En el supermercado (parte 2 de 2)

En el supermercado

[Continuación de En el supermercado (parte 1 de 2)]

 

[…]

 

La textura de aquella piel brillante y tostada por el sol del Mediterráneo le provocó alucinaciones en las que él, de pronto, en un arrebato de imprudencia, le decía alguna obscenidad al oído y ella le dirigía una mirada extraña, de rechazo inicial por tratarla como lo que era, que era sucedida luego por otro vistazo de perdón, de aprobación lasciva, de acuerdo de mínimos, de intención por firmar el contrato que nunca sería escrito; Antonio se adelantaría a ella, elegiría algún lugar público, los servicios del súper, por ejemplo, cuando a última hora del día apenas quedasen los guardias de seguridad y las limpiadoras; allí la esperaría; cuando ella apareciese él la abordaría sin escrúpulos, atrancaría la puerta y la empujaría contra ella, la inmovilizaría, con la lengua húmeda y ardiente recorrería cada centímetro de aquel cuerpo femenino de semidiosa y finalmente la tomaría sin ninguna consideración ni delicadeza hasta alcanzar el clímax. Después le pagaría por los servicios prestados mientras se vestía tratando de recuperar el aliento mirando en otra dirección para evadir los albores de la vergüenza.

–Está tremenda la tipa, ¿verdad, jefe?– le dijo sonriendo un adolescente al que Antonio bloqueaba el lineal de la mermelada. El chico acababa de contemplar la escena de ese Antonio perdido en su imaginación que fantaseaba con imposibles y que exhibía una mueca estúpida de cuarentón lujurioso que apenas se molestaba en atenuar lo que le ordenaba su entrepierna.

Antonio no respondió. Simplemente se apartó avergonzado y, tras ojear el reloj, aceleró el paso para encontrar las cosas que le faltaban y volver a casa cuanto antes.

En la fila única que daba acceso a las cajas la encontró otra vez. Estaba delante de él, unas cuantas posiciones más cerca de la salida. Entre ellos, una mujer sudamericana de baja estatura con una cesta a rebosar, una familia formada por un matrimonio y dos críos gemelos de unos tres años, el joven que le había interrumpido antes, un par de cincuentonas hablando animosamente entre ellas y un anciano y su esposa.

Dos tipos de unos treinta años pasaron junto a ellos y miraron con descaro hacia la despampanante mujer. Tras decirse algo entre sí, uno le lanzó un beso a la chica desde la distancia y el otro le propuso a voces, sin ningún reparo, que les esperase fuera, que tenían que hablar con ella y, con otras palabras, que le pagarían lo que fuese por mover sus caderas sobre ellos. El comentario generó algún revuelo entre la multitud pero nadie hizo nada más allá de sonrojarse. Los hombres se fueron y la vistosa mujer actuó como si no los hubiese oído. Pero no cabía ninguna duda de que disimulaba. Los había escuchado a la perfección.

La mujer accedió a la caja. El dependiente que la fue a atender, sorprendido ante la aparición de una figura así ante él, la miró primero al rostro y luego bajó hacia el pecho, donde se detuvo algunos segundos. Ante tan evidente torpeza se ruborizó de pronto, lo cual no pasó desapercibido para ella, que a juicio de Antonio una vez más pareció forzada a obviar otro diminuto desprecio.

Antonio no supo si sonreír o gritar, si acercarse al chaval para chocarle la mano o para darle un buen puñetazo en la nariz. Sensaciones complementarias saltando entre los instintos y el respeto a otro ser humano le abordaron, oscilando entre lo que significaba ser un caballero y lo que él mismo había imaginado un par de minutos atrás. No se detuvo demasiado en ello, tenía otras cosas en las que pensar y a fin de cuentas las cosas era como eran y él no podía cambiarlas.

Contempló la fila y empezó a impacientarse por la lentitud con que avanzaba. Entonces se fijó en la pareja de ancianos. El viejecito, un tipo calvo con gafas y de gran tripa redonda, se giraba nervioso hacia uno y otro lado. Enseguida descubrió por qué lo hacía. No quitaba ojo, con total desfachatez, a la llamativa mujer de piel morena y tatuaje en el hombro y si se daba la vuelta inquieto era para disimular aquel bulto en la bragueta que las manos en los bolsillos del pantalón era imposible discernir si querían contener o potenciar.

La repugnancia de Antonio ante aquel panorama fue cortada por un repentino acelerón de la cola. Era su turno. Empezó a sacar las cosas del carro. Estaba terminando cuando la provocativa mujer pasó a su lado, con una bolsa en cada mano, en dirección al aparcamiento. Él le disparó una penúltima mirada a cara, busto, caderas y piernas y una última mirada más cuando, tras superar su posición, no se pudo resistir a la tentación de aquel trasero que a buen seguro no volvería a tener nunca más ante sí.

De camino a casa fue pensando en ella, en la atracción desenfrenada que le había generado, en lo sucedido en el supermercado con el resto de hombres, en esa sociedad cuyas leyes y normas de conducta pretendían apaciguar los automatismos de la sexualidad humana tan similares a los de cualquier otro animal, en esa vida que colocaba a cada uno en un lugar de manera aleatoria o predeterminada, quién sabía, y que hacía a cada mitad desear lo que tenía la otra media.

Al día siguiente Antonio se levantó temprano y se calzó las zapatillas de correr. Era el momento del día idóneo para para evitar el calor y la humedad, así como la constante demanda de tiempo de sus hijos. Cerró la puerta con cuidado de no despertar a nadie y salió de casa en dirección al paseo del puerto.

Estiró los músculos entumecidos en el portal y algunos de sus huesos crujieron. Ya en la calle inició la marcha con lentitud. El sol crecía perezoso en el horizonte. Antonio cruzó la calle desierta de vehículos, giró a la derecha en la rotonda y evitó a un grupo de barrenderos que desayunaban tras terminar su jornada de trabajo nocturna. Una señora aguardaba a que su perro pequinés terminase de hacer sus necesidades y unos metros más allá una camarera montaba estoicamente las mesas de la terraza.

La ciudad arrancaba con la particular calma del verano y Antonio, imbuido por el ritmo de la carrera y la respiración constante, no reparó hasta estar muy cerca de la camarera en la familiaridad de aquel cabello con mechas y de aquel rostro en el epicentro de la madurez. Era la mujer del día anterior. En la fugaz pasada a su lado, la piel tostada de ella le siguió pareciendo igual de curtida en batallas, pero de un tipo muy distinto a las que había imaginado. El tatuaje, escondido tras una camiseta descolorida, estaba a buen recaudo y era imposible saber si seguía igual de amenazante. Las piernas esculturales se ocultaban inexistentes detrás de los vaqueros rotos a la altura de las rodillas. La dureza del trabajo rutinario y físico, en cambio, destacaba grabada a fuego sobre las venas hinchadas en sus antebrazos. La lejía abrasadora había teñido de rojo las palmas y los callos de las manos eran la consecuencia del contacto repetido contra el palo de la fregona.

Una mujer trabajadora que de vez en cuando se vestía de princesa.

Antonio aceleró el paso de corredor y una intensa punzada de culpabilidad le atravesó entre las costillas. La injusticia de sus prejuicios comenzó a pesar sobre su espalda. Esta vez no le bastó con justificarse. De nada le sirvieron los mensajes de auto condescendencia que tan a menudo se lanzaba hacia sí mismo.

A nada de aquello pudo aferrarse cuando tuvo que reconocer en sí mismo un grado idéntico, si no mayor, de la inmensa repugnancia que había sentido por aquellos otros hombres.

 

 

 

En el supermercado (parte 1 de 2)

En el supermercado

Todos los veranos la familia al completo viajaba desde Madrid a Castellón. Antonio había nacido allí y le gustaba aprovechar el período vacacional para que su mujer y sus tres hijos cargasen las pilas al lado del mar en compañía de abuelos y tíos.

El proceso se repetía año tras año desde que habían nacido los niños. Antes de eso, Antonio y María, su esposa, solían viajar fuera de España en pareja o con amigos. Vietnam, Australia, Estados Unidos, Chile, Sudáfrica o Japón habían sido algunos de sus destinos más exóticos. Ahora, con los críos en edades tempranas, lo más lógico y manejable les parecía descansar en el apartamento de la playa y permitir a los pequeños disfrutar del resto de familiares.

El día que llegaron arrancaba la tercera semana de agosto y no les recibió tanto calor como se habían temido. Anunciaban treinta y dos grados de máxima y mínimas en torno a veinte. La brisa marina haría llevaderas las noches en su piso cercano al mar que, a pesar de carecer de aire acondicionado, había sido edificado en una orientación ideal a poniente.

Tras descargar el coche que venía a rebosar de equipaje, cubos de playa, cometas, libros de actividades, bolsas de juguetes y demás, María le preparó a Antonio una lista de la compra y le pidió que fuese al supermercado. El frigorífico estaba vacío y no tenían nada para la cena. A pesar del cansancio por las más de cinco horas de viaje y por la tensión de tener que aguantar peleas y algún que otro grito en combinación con el tráfico de la operación salida, prefirió esa tarea a tener que deshacer las maletas con los pequeños pululando alrededor tras tanto tiempo encerrados.

Subió del nuevo al coche y se enfureció al descubrir restos de yogur sobre uno de los asientos traseros. “¡Maldita sea! Cuando os pille…”, protestó entre dientes. Limpió la mancha como pudo y se propuso relajarse. Estaba de vacaciones y tenía que aprovechar al máximo todos y cada uno de los momentos a su disposición. Períodos de soledad como aquél eran excepción dentro de su ajetreada rutina y por tanto también un regalo, por mucho que fuesen destinados a actividades tan mundanas como ir al súper.

Antonio se ajustó las gafas de sol y se miró en el retrovisor. Las entradas de hacía unos años habían derivado en una imparable calvicie que había arrasado la zona superior de su cabeza y varias manchas rojizas habían visible que a su cuello no le iban bien los afeitados. La humedad se condensaba en sudor alrededor de varias arrugas en torno a los ojos y las sienes y varios pelos anárquicos crecían desde la cueva de las orejas. No obstante, más allá de los efectos de la edad estaba en una forma aceptable. Rara era la semana que no salía a correr tres o cuatro veces y el resultado de su fuerza de voluntad era una barriga plana, unas piernas firmes y un corazón fuerte y confiado en sus posibilidades. Se dijo a sí mismo que en conjunto seguía manteniendo un cierto encanto sofisticado y sensual y que aquello no podía pasar inadvertido al público femenino. Seguía en el mercado de las relaciones si en algún momento quería hacer uso de ello. Fortalecido en su autoestima ante la solidez de tales razonamientos, bajó las ventanillas hasta la mitad, arrancó el motor con todo su ímpetu juvenil y subió el volumen de la radio hasta el límite que sus oídos fueron capaces de soportar.

El supermercado estaba a las afueras de la ciudad. Era una de esas grandes superficies a las que se anexaban ópticas, sucursales bancarias, tiendas de chucherías y cafeterías como lo hacían las lapas a los cascos de los barcos atracados en el puerto. Aparcó a una distancia razonable de la entrada, consiguió un carrito y accedió al interior. Una oleada de aire fresco le recibió y enseguida revisó la lista para ver por dónde empezar.

Recorría el pasillo de las frutas y verduras cuando vio a la mujer por primera vez. Le llamó la atención de inmediato. Andaría sobre los treinta y cinco años, pelo liso salpicado de mechas rubias con un flequillo curvo cayendo sobre la frente, piel muy bronceada y más cuerpo a la vista del que quedaba a cubierto. Vestía una minifalda minúscula de color blanco y una camiseta roja de tirantes muy ajustada que se anudaba en la parte posterior, mostrando al completo la espalda desnuda, desprotegida salvo por el llamativo tatuaje multicolor, esa serpiente oscura de cola enroscada y ojos verdes en posición de ataque que simulaba ascender de un modo maligno desde el omoplato derecho hacia el hombro en busca de una mejor perspectiva. En los pies los zapatos de tacón blancos le realzaban la estatura innecesariamente, aquella mujer era mucho más alta que la media y era evidente que no le hacían falta. Su cara no era hermosa en especial pero sí transmitía cierta pose guerrera, de amazona indomable curtida en mil batallas, de haber salido victoriosa de unas cuantas pero de haber perdido muchas otras, de haber aprendido en la guerra a fabricar ese aroma propio de las señoritas que habían enterrado su inocencia bajo el calor corporal de demasiados hombres y que a cambio habían conseguido el premio de entenderlos.

Ese toque intangible, ese aire inmaterial, ese morbo en definitiva que atraía a los machos como un cuerpo moribundo cautivaba a las moscas y que, como a ellas, los empujaba a revolotear nerviosos sobre la presa que yacía desguarnecida ante sus ojos, produciendo un efecto llamada que acercaba a muchos otros de sus congéneres.

Antonio olvidó por un instante la lista y el carrito de la compra y clavó los ojos en la desconocida. Quedó petrificado de la misma forma en que un gato en celo se bloquea al divisar a lo lejos a una hembra. Esa atracción física y animal que no viene del cerebro sino de las profundidades. Ese deseo irracional que hace salivar al varón y que pone en duda si el ser humano es tan capaz de controlar sus impulsos como a menudo se hacía creer.

Pensó que no era habitual encontrar en lugares como ése a mujeres como aquélla. Vestidas así, moviéndose así. Se preguntó si habría terminado tarde su jornada de trabajo nocturna tras las luces de neón o si acaso estaría acompañando a algún cliente deseoso de alargar la asociación temporal más allá de los minutos necesarios que establecían los convenios comunes. Pero al seguirla con la mirada y verla todo el tiempo sola, Antonio se planteó que por otra parte las mujeres que vivían de la noche tenían derecho a comprar leche y galletas para desayunar o detergente y estropajos para fregar las cazuelas. Al fin y al cabo ellas también comían, dormían, iban al baño o, como era el caso, acudían al supermercado.

Aprovechó un segundo que la sugerente figura se perdió entre los pasillos de las bebidas gaseosas para continuar con lo que le había llevado allí. Metió sobres de sopa en el carro, latas de comida preparada y algunas otras soluciones de urgencia para aplacar el hambre voraz de los niños sin tener que invertir demasiado tiempo en la cocina.

Estaba buscando los botes de kétchup cuando se volvió a cruzar con ella. Pasó a su lado, a menos de un metro, y Antonio no pudo disimular. La examinó ansioso de arriba abajo. Las pequeñas grietas en cuello y pómulos pronosticaban quizá algún año más de los que había estimado en primera instancia, lo cual no le restaba ningún atractivo. Si la experiencia era un grado, incluso se lo aumentaba. Ascendió su barrido visual a lo largo de las piernas perfectas, trazó mentalmente su contorno y se imaginó a sí mismo descubriendo las sombras alojadas unos centímetros más arriba, donde la condenada falda ponía los límites entre ficción y realidad.

 

[…]

 

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