La perfección de las imperfecciones

La perfección de las imperfecciones

 

Me senté a su lado. Aunque ande presumiendo de independencia y alabando a la soledad, necesito tanto la compañía como el oxígeno. Y descubrir su mirada fija en mí en un par de ocasiones fue el incentivo definitivo para acercarme a ella.

Estaba triste y melancólica, conozco por experiencia lo que significa que unos ojos bellos se muestren apagados y perdidos, que una hermosa sonrisa haya sido secuestrada y se halle en paradero desconocido y que una mente soñadora se encuentre sepultada bajo toneladas de ofuscación.

Las peores crisis no suelen producirse como consecuencia de algún hecho concreto, son más bien la acumulación de sensaciones negativas a lo largo de mucho tiempo, puede que de toda la vida, y las personas como ella y como yo, caprichosas en parte, podemos solucionar sin dificultad los problemas más complicados y sin embargo crearnos nosotros otros de la nada que nos opriman y depriman hasta dejarnos exhaustos.

Pasamos un par de minutos en silencio antes de que ella, poderosa hada en un mundo de dragones y caballeros destinados a matarse mutuamente, me mostrase las manos y me dijese que con ellas nada había hecho y nada se sentía capaz de hacer. Pronunció las palabras con tanta sinceridad que consiguió elevar su dureza y yo, acostumbrado a mi pesar a las decisiones radicales y a las posturas extremas, me negué a mentir para hacer que se sintiese un poco mejor y me entregué en mis cavilaciones al incómodo silencio que se produce cuando se espera que digas algo y no encuentras las palabras.

Una situación delicada y ya me había evadido de la realidad. Caminaba por un prado en pendiente cercano a un enorme acantilado. Todo verde y azul, en perfecta armonía, salvo la pendiente que desequilibraba mis pasos y que casi me hacía caer.

Mi curiosidad, siempre tan pronunciada como la de un niño, me empujaba a acercarme al borde del precipicio para contemplar la fuerza del mar golpeando las rocas en la orilla en contraste con la calma que mostraba en el horizonte. Pero me tambaleaba, casi mareado me volví a caer y decidí no volver a levantarme, convencido de que avanzaría mejor con una mayor superficie de mi cuerpo apoyada sobre el suelo. Con la cabeza aún dando vueltas, me asomé lentamente a la mágica línea que separaba la tierra verde del cielo azul y apenas tuve tiempo para alcanzar a ver nada. Una enorme mano de agua salada surgió iracunda del vacío, me agarró del cuello con violencia y me arrastró a la caída…, al fin cumplidos mis deseos, el suicidio había sido la solución…, pero me preguntaba por qué seguían conmigo mi razón y mi memoria en el extraño lugar en que me encontraba, no me había deshecho de ellas, me perseguían como perros rabiosos sedientos de sangre y yo, profundo estúpido que necesita que una verdad se le presente en todas sus formas posibles para tomarla en serio, comprendí entonces que de nada servía intentar evitar los problemas, que la única manera de seguir adelante era resolverlos.

¡Cuántas veces había repetido estas palabras y qué difícil resultaba convencerse realmente de ello!

Pero debía intentarlo de todos modos.

 

 

 

Tiempo de reciclarse

Tiempo de reciclarse

 

La Tierra es el manicomio del universo.

Aportando una pizca de cordura.

La playa tropical a mi espalda con las olas negras acariciando la arena en suaves embestidas, la música del grupo cubano regalando de mis oídos toneladas de simplicidad a modo de tierra seca y pesada que apaga el fuego interno de lo complicado y la impresión de haber encontrado al fin el lugar adecuado para pasar en calma el resto de los días. En mi boca, la sonrisa estúpida del optimista aprovecha cualquier minucia para hacer acto de presencia, curioso, parece que los innumerables batacazos no han servido para nada y que sigo manteniendo intacta la esperanza a pesar de todo.

Me acerco a la barra improvisada con la intención de brindar en soledad y enseguida tengo ante mí uno de esos cócteles azules con sombrilla que se sirven en copas anchas. Aún no me he atrevido a atacarlo cuando se dirige hacia mí una hermosa mulata que se dispone a realizar un breve descanso del baile continuo en compañía de un solitario desconocido. Permanezco inmutable en un principio, pero se nota que ella carece de mis prejuicios e inmediatamente elabora una conversación de la nada, de lo más trivial, de lo más atractivo.

La belleza de la noche.

Mi lugar de procedencia.

Su aprecio por mi acento español.

Palabras tranquilas y sencillas que se deslizan por el aire cálido como benignos fantasmas en nostálgico retorno al castillo que les vio nacer y morir. De mi boca surgen algunos halagos sinceros como agradecimiento ante los cuales ella no se altera, seguramente habrá recibido mil mejores que éstos pero intenta ocultarlo con su radiante sonrisa regalo de los dioses creadores de la belleza, como si desease que mi ánimo no se viese afectado por mi abrumadora mediocridad.

Apenas unos pocos minutos y ya me he dado cuenta de que ella es exactamente lo que necesito, esa porción del universo en forma de mujer que me complementa y equilibra, ese océano descomunal en el cual mi barca navega sin preocupaciones y en el cual el romanticismo en estado puro parece dispuesto a echar su ancla oxidada. Ha llegado el momento de apearse del ritmo desenfrenado de la vida occidental y de ver cómo se aleja el tren; en esta ocasión no lloraré por su partida, aunque puede que lo haga cuando vuelva a aparecer y alguien me empuje adentro escupiendo algún duro reproche por todo el tiempo perdido.

No importa. Por una vez estoy decidido a disfrutar del presente enterrando el pasado e ignorando el futuro, por una vez deseo enamorarme olvidando el dolor continuo al que me someto de un modo despiadado.

Entre las ideas ella se acerca y me sonríe ahuyentando la cabeza y aproximando el corazón, tiempo de reciclarse, me lo merezco, aquí es posible encontrar la felicidad sin razonar sobre ella tal y como siempre soñé.

 

 

Dos vuelos y una verdad

Dos vuelos y una verdad

 

Decías que la vida era maravillosa y yo no podía competir con tu cielo. Hermosos dragones volando sobre un enorme lago azul con una pequeña isla negra en su centro y una barca deseando ser utilizada. Así eran tus ojos, fantásticos lugares en los que se producía la mezcla de la que me alimentaba.

Tú, encerrada en tu celda, a veces no lo entendías y me rogabas independencia y tranquilidad.

También en eso nos parecíamos, a mí me sucedía algo similar, con la salvedad de que yo no imaginaba estos conceptos alejado de tu sonrisa.

El momento en que más rápido latía mi corazón se producía cuando me regalabas un gesto de espontánea complicidad tras uno de mis frecuentes arrebatos contra todo y contra mí mismo. Apenas bastaba una mirada fugaz o un atisbo de cualquier cosa para que mis músculos se relajasen, mi mente se despejase y para que surgiesen de la nada unos impulsos incontenibles de acercarme a besarte. Entonces proponías con habilidad y rapidez un cambio de conversación que en realidad no lo era tanto, ya que descubría entre cada letra un abismo y entre cada línea un infinito, legados que depositaba tu inteligencia con la clara intención de hacerme evolucionar y crecer. Si alguna vez se te ocurre alguna manera mediante la que pueda recompensarte, dímelo sin dudarlo porque inmediatamente romperé las raíces que me atan a las nubes para volar hasta la luna en busca de tu deseo.

En cierta ocasión me hablaste del paraíso y yo volví a bucear bajo tu melodía, atontado como nunca y curioso como siempre. Aquél fue un gran viaje agarrado de tu mano a través del lugar inexistente que se me había escurrido anteriormente entre los dedos y en el que había decidido colgar las botas. Palmeras tropicales, silencio, un poco de felicidad y una ola roja de fuego marchándose por el horizonte, también un pequeño unicornio dibujando cintas de Mobius en el aire con su cuerno multicolor, un dedo índice apuntando hacia ti y una guitarra reposando junto a la entrada de una choza de madera y paja, pero luego una fuerte palmada resonando como un estallido en mi interior, un reproche por haberme vuelto a evadir de la realidad y un rechazo seguido de un “nunca más” doliéndome muy adentro como el último que realmente fue.

Tras esta carta me despido de ti para iniciar el viaje más importante de todos, el que va a destrozarme o a demostrarme que puedo vivir sin ti.

Aún no he derramado mi última lágrima, pero tampoco he escrito mi última poesía ni imaginado mi último sueño. Tan sólo tres pequeños detalles me horrorizan y lo daría todo por saber qué significan para ti.

Que mi última lágrima no nacerá por tu causa porque más tarde o más temprano te habré olvidado y habré mitigado el dolor que me produce nuestra historia

Que mi última poesía no irá dedicada ni a tus ojos ni a tu sonrisa porque el tiempo también apagará mi inspiración

Y que mi último sueño será simplemente volver a encontrarte algún día con ganas de volver a empezar.

 

 

Giro

Giro

 

Apareciste entre dos árboles exponiendo cien contrastes ante mi oscuridad.

Yo era la noche y tú mi luna llena, deprimido sin tu presencia habitual, feliz ante tu llegada esporádica.

Ahora reconozco que me equivoqué en un pequeño detalle, nuestro bello satélite tan sólo refleja la luz que le envían otros mientras que tú brillas por ti misma.

Cierto día amaneciste curiosa y atrevida, caminaste por una senda a través de las montañas, dejaste atrás la ciudad y mi mano retando a lo prometido y ascendiste hasta el pico más alto en un lugar en el cual ya eras parte del cielo, como siempre sucedió. Yo te observaba desde la distancia ensimismado con todos tus gestos y torpe por mostrarme incapaz de encontrar las palabras que expresasen mi interior. Supongo que nada hubiese podido hacer, tu mirada perdida en el horizonte delataba tu complicidad con las estrellas; al fin y al cabo eras una de ellas y yo sólo un agujero negro autodestructivo y corrosivo que nunca debió salir de las tinieblas que le vieron nacer. ¡Qué bien me hubiese venido un poco de tu genialidad, una pizca de tu cariño hace unos cuantos años!

Pero ya era demasiado tarde.

Cuando desapareciste entre las nubes, llovió purpurina y me contagié de tu curiosidad. Decidí seguirte. El camino era tortuoso pero la ilusión renovada por recoger parte de tu maravilloso legado en forma de rosas y tulipanes lo hizo soportable y encantador.

No importa conseguir los sueños, de nada sirven una vez logrados, sólo cuenta tenerlos y luchar por ellos con todo porque en realidad este proceso es lo único valioso de la vida.

El trayecto tranquilo cerca de la naturaleza con la música del canto de los pájaros y el susurrar de las ramas de fondo me obligó a afrontar las cosas desde una perspectiva más sencilla e inocente, sin temor a las consecuencias que se desencadenarían si, tras alcanzar la cumbre de tu reino, no se presentase ante mis ojos nada más que el vacío.

Simple, luchar por vivir o luchar por morir.

A medida que alcanzaba mi destino volvía poco a poco a ser yo. La pendiente se hacía más abrupta y mi deseo de abandonar más pronunciado. Renacía el perdedor asustadizo y triste, no merecía la pena, otro desengaño, ya no aguantaba más, ya era suficiente, jamás debería haber nacido, …

Soñar es un concepto tan complicado en manos inapropiadas como hermoso en las afortunadas. Hoy solamente puedo suponer qué habría sido de mí si hubiese girado, si hubiese ignorado tus palabras cuando volviste a surgir como una ráfaga de viento imposible. La muerte habría sido mejor que seguir viviendo sin conocer lo que me aguardaba en tu pedestal, en la cima de tu esplendor, la felicidad por ignorancia, nada peor que conformarse con menos que con la perfección. Aún hoy retengo en mi retina la visión de este lugar en el que he decidido quedarme hasta el fin de mis días, ese lugar que vi por primera vez desde la cumbre y que a pocos les parece especial.

Estoy de acuerdo, realmente así es, comprendo perfectamente que cualquiera me serviría si, como aquí y ahora, tú estuvieses a mi lado.

 

 

Un ramo de rosas

Rosas

Sencillo,
te esperé toda mi vida,
me pedías que no lo diera todo,
que dejase algo para después,
debí suponer que no me conocías.

Un ramo de rosas es poco,
vuelvo del infierno,
te encuentro,
¿acaso no lo merezco?,
permite soñar a tu lado.

Me pierdo en tu sonrisa,
droga total,
me caigo, me levantas,
me duermo, me despiertas,
me voy, no vengas.

Un ramo de rosas no es nada,
nada comparable a tus manos,
calor,
por favor,
permite soñar a tu lado.

Huelga de reflexiones,
extraviado,
nunca fuiste real,
un ramo de rosas en la hoguera,
arde la sangre,
revientan las venas,
estalla el corazón y
un ramo de rosas sobre mi tumba.

 

(“Un ramo de rosas”, canción, 2000)

 

 

El banco – parte 3

Los domingos solían repetir costumbres. A las siete arriba – incómodo legado de tantos años de madrugar –, misa de nueve, café con leche en el bar de toda la vida, autobús con dirección al puerto, visita al kiosco del paseo para comprar el periódico local para él y una revista de recetas para ella y un breve caminar junto al mar en silencio que finalizaba con los dos ancianos sentados frente al puerto.

Aquel día no era distinto. Desde que sus hijos habían emigrado hacia Madrid la rutina se había convertido en una cálida sábana que aportaba candor a sus doloridos huesos y ninguno de los dos ni necesitaba ni solicitaba un mínimo cambio de planes al orden establecido.

– ¡Vamos, mujer! – pensó él, sin llegar a decirlo. El autobús salía y no quería perderlo. Hizo aspavientos con los brazos para que su esposa se apresurase.

Eligieron uno de los bancos de madera, uno al que le faltaban varios de los listones pero que no era demasiado incómodo. Javier apoyó su bastón sobre el respaldo y ayudó a Noelia a sentarse. La artrosis había convertido las rodillas de la mujer en bolsas llenas de piedras y aunque caminaba con dificultad su estoicismo seguía en buena forma.

–¡No seas bruto, que me haces daño! – se dijo ella así misma sin abrir la boca.

Sin dirigirse aún la palabra, el viejo se centró en lo suyo, lamió sus dedos y despegó con ellos las primeras páginas del diario. Ella, con la mirada perdida en el horizonte, no hizo caso de su revista. En cambio siguió la trayectoria de una de las lanchas turísticas que con parsimonia movía personas de un lado a otro del puerto.

–¿Recuerdas la primera vez que nos sentamos aquí? – le preguntó mentalmente a Javier. No quería molestarle mientras leía, él odiaba cuando le hacían eso.

Ella sí se acordaba. Perfectamente.

Embobada con el lento trasiego de pasajeros pasaron veinte, quizás treinta minutos.

Adonde estaban se acercó una paloma y ella sacó una bolsita de la chaqueta con migas de pan. Empezó a arrojar los trocitos uno a uno y muchos otros pájaros se unieron. Javier miró el panorama con una desgana que a Noelia no le pasó desapercibida.

–Acompáñame, hagamos algo juntos como antes aunque sólo sea esto.

Pero las palabras se quedaron en el limbo de la cabeza de Noelia.

Cuando terminaron el periódico y se acabó el pan, volvieron a casa.

 

 

 

(Ver también: El banco, parte 1 y El banco, parte 2)

 

 

El banco – parte 2

Anochecía cuando se pararon en seco en medio del paseo y se sentaron en uno de los bancos con vistas al puerto, uno con las patas oxidadas y la pintura desconchada por el salitre. Fue como si se hubiesen puesto de acuerdo en dejar de dar el espectáculo ante los transeúntes y resolver su agria discusión con un poco de intimidad.

–¡Ya basta, Noelia, sabes que odio que cuestiones mi autoridad como padre delante de ellos! Yo eso nunca te lo haría.

–Tú haces cosas peores y ni siquiera te das cuenta.

Acababan de salir del cine. Una niñera contratada por horas había hecho posible la liberación de los dos hijos pequeños que en la misma medida que a menudo los colmaban de felicidad, otras veces lograban sacarlos de quicio y llevar hasta el límite su relación de pareja.

–Estoy harto de esto, de que no nos pongamos de acuerdo en nada y de que cada vez que hablamos sea para echarnos mierda el uno sobre el otro – se quejó Javier en un tono a caballo entre la ira y la desesperación.

Ella le dejó hablar sin mirarle a la cara. Tenía la vista perdida en el mar negro.

–No me valoras, Noelia, nadie me ha tratado antes tan mal como tú.

La respuesta de ella salió disparada con fuego real, ahí donde más duele, hacia el punto que sólo es capaz de ubicar quien realmente conoce a otra persona.

–Venga, Javi, hazlo, lo estás deseando, huye como tantas otras veces en tu vida. A ver si te atreves.

Los ojos de él centellearon de furia.

–¡Te tomo la palabra! ¡Quizás lo haga!

Ambos sabían que no hablaban en serio, pero a veces soltarlo era balsámico.

Enrocados cada uno en su punto de vista y criticando entre dientes la postura inflexible del otro, regresaron a casa caminando a un par de metros de distancia, sin decir palabra.

 

 

(Ver también: El banco, parte 1 y El banco, parte 3)

 

El banco – parte 1

Un denso manto de estrellas arropaba a la luna menguante en aquella templada noche estival. El conjuro del primer beso acababa de ser recitado y la pareja intentaba paladear la magia de la mirada inmediatamente posterior a aquel contacto tan especial.

Noelia… – acertó a decir él con los ojos fijos en ella.

La joven apenas soportó el peso de aquella observación unos segundos antes de sonrojarse y dirigió los ojos hacia el suelo intentando ocultar su rubor. Él sujetó con ternura una de sus manos, que al tacto le pareció suave y delicada.

–Tanto he esperado este momento que ahora tengo miedo de no ser capaz de disfrutarlo al máximo. Soy tan feliz por tenerte aquí a mi lado – continuó el chico.

Como respuesta recibió un nuevo silencio.

Estaban sentados en un bonito banco de madera recién pintada con vistas al puerto y el vaivén de las olas contra los diques cobraba protagonismo en los huecos dejados por las palabras. Los reflejos de las luces sobre las aguas negras rebotaban contra las pupilas de los jóvenes.

Con lentitud Noelia giró la cabeza hacia él y se recostó sobre su pecho dejando escapar un suspiro indescifrable.

Noelia, cariño mío, hoy es el inicio del resto de nuestras vidas.

Ella le acarició el cuello con suavidad y se le respondió con esas dos palabras que, según quién y cómo se digan, todo o nada significan.

–Te quiero, Javi.

Entonces las cabezas se pusieron de nuevo a la misma altura y se fundieron en una sola.

 

 

(Ver también: El banco, parte 2 y El banco, parte 3)

 

Mi enfermedad

(Intro) Un sentimiento me martiriza: quiero ser como tú…

Vago por las calles,
las cabelleras rubias me distraen,
las confundo con tu pelo,
me miento a mí mismo,
tú ya no estás.

Te pedí un motivo,
me diste la verdad,
comprendí tu postura,
reí y lloré,
la locura…
¿tienes dudas?,
eres la cura para mi enfermedad.

Los tiempos cambian,
yo me hundo,
me empequeñeces cuando te veo,
derribas los muros,
saltas los lagos,
creo que aún te quiero.

Atardece color sangre,
llueve en las calles,
truena en mi corazón,
tengo frío,
tiemblo y sufro,
la muerte me roba la razón,
soy imbécil,
podría mejorar y no me importa,
sólo me acuerdo de ti.

Te pedí un motivo,
me diste la verdad,
comprendí tu postura,
reí y lloré,
la locura…
¿tienes dudas?,
tú eres la cura para mi enfermedad. (2)

 

(“Mi enfermedad”, canción, año 2000)

 

 

Cruce de personas

El solo hecho de intuirla en la distancia me produce un vuelco en las entrañas. Es una sensación que ya tenía olvidada y que antes sólo me ha provocado ella. ¿Cuánto ha pasado? ¿Quince? ¿Veinte años? Por ahí andará. Y sin embargo otra vez ese impacto físico en mi interior por una simple persona acercándose.

La tengo a unos cien metros. Dudo por un instante. Quizá no sea ella. Hubo un tiempo en que la veía en cada esquina. Cada larga melena era la suya. Cada sombra tenía que ser ella por fuerza. Mi obsesión era tan desmedida que me hacía cuestionarme continuamente qué era real y qué no lo era.

Sí. Tanto la quería.

Cincuenta metros. Pero esta vez no me equivoco. Es la mujer que se aproxima. Seguro. Ese andar pausado y decidido a partes iguales sigue grabado en mi memoria. La observé muchas veces desde la sombra y la pude estudiar a fondo. Lo conocía todo de ella. Con quién iba. Adonde. Qué le gustaba. Cómo reaccionaba. Todo.

Treinta metros. Viene hablando por el móvil. En nuestra época no existían estos chismes. Camina distraída. Escucha lo que le dice el aparato, pero no habla. ¡Dios, que no me mire! ¡No estoy preparado para traer de vuelta tantos recuerdos! ¡Tengo pánico a sentirme tan vulnerable como entonces!

Diez metros. Juraría que me acaba de lanzar una mirada. No ha sido ese vistazo fugaz que se cruza con un desconocido. Ha sido más prolongado. Un segundo, no más, pero suficiente para no pasar desapercibido. ¿Habrá llegado a reconocerme? ¿Qué huella habrá dejado nuestra breve historia en ella? ¿Pensará en mí? ¿Se habrá arrepentido alguna vez de todo lo que no hicimos? ¿Habrá recibido mi última carta, la de la confesión, la del día que estaba borracho, la que la reconocía a ella como mi amor platónico y a mí como su eterno enamorado?

Pasa a mi lado. Los nervios a flor de piel. Un vuelco en el corazón. Puedo olerla. Puedo sentirla. Varios cabellos se le alborotan. Cierro los ojos y en un instante renace el deseo sepultado por los años. Vuelvo a ser joven, vuelvo a estar loco, vuelvo a ser un apasionado por vivir, vuelvo a ser capaz de mandarlo todo al cuerno por una sola palabra suya.

Doy varios pasos más. Me muero por girarme, me mata la curiosidad por averiguar si ella también lo hace. Un nuevo universo se abriría con un simple giro de cabeza suyo. Pero no me quiero precipitar. Aguardo un momento más. Ahora.

Me detengo y doy la vuelta. La veo alejarse mientras suspiro profundo. Su aspecto por detrás sigue siendo el de la musa que hace años me fascinaba y que aún hoy me desvela algunas noches.

“¡Mírame, por favor, hazlo!”, le suplico al aire.

Mi rostro se apaga a medida que se aleja. Me ataca la melancolía. A veces las cosas simplemente no son porque no pueden ser. Que cada uno siga su vida. Que cada uno luche en sus propias batallas. Que nos dejemos en paz el uno al otro y que pensemos que lo peor que le puede suceder a los sueños es verlos hechos realidad.

Entonces, cuando se dispone a girar a la derecha en la siguiente manzana, cuando entra en la recta final el último segundo que la tendré frente a mí, cuando parece que la perderé para siempre, su mano desciende junto con el móvil, su cuello se vuelve despacio y su mirada me enfoca.

La intensidad de esos ojos negros me deja sin aliento y de repente una oleada de optimismo me inunda.

Después desaparece y yo soy el centro del universo.