El hombre de negro

El hombre de negro

 

El pistolero recorrió un nuevo desierto
atravesando las colinas y sus prejuicios.
Atrás quedó un indolente ser, muerto,
y con él abandonó su fin y sus inicios.

Las llanuras y los mares, sus amigos,
nunca vieron con buenos ojos su forma,
pero tampoco discutieron el fondo.
Aquéllos que habían hurtado abrigos
se pudrían ahora en lo más hondo,
felices al haber encontrado justa muerte
por sus miserables vidas carentes de norma.

El hombre de negro, el mejor justiciero,
ése al que temían todos los que debían,
el brazo ejecutor de la naturaleza,
alguien que existía aunque no debía,
la mejor manifestación de poder divino,
había decidido revelarse contra Él
sin más motivo que escapar de su piel.

La materia y el alma,
el cuerpo y el aura,
la mentira y la verdad,
la gran dicotomía,
lo que divide el mundo,
la justicia y la realidad.
¿En manos de quién están?

 

 

La tarta de Santiago (2 de 2)

Después de los quince minutos habituales de camino estaba frente al aparcamiento del edificio principal de la empresa. Se accedía al pasar la tarjeta por uno de los controles y sólo las de los empleados levantaban la barrera. Varios coches hacían cola pacientemente y Santi fue bajando la ventanilla.

Al llegar su turno aproximó la cartera al lector. Luz roja. No detectaba bien la tarjeta si estaba entre billetes o carnés, por lo que la movió arriba y abajo. Luz roja. El guardia de seguridad, desde su garita, le miró de reojo. Santi abrió la cartera, localizó su tarjeta de empleado y la extrajo. Probó una vez más, esta vez sin obstáculos. Luz roja. Arriba y abajo, despacio. Luz roja. La alejó y acercó con energía. Nada que hacer. Luz roja.

El guardia le hizo el gesto universal de calma y a continuación fue a ordenar el tumulto de coches que el percance de Santi había generado. Cuando hubo hueco suficiente, Santi dio marcha atrás y aparcó en un lateral. Bajó del coche y se encaminó a la ventanilla de acreditación.

–Buenos días, señor.

–Buenos días. Hay algún problema con mi tarjeta. Se habrá imantado o algo así – dijo Santi.

El tipo de la cabina introdujo los datos en el ordenador, tecleó un par de veces y movió con parsimonia el ratón. Luego llamó a alguien por teléfono y al cabo de unos segundos se levantó.

–Aguarde aquí, por favor.

Santi miró hacia el coche. La tarta de Santi, la tarta de Santiago, reposaba expectante dentro de su caja como la chica que aguarda a que su novio sople en un control de alcoholemia. La personificación de aquel objeto procedía de ninguna parte, aunque tenía sentido de algún modo. Quizá el cariño que uno deposita en su obra dota al objeto creado de un minúsculo pulso vital o quizá se trataba tan sólo una proyección de personalidad procedente de sí mismo. En cualquier caso, cierta sensación de espera tensa le llegaba de aquella combinación de ingredientes bien horneados.

“Menuda estupidez”, murmuró Santi al descubrirse entre esos razonamientos.

Pasaron cuatro o cinco minutos más. Comprobó el reloj y se lamentó de estar llegando tarde.

El encargado de la cabina volvió acompañado de otro hombre. El aspecto del segundo, que vestía traje y corbata, contrastaba con ese lugar más acostumbrado a los uniformes de vigilante.

–Es usted Santiago Ortega, ¿verdad?

–Sí.

–Me han pedido que le entregue esto.

El desconocido le dio un sobre grande a través del hueco del cristal. El logotipo de la organización, de un tamaño similar a la silueta que tenía en casa y que había utilizado un rato antes para la decoración de la tarta, figuraba en una de las caras, desafiante.

De pronto un punto de nerviosismo le invadió.

Levantó la mirada hacia sus interlocutores. El tipo con traje tenía una expresión de gravedad en el rostro y el guardia miraba hacia el suelo. Entre ambos la silla giratoria apuntaba hacia la derecha y una papelera vacía se divisaba entre las piernas. En la mesa la tarjeta de empleado de Santi, con su foto en blanco y negro, había sido arrojada junto a un café de máquina expendedora a medio terminar.

Recapacitó. Las cosas hacía tiempo que no iban del todo bien. Los resultados de la compañía estaban en línea con los de todo el país, mal, pero en el pasado también habían tenido problemas y habían logrado salir adelante. Aquella era una organización grande con sus ineficiencias como en cualquier parte y no había indicios reales que hicieran pensar en cambios.

El remite del sobre, “Recursos Humanos”, en la cara posterior, le heló la sangre y le aclaró por completo lo que se iba a encontrar en el interior.

Un último chequeo a su coche, con la caja de la tarta de Santiago sobre el asiento del copiloto, ya no le transmitió precisamente la sensación de estar ante un pensamiento incoherente o ante una imagen estúpida.

Más bien todo lo contrario.

 

 

Ver también: La tarta de Santiago (1 de 2)

 

 

La tarta de Santiago (1 de 2)

Media docena de huevos. Un cuarto de kilo de almendras molidas y otro cuarto de azúcar. La ralladura de piel de un limón. Canela al gusto. Azúcar glas para decorar.

La tarde anterior Santi había estado preparando la receta con mimo. Mientras su mujer llevaba al cine a su hijo, él había dispuesto en la encimera de la cocina los utensilios necesarios. Un bol, una cuchara de madera, el medidor de volúmenes, la pequeña báscula, los cuchillos, la varilla de batir, el molde. Luego había encendido el viejo transistor que había heredado de su padre tras su fallecimiento, apenas dos o tres meses antes. Le encantaba encerrarse para cocinar y hacerlo con música era uno de sus requisitos. Con un agrio suspiro por el recuerdo paterno había sintonizado el dial hasta dar con una canción de su agrado.

Había untado con aceite el molde y lo había espolvoreado con harina. En el bol había mezclado azúcar y almendras y después había incorporado uno a uno los huevos sin dejar de remover hasta obtener una masa fina y sin grumos. Había añadido la ralladura de limón y la canela y le había dado unas cuantas vueltas más. El último ingrediente para un sensiblero como él era una porción generosa de amor, componente sin el cual cualquier plato quedaba sin alma. “Hacedme caso, se nota”, decía él muy convencido a los allegados que le preguntaban sobre el secreto de su buena mano con la cocina. Finalmente había incorporado la masa al molde y lo había introducido en el horno calentado previamente a 180 grados.

Media hora más tarde, mientras apuraba un tercio de cerveza frente al televisor, se había dirigido de nuevo a la cocina y había extraído la tarta del horno. Tras comprobar la cocción la había dejado en un rincón para que enfriase durante la noche.

Desde su incorporación a la empresa, Santi se había instaurado a sí mismo la costumbre de llevar una tarta casera de Santiago el día del apóstol con el mismo nombre. El primer año lo había hecho como una forma de ganarse la confianza de sus recién estrenados compañeros en Madrid. Le había parecido gracioso celebrar la coincidencia por la celebración de su santo con la elaboración de esa tarta que llevaba su mismo nombre y que era tan especial para él, puesto que sus padres y tíos habían sido gallegos. Después del éxito de la primera tarta, Santi había repetido la receta año tras año y cada vez había recibido las mejores alabanzas de sus jefes y compañeros por el detalle.

La mañana siguiente Santi desmoldó la tarta nada más despertar y tras colocar sobre ella una plantilla con el logotipo de la empresa –aquel triángulo cruzado que nadie comprendía– la espolvoreó con azúcar glas. Con cuidado introdujo la tarta en una caja de cartón con asa y puso al lado varias servilletas de papel, platos y cubiertos de plástico. Antes de cerrarla sonrió ante la perfección estética de su obra. “Espero que sepa tan bien como parece”, se dijo a sí mismo.

Como cualquier otro día desayunó con su hijo Dani y con su mujer, Begoña. Ella tenía un trabajo temporal que la traía por la calle de la amargura, pero Santi esperaba que sólo fuese eso, algo temporal. Tras despedirse de ella, Santi llevó al pequeño de seis años al colegio en el coche familiar, lo acompañó hasta la entrada, saludó a su profesora, besó al crío y se volvió a meter en el coche para dirigirse a la empresa.

Durante el trayecto escuchó con atención su programa de radio favorito, uno de economía. Se hurgó en la nariz. Descubrió el helicóptero de la guardia civil en busca de algún despistado y redujo la velocidad. Salvó a tiempo un atasco en una de las circunvalaciones tomando un pequeño rodeo. Anotó mentalmente un par de cosas que necesitaba comprar. Recordó que tenía próximo un cambio de aceite. Limpió el salpicadero con un pañuelo de papel. Sujetó la tarta de Santiago ubicada en el asiento del copiloto cuando una curva la desplazó hacia un lado.

También se dijo que debía decirles más a menudo a su mujer y a su hijo que los quería.

 

 

Ver también: La tarta de Santiago (2 de 2)