraban correctos para dar ciertos pasos. “Déjate de sandeces. Nos queremos y ya está. Ven con Cristóbal y os invitamos a cenar. Así conocéis la casa de Iván. Es una pasada. Y ni se te ocurra negarte, insisto”. “¿No le importará a Iván?”, le replicó, pues la idea no le entusiasmaba. “¿Estás tonta? Venid y punto”.

Rocío y Cristóbal no habían llevado paraguas y tuvieron que correr los escasos cien metros que los separaban de la puerta. Cuando pulsaron el timbre, el agua les caía en abundancia por los cabellos y las chaquetas.

–¡Bienvenidos, chicos! Vaya, sí que llueve– dijo Irene mientras los saludaba desde un pulcro recibidor, donde jarrones con flores y varios cuadros étnicos combinaban en armonía; al fondo se divisaba un amplio salón en varios ambientes interconectados: la zona del comedor con la mesa y las sillas de nogal, la zona de imagen y sonido con el gran sofá frente a la pantalla panorámica de televisión y el equipo de música con sus altavoces y la zona de ocio con la mesa de billar y una diana con dardos sobre la pared–. Pasad, iré a por unas toallas. Iván está arriba cambiándose. Baja enseguida.

–¡Maldita sea, olvidé las botellas en el coche!– recordó Cristóbal.

–Espera, tengo aquí un paraguas.

Cuando Cristóbal se introdujo de nuevo en la noche, Irene condujo a Rocío a la cocina. Era una estancia de exquisita decoración y los fuegos quedaban en una isla donde los utensilios colgaban desde un soporte bajo el techo. Dos ollas humeaban y un cuchillo descansaba en la encimera de mármol junto a un cogollo de escarola a medio partir. Alrededor, muebles de caoba que escondían los electrodomésticos rememoraban el aspecto interior de una cabaña. Irene le sirvió una cerveza bien fría a Rocío y abrió una lata de aceitunas y una bolsa de patatas fritas.

–¡Mola la casa, tía!– dijo Rocío.

–Sí, Iván es muy detallista. La tiene con todos los lujos.

Rocío, empequeñecida ante tal despliegue de perfección, prefirió cambiar de tema.

–¿Y eso que suena, qué música es?– preguntó Rocío señalando hacia el salón.

–Es un recopilatorio del Buddha Bar. “Chill Out 2015”, creo que se llama. Es un vídeo de Youtube. Iván ha conectado el portátil al plasma. El sonido sale de ahí.

–Qué bien…

–Venga, cuéntame, que me tienes en ascuas. ¿Has hablado ya con Cristóbal?

–¿Qué?

–¿Qué va a ser, mujer? Lo que me contaste el otro día.

–¡Ah! No, aún no…

De un solo sorbo Rocío liquidó la mitad de su bebida. El comentario la incomodó. Recordó que había hablado demasiado aquel día como consecuencia de la ginebra.

–¿Y tú, qué tal con Iván?

–Muy bien, tía. Parece un príncipe y yo la protagonista de un cuento de hadas.

–¡Qué suerte! Pues disfrútalo a tope, que ya sabes las vueltas que da la vida…

 

*   *   *   *   *   *

 

Irene era una gran anfitriona y tenía tan buena mano en los fogones como gusto en la decoración de la mesa. Varias velas espigadas que lucían una hermosa llama anaranjada reinaban en el amplio rectángulo con pata central, ubicado al fondo del salón, cerca del ventanal que daba a la piscina. Las escoltaban dos centros de flores sintéticas a juego con el mantel gris moteado. Había dispuesto el resto de elementos como manda el protocolo: un plato ancho decorativo sobre el que reposaba uno llano y sobre éste a su vez un cuenco; las copas de agua y de cristal más allá de la cucharita de postre; los cubiertos a ambos lados y la servilleta de tela a la derecha, cerca del platito con el pan de centeno.

Como menú Irene preparó de entrante ensalada de escarola con granada y queso feta y de plato principal un radiante redondo de ternera con salsa de setas que burbujeaba desde el horno. Mientras Cristóbal descorchaba el Ribera, Iván los agasajó con finas lonchas de jamón serrano que él mismo se ocupó de cortar. “Recién llegado de Extremadura, cortesía de un cliente agradecido”, se apresuró a comentar. Era Iván fino y estirado, de entradas profundas y patillas anchas, apuesto y con un punto de suficiencia incorregible, uno de esos hombres encantados de haberse conocido y con aspecto de lograr habitualmente sus objetivos.

 

 

 

Jim Beam Black (1 de 4)

Jim Beam Black - parte 1

–¿Tienes que conducir siempre como si la carretera fuese un circuito?

–Yo conduzco como me da la gana.

Tras aquel corte se produjo uno de sus habituales y tensos silencios y apenas intercambiaron palabra durante el trayecto en coche hasta Tres Cantos. A Rocío le ponía de los nervios la velocidad y Cristóbal no sabía manejar si no iba al límite.

En los mecanismos mentales de Cristóbal jugaba a bajar al menos un veinte por ciento la duración estimada para el viaje por el GPS y si no lo lograba era una especie de derrota personal que le amargaba el día. Cuando estaba a buenas con Rocío, hacía un esfuerzo por controlar sus impulsos y mantenía apagado el dispositivo para contener la tentación de pisar a fondo el acelerador. Entonces iniciaba alguna conversación banal sobre el trabajo, el último estreno de cine o algún cotilleo familiar. Si ella le seguía la corriente el recorrido podía llegar a hacerse llevadero y sin discusiones.

Aquella tarde no iba a ser posible. Rocío había salido después de comer a tomar unas cervezas con unas amigas y había bebido más de la cuenta. Se le notaba en la voz y en los ojos enrojecidos detrás del rímel que aún perduraba parte de la borrachera. A duras penas podía ocultar Cristóbal su malestar. Al hecho de tener que cumplir en aquella cena a la que habían sido invitados por Iván e Irene, pareja a la que apenas conocía y que desde lejos parecían el repelente summum de la felicidad, como añadido le iba a tocar vigilar las tonterías de su novia con unas copas de más.

El coche aminoró la velocidad en la M-40 y tomó el desvío hacia la carretera de Colmenar. El tráfico iba ligero en las autovías del extrarradio en aquella tarde de viernes de octubre. Hacía un buen rato que había anochecido. Un viento histérico soplaba a bandazos y una fina lluvia de otoño salpicaba el parabrisas haciendo dudar al mecanismo automático del vehículo.

–Dale al limpia, anda. No se ve nada– dijo Rocío.

–Yo sí veo– replicó Cristóbal con un tono enfático en el “sí” que denotaba el grado de su crispación. Tuvo que morderse la lengua para no añadir: “No como tú, que seguramente estarás viendo doble”. Al pensar aquello la gruesa vena de la furia le latió en la sien y la encrespada mirada se hundió en el asfalto.

Rocío contempló durante unos segundos los rasgos que bien conocía de su novio: la perilla rubia, los labios estrechos, la barriga rellena de más, los anchos brazos. Luego expiró ruidosamente por la nariz y a continuación repitió la operación por la boca, en ese modo particular suyo para expresar la irritación. Pensó que a sobrellevar el leve mareo por el alcohol ingerido se le unía aquel estado de enfado permanente con su pareja que parecía no tener arreglo. Cristóbal era un aburrido y un triste, una de esas personas, a su entender, que no sabían divertirse. Un tipo acostumbrado a llevar una vida sin riesgos y sin altibajos por el mero hecho de no verse obligado a traspasar la comodidad de su estrecha zona de confort. Ella, sin embargo, se consideraba hecha de otra pasta, jovial, soñadora, dicharachera, rebosante de energía.

Rocío bajó la visera del copiloto y se miró al espejo. La pequeña luz deslumbró a Cristóbal, que refunfuñó entre dientes, pero ella hizo caso omiso. Corrigió el carmín rojo en los labios con la punta del índice y observó el escote y la ausencia de arrugas en la camisa y en la falda, ambas de color negro. La melena, del mismo color, colgaba a la altura de las mandíbulas dejando el largo cuello al aire. La tez pálida resaltaba en aquel cuerpo de cara agradable, curvas suaves y hombros estrechos. Más abajo las medias recién estrenadas y los zapatos de tacón le daban una apariencia, a su juicio, ideal para presumir de ese cuerpo de mujer de treinta años recién cumplidos con tanta experiencia acumulada como vida tenía por delante.

 

*  *  *  *  *  *

 

Les quedaba poco para llegar y el silencio los apaciguó. Rocío decidió que aunque Cristóbal estuviese de morros no le iba a estropear la velada: “En cuanto llegue me tomaré una cerveza bien fría. O aún mejor, una copa del vino tinto que llevamos en el maletero. Desconectaré por completo. Bailaré, lo daré todo a los mandos de la Wii o me dejaré los huesos por ganar al maldito Party. Lo que sea con tal de pasar un rato agradable y olvidar tanto nerviosismo y malos rollos”.

La visualización de sí misma diez minutos después sentada en el sofá y con ese primer trago descendiendo por la garganta, le incitó a poner de su parte con su acompañante. Al fin y al cabo, que la cena no fuese un desastre dependía también de que su novio estuviese animado.

–Cris, ¿al final elegiste Rioja o Ribera?

Cuando Roció se dirigía a Cristóbal con el diminutivo, raro era que él no se ablandase.

–Ribera, como me pediste. Un Protos.

–Genial. ¿Compraste algo más?

–Sí. Traigo un Jim Beam Black de cincuenta pavos.

–¿Qué es? ¿Whisky?

–No, bourbon.

–¿No es lo mismo?

–No. Se parecen, pero el proceso de fabricación es distinto.

–Espero que le guste a Iván. Es un sibarita de esos brebajes.

 

 

Rendición (capítulo “Fuego” – fragmento)

Rendición - Fuego

 

[…]

 

Así, por aquel tiempo, entre filosofías inconexas y verdades imposibles, intentaba salir del mal paso sin conseguirlo. Fue muy duro el primer rechazo, el primer “no”, esa negativa inicial que parecía dispuesta a abrir la puerta a muchas otras del mismo estilo y yo sentía mucho miedo, demasiada repulsión hacia el mundo exterior y unas ganas tremendas de evadirme y, no, entonces no pensé ni un segundo en lo fortalecido que había salido del traspiés, en lo que me había ayudado aquella derrota. De haberlo hecho quizás las cosas habrían sido de otro modo.

Mientras, las personas que el azar nos aproximó fueron creciendo con su propio estilo. Ahora sé, porque el tiempo me lo ha demostrado, que aquellas ideas que nos unían y que entonces parecían cercanas no lo eran ni mucho menos. Puede que el mero hecho de no sentirse solos fuese motivo suficiente para que nos convirtiésemos en amigos, aunque también es verdad que es imposible encontrar a alguien que sea exactamente como uno, incluso de no ser así, si conociéramos a esta persona, con toda seguridad no la soportaríamos.

Supongo que de haber pasado aquella etapa en soledad o con otras personas, no hubiese llegado a la misma meta. Por muy independientes que nos veamos a nosotros mismos, el mundo nos afecta y lo hace influyendo en el carácter y en la forma de actuar. Y, aunque en el interior esté el contenido y en el exterior aparezca la forma, la relación entre estos dos conceptos no es antagónica, sino coexistente y mutuamente mezclada pues no se pueden separar.

La primera onda expansiva en mi personalidad me descubrió la amistad pero, con el rastro inconfundible de la idealización todavía al acecho, volví otra vez, ya iban dos, al mundo inexistente de Platón. Era obvio que en breve llegaría, también iban dos, el pertinente fracaso.

En esta etapa, con la inseguridad y con las dudas por bandera, efectos secundarios: tuve tiempo para conocerme un poco mejor a mí mismo. Había algo en mí con lo que me identificaba y con lo que me encontraba cómodo, una especie de clásico romanticismo con unas cuantas gotas de dramatismo que lo convertían en algo un poco más entretenido. Sí, la idea del perdedor romántico, del que tiene las mejores ideas y al que se le da de lado por el mismo motivo, porque la vida le parece predecible, trivial y excesivamente material. Pero junto al romántico también empezaron a evolucionar aquellos prejuicios auto impuestos en el pasado, disolviéndose como un puñado de arena soltado al viento, para formular con una vocecilla impertinente una pregunta no tan complicada: “¿por qué no?”

 

[…]

 

 

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El chico de los geranios (parte 2 de 2)

El chico de los geranios

[…] [Viene de “El chico de los geranios” (parte 1 de 2)]

 

Aquella noche Mariano exploraba la calle desde su quinto piso entre riego y riego. Eran cerca de las once y Manuela debía de estar al llegar. Eliminó varias ramas muertas del mayor de sus geranios a la luz tenue del balcón. Para no gustarle la jardinería no lo hacía nada mal. Era lo que tenía ser compulsivo, que a la par era detallista y cuidadoso, habilidades imprescindibles para el cuidado de las plantas.

Una sombra cruzó la esquina. Era ella. Acababa de despedirse de Víctor junto al semáforo. Desde arriba se percibía el paso rápido de Manuela para alcanzar el portal antes del toque de queda.

Mariano contempló la escena y casi la podía repetir de memoria. Era idéntica a la de la mayoría de las noches: Manuela llamaba al telefonillo, no tenía llaves –¿por qué? –, le respondía la madre, ella decía: “soy yo”, sonaba un pitido, ella empujaba, la puerta se abría, la luz del descansillo se encendía, la puerta se cerraba. Tres minutos y medio después, le tocaba el turno a la luz de la habitación de Manuela. A contraluz ella era una forma negra que disparaba las pulsaciones de Mariano y lo hacía enloquecer. Cuando dejaba el bolso. Cuando se quitaba la camiseta y los vaqueros. Cuando se ponía el pantalón corto que utilizaba para dormir. Cuando levantaba los brazos para ajustar su camiseta de tirantes favorita. Cuando desplegaba todas esas curvas y el universo parecía detenerse.

Era una especie de sombra chinesca maravillosa desplegada por un artista en un escenario.

Era un dibujo callejero trazado sobre el suelo con spray a través un molde de ésos que a veces se veía en los paseos.

Pero a Mariano le hacía sentirse muy vivo y se decía a sí mismo que sería capaz de vender su alma al diablo a cambio de diez minutos a solas con ella. Esta visión fortalecía su voluntad. Los planes que tenía, por imprudentes que fueran, tenían que ser ejecutados ese preciso día. No esperaría ni uno más.

Después de cambiarse de ropa ella solía cenar con su familia. Con su madre, con su hermana y con el novio de la madre, que era a quien pertenecía el piso. A Mariano no le gustaba nada ese hombre. Percibía miradas furtivas hacia la joven que lo hacían desconfiar.

Debía de ser un pervertido.

En las historias de superhéroes de Mariano el padrastro era el villano principal, Víctor su lugarteniente y su séquito estaba compuesto por los otros novios de Manuela. Mariano se ponía su traje de colores chillones, de amarillos y verdes fluorescentes, con antifaz y capucha, y escalaba la fachada hasta el sexto piso de ella. Entraba por la terraza y repartía mamporros aquí y allá. De una patada noqueaba a uno. Un puñetazo bastaba para mandar con Morfeo a otro. Cuando llegaba Víctor, Mariano realizaba un escorzo fantástico en el aire para saltar sobre él y después atacarlo por detrás. El pobre chico musculoso suplicaba clemencia ante la energía del campeón. El padrastro era el último en aparecer y llevaba agarrada del cuello a la chica. Mariano superhombre dudaba un instante. Enseguida decidía qué hacer. Cogía un florero que encontraba sobre la mesa y lo lanzaba con habilidad hasta la frente del malvado, que caía fulminado hacia atrás como un árbol quebrado. Ella se liberaba de su captor y se entregaba a los brazos del valiente Mariano que entre confesiones le decía que no se preocupase, que ya había terminado todo, que siempre estaría a su lado.

De nuevo en la realidad, Mariano esperaba con incertidumbre el momento más crítico de su plan. Manuela tenía que salir a tomar el aire a su balcón o él no podría llevarlo a cabo. Solía hacerlo pero no siempre. La joven había terminado de cenar y estaba viendo la televisión. Su figura aparecía y desparecía tras la cortina por el efecto intermitente del viento.

De pronto Manuela se levantó. Parecía dubitativa. Miró a un lado y al otro. Le dijo algo a alguien. Le respondieron. Ella escuchó y volvió a hablar. Imposible conocer la conversación a distancia. Manuela giró la cabeza hacia fuera y caminó. Ya estaba en la terraza. Se asomó a la calle y de manera fugaz echó a un vistazo hacia Mariano, que tenía los ojos clavados en ella, como un felino asustado que era descubierto haciendo algo que no debía en mitad de un callejón.

Quien dudó entonces fue el chaval. Pero si quería hacerlo, tenía que ser en ese momento. Así que se lanzó como el paracaidista que cerraba los ojos antes de arrojarse al vacío.

Mariano voceó fuerte. Lo más alto que pudo.

–¡Te quiero! ¡Aquí enfrente! ¡Soy yo! ¡Te quiero, Manuela! ¡Soy Mariano!

Ante la absoluta estupefacción de ella, ante un desconcierto que demostraba que la chica no conocía a Mariano ni de vista, él insistió tozudo a voz en grito.

–¡Te lo digo de verdad! ¡Te quierooooooooooooo!

Y concluyó con la frase que dejaría preparada la segunda parte de su catarsis, la del día posterior, cuando unos puños sólidos como piedras le golpearían en cada centímetro del cuerpo hasta dejarlo destrozado y le obligarían a permanecer tres días en el hospital con un par de costillas rotas.

–¡Deja a ese imbécil de Víctor y vente conmigo!

Manuela huyó espantada hacia el interior de su casa. Los gritos los había escuchado no sólo su familia, sino también medio barrio. Se quería morir de vergüenza. Al día siguiente tendría su venganza cuando le contase la escena a Víctor y éste ajustase cuentas con el descerebrado de Mariano.

Nuestro protagonista, por su cuenta, de un modo extraño se sentía poderoso por primera vez desde su nacimiento. Había tomado control de sus acciones. Había pasado de la teoría a la práctica. Había disparado su transformación y había activado su aprendizaje. Por la boca le habían salido sus miedos. Era un héroe de los de verdad.

Y aunque todavía no sabía que aprender era doloroso –cosa que descubriría la mañana siguiente cuando los porrazos de Víctor diesen por concluida la lección –, Mariano acababa de sembrar los cimientos de esa construcción humana que se llama madurar.

O crecer.

Tal y como lo hacían sus geranios.

 

 

 

El chico de los geranios (parte 1 de 2)

El chico de los geranios

Mariano era un chico de dieciséis años que estaba perdidamente enamorado de Manuela, una joven de su misma edad que vivía justo enfrente.

Era una calurosa noche estival y Mariano regaba los geranios de su terraza como si le importasen de verdad. Las pequeñas plantas se desarrollaban y crecían gracias a sus cuidados. A todos los efectos actuaba como su Dios, como ese ente que mediante la acción o la inacción decidía acerca de su existencia.

Para hidratarlas Mariano utilizaba una vieja regadera roja de juguete que guardaba en un baúl junto a sus muñecos de superhéroes. A escondidas aún jugaba con ellos de manera ocasional e imaginaba que también él, cualquier día, tendría la facultad de salir volando, de correr más rápido que el viento o de levantar coches con una sola mano. Pero si estaba allí aquella noche no era por esos geranios que le traían sin cuidado o por sus fantasías de crío que se resistía a crecer, sino para observar la figura de ella, de Manuela, mientras se cambiaba de ropa en su habitación.

En el barrio del extrarradio malagueño en el que vivían, Mariano era un niño común y corriente. De familia humilde, padre trabajador y madre ama de casa, era hijo segundo y último y tenía un hermano cuatro años mayor que le ignoraba por completo y que parecía acaparar los focos dentro del hogar, pues ya era universitario y compaginaba la carrera de empresariales con un empleo de repartidor que le permitía costearse sus propios gastos y echar un cable a la frágil economía doméstica. Ese tipo de hermano mayor que los menores detestaban desde el sótano de su imperfección.

Entre los muchachos del colegio Mariano pasaba desapercibido. No destacaba entre los estudiosos ni entre los deportistas. No era ni guapo ni feo, ni alto ni bajo, quizás delgado de más aunque tampoco como para preocuparse. El flequillo lacio le tapaba la frente sembrada de acné y le caía sobre uno de los ojos. Él lo desplazaba a un lado una y otra vez en un tic incorregible que ponía de los nervios a su hermano.

Lo que caracterizaba a Mariano era una extraña capacidad para tomar como cierto lo que estaba en su imaginación y no lo que sucedía realmente. En cierto modo, Mariano era un ególatra que se veía en el centro del universo y que no terminaba de entender cómo era posible que los demás aún no se hubiesen dado cuenta de la magnitud de su persona.

La tarde previa a aquella noche atravesaba el parque con la bici cuando les vio a los dos. A Manuela y al maniquí con el que salía desde hacía un par de meses. Era al menos el tercer novio conocido de ella. El de entonces era Víctor, un repetidor de curso que ya debía de superar el metro ochenta. Espalda ancha de nadador, pechos marcados y brazos exagerados. El mentón era de adonis y los ojos hundidos eran azules y brillantes. El bronceado de la piel de Víctor era perpetuo y la sonrisa, de catálogo deportivo. El pelo rizado en cientos de bucles idénticos constituía el hazmerreír oculto de los empollones, que discutían si su cabellera era en realidad la peluca de payaso que vendían en la tienda de disfraces de la esquina. Ninguno de ellos se lo diría jamás a la cara, como es lógico.

Mariano los había visto a lo lejos aquella tarde. Estaban sentados en un banco. La mano del deportista explorando bajo la camiseta de ella y sus labios besándole el cuello y una de las orejas. Manuela tenía los ojos cerrados y parecía ida de placer.

–Yo te salvaré, Manuela– había susurrado Mariano con absoluta convicción.

La de ese día ha sido la última de las humillaciones silenciosas padecidas por Mariano. Pero había tenido cientos. Un obsesivo compulsivo como él, capaz de permanecer una hora en su balcón noche tras noche a la espera de la llegada de una chica que ni siquiera lo conocía tan sólo para otear las curvas de su contorno a contraluz, era la clase de persona que buscaba y rebuscaba a su presa –Manuela– hasta la saciedad y que, por supuesto, la encontraba. En la moto de Víctor en dirección a la playa. Saliendo de la papelería con su hermana. A través del mercadillo de verduras portando una bolsa de plástico. Haciendo cola en el cine. Fumando a escondidas durante el recreo. Besando al primer novio. Besando y retozando con el segundo. Lo mismo o similar con tres o cuatro más que no llegaron a ser novios pero que habían pasado de amigos.

Y Mariano siempre pensando que era mejor que todos ellos. Que seguramente a quien deseaba ella era a él pero que lo veía inalcanzable, inaccesible, inabordable.

Así era Mariano.

Manuela, por su parte, era una verdadera preciosidad. A pesar de su edad ya tenía formas de mujer de veinticinco que se le escapaban por todas partes. El pelo castaño y liso le caía hasta la mitad de la espalda. Tenía cara de princesa callejera curtida en múltiples batallas. Desbordaba sensualidad y era de esas jóvenes que desde pequeña atisbaban el efecto que producían en los hombres y que tomaban la decisión de intentar controlarlo. Se sentía segura y confiada conquistando al chico más popular y deseado. Era su forma de competir con las otras mujeres donde mejor se defendía. Si se hubiese concentrado la mitad estudiando que en las artes amatorias, otro gallo le habría cantado en clase.

Mariano y Manuela tenían poco en común más allá de las dos letras con las que arrancaban sus respectivos nombres. Pero así eran las cosas. Pocas veces adivinaba alguien el número que arrojaba el dado, pocas veces escogía uno el mejor camino que trazaba el destino, pocas veces elegía uno de quién se enamoraba, pocas veces decidía uno dónde hallaría el primer rechazo.

Si toda persona necesitaba al menos una vez en la vida de una catarsis sobre la cual empezar de cero, Mariano decidió tras darle mil vueltas durante semanas que ese día en particular estaba harto de esperar y que su paciencia había sobrepasado el límite. Que ella debía saber lo que él pensaba y así lanzarse de una vez a sus brazos. Manuela tenía la obligación de dejar de hacer el tonto por ahí con muchachos de media neurona y darse cuenta de lo que era estar con un hombre de verdad. Listo. Talentoso. Prometedor. Soñador. Fuerte. Duro. Guapo. Y muchísimas más cosas de esta índole.

En definitiva, ése era el día en que se le iba a declarar.

En cuanto al cómo, ponderó abordarla en la calle pero la mirada de ella fija en él lo haría derretirse de pánico. Valoró la carta pero no se le daba bien escribir. Sopesó la llamada telefónica pero tartamudearía al escucharla. Pensó en utilizar algún amigo pero no tenía la suficiente confianza con ninguno. Incluso barajó pedir ayuda a su madre para que hablase con la de ella.

Entre tal aluvión de ideas variopintas se iba a decantar por la más irracional.

[…]

 

 

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