La filosofía de las tinieblas

La filosofía de las tinieblas

 

Tenebrosa es la noche, trivial es el día,
peleas de gallos abarrotan las esquinas,
las cosas degeneran, se convierten en ruinas
salvo su bella sonrisa; ésa sólo es mía.

La filosofía de las tinieblas se asume,
los pantanos están inundados de pobreza,
el inmediato fin del mundo se presume,
no crece buena hierba entre la maleza.

Alguien se levanta con gran poder,
con ganas de cambiarlo todo y reiniciarlo,
pero los demás sólo saben despreciarlo,
le envidian y se empeñan en joder.
No hay forma alguna de revelarse,
ellos son muchos y el trabajo es grande.

Y en el nuevo reino de las tinieblas
los cuervos campan con total libertad
y recogen los desechos de la deslealtad
y se alimentan de las precauciones
y son parásitos en los trozos de carne
y miran con desprecio a los humanos.
Ellos lo tenían todo, tenían mente,
y todo lo dejaron ir entre sus manos;
su error fue ir a favor de corriente.

 

 

 

El hombre de negro

El hombre de negro

 

El pistolero recorrió un nuevo desierto
atravesando las colinas y sus prejuicios.
Atrás quedó un indolente ser, muerto,
y con él abandonó su fin y sus inicios.

Las llanuras y los mares, sus amigos,
nunca vieron con buenos ojos su forma,
pero tampoco discutieron el fondo.
Aquéllos que habían hurtado abrigos
se pudrían ahora en lo más hondo,
felices al haber encontrado justa muerte
por sus miserables vidas carentes de norma.

El hombre de negro, el mejor justiciero,
ése al que temían todos los que debían,
el brazo ejecutor de la naturaleza,
alguien que existía aunque no debía,
la mejor manifestación de poder divino,
había decidido revelarse contra Él
sin más motivo que escapar de su piel.

La materia y el alma,
el cuerpo y el aura,
la mentira y la verdad,
la gran dicotomía,
lo que divide el mundo,
la justicia y la realidad.
¿En manos de quién están?

 

 

Hora de comer

Hora de comer

 

–Papá, he terminado. ¿Puedo salir a jugar un rato?

–Sí, pero no tardes. La comida está casi lista.

Jake cerró el cuaderno y desapareció de la pequeña casa prefabricada dando un portazo. Fuera le abofeteó el viento silbante e irregular del otoño que zarandeaba la ropa húmeda tendida en el cordel y que dibujaba ondulaciones en las ramas de los árboles.

–¡Jacky, estoy aquí! ¡Ven! Demos una vuelta.

Su hermano le saludó desde el sendero que serpenteaba hacia el parque entre las casas bajas. Las nubes encrespadas sobre las copas hicieron dudar por un instante a Jake, que siguió con la mirada el giro del cuerpo del chico, su piel pálida, el modo en que se acomodaba la gabardina al cuello, la salvaje agitación de su melena rizada.

–¡Espera, Tommy!– dijo Jake, y salió corriendo tras él.

El niño alcanzó la verja del recinto y decreció de pronto la luminosidad del mediodía. Su hermano gesticuló desde una bifurcación que se alejaba de la zona de juegos y descendía hacia el arroyo contaminado.

–¡Tommy!

La voz jadeante de Jake sonó entrecortada por el esfuerzo de la carrera. Se detuvo a respirar y se palpó el pecho vacío de aire. Cuando volvió a mirar al frente le había perdido de vista.

–¿Tommy?

Entonces el viento redobló su energía, las hojas zumbaron y las sombras se revolvieron. Los contornos parecieron tomar forma y despertaron los miedos de Jake, que empezó a temblar.

–¡Tom…!

El grito de Jake no fue más que un susurro ahogado y oír la debilidad de su propia voz le hizo taparse los ojos y romper a llorar.

–¡Jake!– dijo el padre mientras lo abrazaba desde atrás. Lo levantó del suelo, le enjugó las lágrimas y lo besó.

–¡Papá!

–Cariño, me has dado un susto de muerte.

–Lo siento.

–Te he dicho mil veces que no te alejes tanto. ¿Por qué me desobedeces?

–Estaba con Tommy.

–¿Con Tommy?

El padre lo miró fijamente y lo abrazó de nuevo, un poco más fuerte.

–Sé que es difícil pero lo superaremos juntos, cielo. Lo superaremos juntos.

 

 

La navaja suiza

La navaja suiza

Se pasaba la navaja suiza multiusos de una mano a otra de manera mecánica. Le distraía observarla. Todas aquellas herramientas de reducido tamaño soldadas entre sí insinuaban la capacidad para iniciar cualquier proyecto. Esa potencialidad producía en él un efecto balsámico que apaciguaba otras ideas menos positivas.

Se la habían regalado sus padres cuando aún era un niño con motivo de un viaje a un congreso en el país alpino. Fue la primera vez que lo dejaron solo con los abuelos. Por ello aquel objeto desprendía también el aroma favorable del reencuentro, de la seguridad familiar, del niño que se sentía arropado al crecer.

Ahora la miraba con los ojos enrojecidos. Le dolían y escocían por aquellas cuarenta y ocho horas de dolor ininterrumpido y silencio.

A su alrededor las paredes blancas del salón de la pequeña casa molinera familiar parecían más frías que nunca. Varios rayos de sol las atacaban con un brillo intenso y molesto que producía destellos que le cegaban a pesar de las gafas de sol.

Sobre la chimenea había un jarrón de porcelana con dibujos orientales. A un lado un macetero que contenía una palmera artificial. Encima de la mesa auxiliar junto a los sofás descansaba aquella lámpara blanca que siempre coincidían en que la debían sustituir. Todo ellos objetos que de repente habían mutado, pues habían dejado de ser meras piezas decorativas y se habían transformado en recuerdos.

La noticia se la habían dado a la salida de clase. Sus tíos, aquellos con los que apenas tenía relación, habían aparecido allí donde no solía haber nadie salvo su padre. “Es él, Víctor, ha tenido un accidente de coche. Otro tipo ha invadido la calzada y… Lo siento mucho”.

Desplegó la pequeña lupa de la navaja y observó a su través. Varias rayas cruzaban la lente y el plástico gris del exterior estaba desgastado en los bordes.

–Con cosas insignificantes se logran grandes proezas. Fíjate– le había dicho el padre durante unas vacaciones. Tras acumular hojarasca había colocado muy cerca la lupa. El sol de verano y un poco de paciencia habían producido humo y más tarde una de las hojas había comenzado a arder. Víctor se había quedado fascinado con aquel milagro de la naturaleza.

Guardó la lupa y se levantó. Varias personas desconocidas hablaban con sus tíos en el jardín. A buen seguro discutían sobre su futuro. De pronto él era un problema que había que resolver. Un adolescente huérfano de padre y madre de quien alguien se tenía que hacer cargo.

Subió a su habitación arrastrando los pies. Intentó no mirar a los lados porque sabía bien lo que había en el pasillo. Una fotografía del padre y él pescando juntos en el lago de Sanabria. Otra de la madre con Víctor recién nacido. Una más de su quinto cumpleaños. Un retrato del padre durante el servicio militar. Y una última foto del propio Víctor, en un campamento apenas un año antes, con el acné en la frente y un rizo negro rebelde cayendo cerca de sus ojos verdes, que deslumbraban sobre su rostro de joven reflexivo que había tenido que madurar a la fuerza.

Se tumbó en la cama boca abajo. Sobre la almohada examinó la multiusos. Allí estaban todas las piezas. La sierra con la que completó el barco de marquetería que le encargaron en secundaria. Las pinzas con las que se había arrancado los primeros pelos del bigote. Las pequeñas tijeras. Los alicates. La lima.

Vio también la piedra de afilar. La extrajo y la aplicó sobre la mayor de las navajas.

–Primero fue mamá y ahora él. Las dos mejores personas del universo. No es justo– susurró con rabia.

La navaja tenía la longitud de su dedo índice. La hoja emitía reflejos sobre las paredes y el techo de la habitación. Víctor rozó el filo con suavidad.

–Si hay alguien ahí arriba no puede ser tan cruel.

Se incorporó y quedó sentado sobre la cama. Varios pósters de grupos de rock decoraban su habitación. Un tablón recogía varias notas desordenadas. Había ropa tirada en el suelo y las puertas del armario estaban abiertas.

Echó un vistazo a la puerta y comprobó que estaba cerrada con pestillo.

–Papá, llévame contigo… Yo no podré continuar solo…

Extendió el brazo izquierdo y acercó la hoja afilada a la muñeca. Apretó un poco contra las venas. La borde se hundió y su flexibilidad de la piel amenazó con ceder.

–Dame un motivo para no hacerlo.

Entonces llamaron a la puerta y Víctor se sobresaltó, dejando caer al piso la multiusos suiza.

Aterrado por lo que acababa de pensar y por la visión de su padre reprobando ese atisbo de actitud tan cobarde, rompió a llorar sin pararse a pensar en las consecuencias derivadas de hacer patente su debilidad.

Era la primera ocasión en que se dejaba ir de ese modo desde que había ocurrido el fatal accidente.

Las cálidas lágrimas cayeron esta vez sin miedo ni freno por sus mejillas y la presión desmedida en su estómago, sin él saberlo todavía, iba a ser la sensación sobre la que edificar su futuro.

 

 

 

Soneto a la muerte

Soneto a la muerte

 

Los prejuicios, avestruces doradas
adoptadas por los simples cobardes,
ven guiadas sus risas atragantadas
por la muerte que susurra: “no tardes”.

No la temen los realmente vivos,
ni los que de cerca la han mirado,
muy pocos listos se muestran esquivos;
ellos saben, ellos la han amado.

Es el viaje hacia el infinito,
la hora de la justa recompensa,
sirve al libre, guía al proscrito.

“No puedo hacerlo, no la quiero ver”,
débiles piensan, poderosos ríen,
“fui necio en vida, ¿qué voy a hacer?”