El hombre de negro

El hombre de negro

 

El pistolero recorrió un nuevo desierto
atravesando las colinas y sus prejuicios.
Atrás quedó un indolente ser, muerto,
y con él abandonó su fin y sus inicios.

Las llanuras y los mares, sus amigos,
nunca vieron con buenos ojos su forma,
pero tampoco discutieron el fondo.
Aquéllos que habían hurtado abrigos
se pudrían ahora en lo más hondo,
felices al haber encontrado justa muerte
por sus miserables vidas carentes de norma.

El hombre de negro, el mejor justiciero,
ése al que temían todos los que debían,
el brazo ejecutor de la naturaleza,
alguien que existía aunque no debía,
la mejor manifestación de poder divino,
había decidido revelarse contra Él
sin más motivo que escapar de su piel.

La materia y el alma,
el cuerpo y el aura,
la mentira y la verdad,
la gran dicotomía,
lo que divide el mundo,
la justicia y la realidad.
¿En manos de quién están?

 

 

El examen (parte 2 de 2)

El examen

(Viene de El examen – parte 1 de 2)

 

[…]

 

Roberto echó un vistazo alrededor y se fijó en las piernas temblorosas de una joven morena con gafas de pasta, en la mano húmeda de uno de sus amigos secándose sobre los vaqueros, en las gotas de sudor cayendo silenciosas por la sien de un chico obeso con el que se metían de vez en cuando. La tensión en el lugar hacía denso el aire, casi viscoso.

–Llegados a este punto, sólo queda desear suerte a los que crean en ella. A partir de ahora, tienen dos horas de tiempo. Les volveré a hablar cuando resten cinco minutos.

Apolonio Marín extrajo las copias de examen de la carpeta y las entregó a los chicos de la primera fila, que las fueron pasando hacia atrás. Roberto observó el viaje de las hojas como quien contempla una ola perezosa que se aproxima a los pies en la playa. Cuando tuvo las preguntas ante sí, aspiró profundamente y agarró el bolígrafo.

Fue entonces, justo antes de esa lectura rápida para saber qué tenía ante sí, cuando notó el primer retortijón. En sus entrañas los intestinos se le reordenaron ruidosamente y de súbito cayeron a plomo en dirección descendente, apretando los músculos que controlaban las salidas del cuerpo. Apretó fuerte de forma instintiva, bloqueando aquella repentina actividad, y se tocó el estómago, que estaba duro y tirante como la piel de un tambor.

«Maldita sea, no, ahora no», se lamentó.

El terremoto se calmó por unos instantes. Todavía notaba una incómoda presión, una especie de rumor impaciente que latía con vida propia y que le amenazaba desde las sombras, pero esperaba que no fuese a mayores y que lo pudiese dominar durante las dos siguientes horas. No le quedaba otro remedio que aguantar.

Centró de nuevo la atención en el examen. Cuatro escuetas preguntas, como en la primera convocatoria, tan sólo cuatro breves enunciados, terroríficos en su simplicidad. “Demuestre mediante el método de Leibniz”. “Resuelva”. “Simplifique”. “Derive la función”. Si sencillas eran las cuestiones, endemoniadas eran las combinaciones de símbolos y números que las sucedían. Descartó la primera. No sabía nada del tal Leibniz y se cuestionó cómo era posible que apareciese eso allí si jamás había sido explicado en clase. «Condenado Apolonio», masculló.

La segunda pregunta era una integral y decidió empezar por ahí.

Media hora después tenía ante sí varias páginas garabateadas y la sensación de que no podría con aquella prueba. Todos sus intentos se enredaban en caminos demasiado complejos que decidía abortar para evitar perder el valioso y escaso tiempo de que disponía. En sus profundidades las tripas seguían haciendo de las suyas y le lanzaban ataques y contraataques esporádicos que apenas podía repeler. Un sudor frío le emanaba de la columna vertebral condensándose en gotas que caían con lentitud, erizándole el vello y poniéndole la piel de gallina. Roberto se sentía palidecer, se notaba enfermo y sólo quería mandar al infierno todo aquello y lanzarse como una bala al maldito baño.

Aparcó la integral –«pan integral, galleta integral, fibra, garganta, bolo alimenticio, estómago, jugos gástricos, intestino delgado, intestino grueso», pensó en una ocurrencia extraña, como un arrebato de locura que le hizo dibujar una mueca de amargura–, y encaró la simplificación. Esta vez tuvo más suerte. Los números se enlazaron con armonía y se fueron eliminando unos a otros sucesivamente hasta reducirse a una fórmula breve, exquisita, incluso hermosa. Roberto sonrió y besó el papel. Ya tenía un cuarto en el bolsillo.

La última pregunta era una derivada. Iba a buscar alguna frase hecha que le animase en su triste encrucijada –«excrementos a la deriva, putrefacción que se deriva del alimento, derivados de los lácteos, derivados de la soja, derivados de la carne»– cuando sufrió un nuevo apretón. Esta vez tuvo la certeza de que sus esfínteres no aguantarían. Notó en sus vísceras la violencia de una roca que se desliza entre cavernas y que se abalanza sobre una débil presa que a duras penas soporta el volumen de un lago a rebosar. Notó el peso de un tronco que no se puede sostener, el empuje de un ejército que golpea la puerta del castillo con el ariete, el arrojo de una manada de búfalos en estampida.

Sopesó sus alternativas. Pedir permiso a Apolonio. Renunciar al examen. Escabullirse y volver a entrar sin ser visto. No, ninguna de ellas tenía sentido, suspendería el examen. También valoró hacérselo allí mismo o en aquel rincón del aula o escondido bajo la mesa, directamente en los calzoncillos. Se darían cuenta, era imposible no ser visto. U olido.

«¡Dios mío, dios mío!», murmuró de dolor. Pateó el suelo con rabia. Tenía cerca el aprobado, estaba convencido y aquel inconveniente lo podía echar al traste. «Soy un estúpido, un tonto completo, un aficionado», se reprochó al recordar que llevaba al menos cuarenta y ocho horas sin ir al baño y que justo era ahora cuando se percataba. Aquel recuerdo lo deprimió aún más y se mordió el puño hasta hacerse daño.

A toda prisa afrontó la derivada –«derivados del maíz, derivados del tomate, derivados del jamón, derivados de la pasta, proteínas que derivan en músculos, hidratos que derivan en energía, heces que derivan en estiércol», rumió histérico–, y entre temblores formuló las primeras hipótesis de resolución. Su escritura era irregular y desquiciada y apenas se reconocía en aquellas letras. Las manos le sudaban, los ojos le escocían, las piernas le vibraban. En la cabeza las fórmulas se le atragantaban y no pensaba con claridad. Pese a ello fue avanzando hasta dar con algo medio decente, algo admisible al menos, algo que podía tener aspecto de solución, algo que a su aparato digestivo, el órgano que tomaba las decisiones en aquel momento, le pareció suficiente dadas las circunstancias.

Entonces se levantó. Con la espalda doblada por el calvario en su interior, descendió los escalones, entregó las hojas al profesor y salió del aula tan rápido como pudo. Dio varios pasos rápidos, encorvado, mientras se sujetaba el bajo vientre. A unos pocos metros del aseo creyó que no llegaría. Ya no podía más. Aquello era inhumano, insoportable, frustrante, la peor experiencia de su vida.

Medio mareado abrió la puerta. No parecía haber nadie en los retretes. Se desabrochó el cinturón, se bajó los pantalones y los calzoncillos y sus esfínteres cedieron finalmente.

En cuclillas Roberto lloró de placer ante aquella liberación. Soltó aire, se relajó todo él, pero al tiempo soltó un alarido. Espantado, comprobó que no le había dado tiempo a llegar a la taza y que su gran obra, aquel desastre que le había torturado durante el examen, yacía desparramada por el suelo como una serpiente espantosa que estuviese a punto de morir.

«Arroz integral, cereales integrales, un tipo íntegro; desechos orgánicos derivados, descomposición a la deriva; los límites del cuerpo, los límites de la decencia, los límites de la educación; una mujer de la limpieza cuya función es simplificar».

Roberto, avergonzado y pesaroso, se adecentó como pudo y desapareció de allí tan pronto como le fue posible. Mientras se dirigía al coche sin mirar atrás, contó los meses que quedaban hasta la siguiente convocatoria y esperó que para entonces alguien hubiese recogido su catástrofe.

–Pobre mujer– se lamentó.

 

 

 

El examen (parte 1 de 2)

El examen

El sol matinal de febrero se escabullía con timidez entre una sábana de nubes altas cuando el Alfa Romeo rojo entró derrapando en el solar que la universidad había habilitado como aparcamiento junto al nuevo aulario. Los amortiguadores rebotaron sobre los baches y el chasis osciló violentamente sobre el terreno irregular. A su paso, mucho más rápido y agresivo de lo necesario, el automóvil dejó como estela una densa nube de polvo que se elevó varios metros ante la mirada atónita de los estudiantes, que se agolpaban tras una de las cristaleras del primer piso del edificio semicircular. Roberto, uno de los jóvenes que observaba el espectáculo con atención, identificó su coche entre la hilera que unos segundos después se vería afectada por la caída de la arena en suspensión.

–¡Hijo de…!– blasfemó entre dientes.

El Alfa Romeo se detuvo cerca de la puerta del aulario sobre una de las plazas destinadas al personal y de él salió un tipo espigado y poderoso, de piel tostada y cabellos color azabache, con anchas gafas de sol y bata blanca sobre la ropa de calle. El hombre abrió el portón trasero y extrajo un portafolios de piel. «Ahí va mi examen», pensó Roberto al tiempo que una punzada de ansiedad le encogía el estómago.

El profesor, de nombre Apolonio Marín, era uno de esos catedráticos de matemáticas que infundían pavor al alumnado. Su apariencia de gánster de película de serie B, su nombre de otra época y su forma de andar con el cuello tieso y por momentos inclinado hacia atrás le habían creado una fama que no sólo le precedía sino que le envolvía en un manto de fría perversión. Desde el atril de las clases exhibía una altanería fuera de lo común y acostumbraba a ensañarse con los alumnos más inseguros mediante preguntas de dificultad desmedida, por lo que no era raro ver en sus clases a algún estudiante al borde de las lágrimas. De igual modo exhibía su sadismo en las evaluaciones. Los chicos de primer curso eran advertidos por los más veteranos del temible porcentaje medio de aprobados del que alardeaba el profesor y que las malas lenguas situaban en apenas un siete por ciento sobre los presentados. Desde la licenciatura de exactas hasta la de física o las ingenierías, por doquier se extendía su figura alargada de ogro, de demonio, de malévola entidad. Su aura infranqueable entraba como el cuchillo en la mantequilla en esa amalgama ingobernable de miedos, hormonas, voluntades y sueños que era la autoestima de los sufridos adolescentes.

Roberto acababa de cumplir veinte años y estudiaba ingeniería técnica en informática de gestión. Era un estudiante más bien discreto, del montón, al que le gustaban la electrónica y los ordenadores. Era habilidoso y manitas y trasteaba en sus ratos libres con las máquinas, las cuales desmontaba con facilidad, reparaba y volvía a montar. Sentía afinidad con esas placas de fibra de vidrio sobre las que se soldaban memorias, condensadores y resistencias y que tras capas y capas de abstracción se presentaban ante los humanos en forma de pantallas, teclados y ratones. Pero una cosa era tener un cierto talento para los ordenadores y otra muy distinta verse forzado a enfrentar materias de dudosa aplicación práctica como la que impartía aquel profesor de aspecto rudo y pretensiones insondables.

Para Roberto era la segunda convocatoria de Análisis Matemático –así se conocía la asignatura de Apolonio–, pero ya notaba el aliento en la nuca ante la no tan lejana proximidad de la sexta y última. Tan negro lo veía Roberto. La primera vez que se había presentado al examen final había sido en febrero del año anterior. Entonces, de las cuatro preguntas de la evaluación apenas había respondido a dos. Las que había dejado en blanco habían sido incomprensibles para él, bien podrían haber estado escritas en chino o versar sobre la influencia de Napoleón sobre la distribución geopolítica en la Europa actual. Tanto hubiese dado para Roberto, que ni siquiera había sabido cómo enfocarlas. De las otras dos, de las que se había decidido a responder, una de ellas la resolvió sin esperanzas, casi al azar, y la otra con escasa confianza. Se trataba de la derivada de una función compleja y, aunque le pudo hincar el diente, en algún momento los cálculos se le fueron de las manos y su respuesta final le pareció inverosímil. La nota obtenida, un cero coma cinco, había dejado bien a las claras lo lejos que estaba de salvar aquel obstáculo que tenía ante su futuro.

«Derivadas, integrales, límites, funciones, teoremas, demostraciones,… ¿Para qué sirve toda esta locura? ¡Por mí se pueden ir al cuerno! Quemaré estos malditos papeles en cuanto apruebe, ¡lo juro!», estallaba a menudo Roberto durante las horas de estudio.

Clac, clac, clac, clac. Se hizo un silencio entre los alumnos cuando el taconeo metálico de las botas de Apolonio anticipó su llegada. El imponente docente subía por las escaleras. Roberto vio emerger la cabeza del profesor tras las gafas oscuras y su ansiedad se vio duplicada. Miró el reloj. Faltaban diez minutos. De pronto se le aceleraron las pulsaciones: recordó que no había ido al baño. Se dirigió a toda prisa y se dijo a sí mismo que le vendría bien liberar toda la tensión presente en su aparato digestivo. Sin duda le relajaría. Una vez en la soledad del servicio, la rigidez de su cuerpo no puso demasiadas facilidades. Su cerebro mandó órdenes a los esfínteres, pero por ahí abajo nadie estaba por la labor de escuchar y mucho menos con prisas, por lo que se tuvo que conformar con vaciar la vejiga y lavarse la cara. Unas ojeras espantosas sobre su habitual cara sonriente le intimidaron desde su reflejo y susurró: «Tranquilo, Rober, tranquilo. Todo irá bien».

–Señores, son menos cinco. El que no entre en el aula en el próximo minuto no tendrá derecho a examen– advirtió la voz rocosa de fumador compulsivo de Apolonio.

Los últimos rezagados, entre los que figuraba Roberto, se apresuraron y a empujones accedieron a la clase. Entre tímidos murmullos se distribuyeron en los últimos puestos libres.

–¡Cállense y siéntense todos!– ordenó el profesor a gritos –. Ya saben las reglas: bolígrafo azul, nada de colorines ni lápices de niñatos, nada de papeles que no sean mis folios, nada de calculadoras, nada de comidas ni bebidas, nada sospechoso en ninguna parte visible o no visible. Dos espacios de separación entre alumnos. Manos sobre la mesa. Ojos sobre el papel. No doy avisos a los curiosos. El que mire a su izquierda, tiene un cero. El que mire a su derecha, tiene un cero. El que mire hacia atrás, tiene un cero. El que mire fijamente hacia adelante, tiene un cero. No se permiten dedos en alto porque no admito preguntas. Todo lo que necesitan saber de mí está en los enunciados. Si no los entienden es su problema. No comprender la pregunta implica no conocer la respuesta. Desde ahora no se puede salir del aula. Si alguien lo hace, me dará su hoja de respuestas firmada y también tendrá un cero.

 

[…]

 

Continúa en El examen (parte 2 de 2)

 

Rendición (capítulo “Aire” – fragmento)

Rendición - Aire

 

[…]

 

El día anterior a mi partida apenas pude dormir. Hacía frío, llovía, y yo, intentando escabullirme del miedo, leía tumbado en la cama mi libro preferido, ése cuyos párrafos conocía a la perfección, ése cuyas palabras eran mías y cuyas sensaciones me permitían evadirme de la realidad con los mismos atributos de siempre: un lugar mejor, tranquilidad, recuerdos, la persona amada, en fin, nada especial. El caminante de Herman Hesse era el libro, y “Tiempo lluvioso” el capítulo del que entonces estaba prendado: “Una y otra vez volverán estos días y noches, el miedo, el hastío, la desesperación. Y aun así viviré, y aun así amaré la vida”. Y aquella noche cerré los ojos dejándome llevar por pensamientos acerca de lo ideal, el tren partiendo y mi vista atrás, todo perfectamente normal, salvo en un detalle, que observaba a alguien correr tras el tren, agitando la mano en mi dirección, saludándome, despidiéndose, tú, amor platónico, recluida tanto tiempo en mi interior para que, entonces, en un instante crucial en mi vida, dieras muestras de existencia suplicándome que me quedase, que comenzásemos de cero, que todo cambiaría, que seríamos felices, que dejase de huir hacia delante. Bonitos los sueños. Pero el tren partió y tú no apareciste.

Imagina la dureza de los primeros meses en Madrid, la soledad, la nostalgia de los momentos vividos. Daba dos pasos cuando debía dar sólo uno, iba demasiado rápido, iba en contra de mi naturaleza conservadora y estática. Y como consecuencia, depresión y tristeza, sensación de vagar sin rumbo en un mundo que no me pertenecía y del que tampoco formaba parte. Un extraño en un lugar lejano cuyas costumbres desconocía, problemas en el interior y en el exterior, ausencia de todo y demasiados excesos que no tardaron en producir un efecto negativo tanto en lo físico como en lo mental. Un ser sin vida que perdía la vida.

Recuerdo con especial dolor una época en la que la desidia se apoderó de todo. Entonces pensé que realmente me gustaba sentirme mal, que era un masoquista nato, porque nada hacía por cambiar una oleada de pereza que invadía las venas entremezclándose con la sangre como si fuesen una sola sustancia. Tendencia cotidiana hacia no influir en las cosas, hacia dejarlas vagar tranquilamente en su caos intrínseco, ése que gobierna las leyes de la física y de la química, como si realizar algún movimiento no sirviese para nada. Un mero espectador invisible e intocable que entra en escena y que se mantiene a un lado para no molestar y para no ser molestado, dejadez personificada que deambula entre los actores principales, ésos que triunfan simplemente porque piensan que lo que hacen es lo correcto, contemplándolos desde la distancia con absoluta indiferencia. “No son como yo”, decía alguien desde el interior con la intención de engañarme con la mentira más sangrante de todas, la verdad a medias.

 

[…]

 

 

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La mano de porcelana

La mano de porcelana

        El cielo está veteado de gris y amenaza tormenta. Nubarrones eléctricos copan la bóveda celeste y un viento pesado azota las palmeras y los carteles abandonados de la playa. Las hojas caducas de noviembre se entrelazan con papeles y restos de basura en torbellinos a lo largo del paseo desierto. Nadie suele caminar por esta zona de la costa fuera del verano y menos en un espantoso día como el de hoy. Algunas urbanizaciones recortan parte del horizonte a lo lejos y más allá está la ciudad. En aquella parte las nubes son más oscuras y es probable que por allí ya esté lloviendo.

        Un joven de pelo rizado y cara redonda está sentado en el alargado banco de hormigón que separa la arena de la playa de las baldosas del paseo. No tendrá más de veinte años aunque aparenta alguno menos. La cara es pálida pero agradable y aloja dos grandes ojos verdes como esmeraldas. Es lo que más destaca en un cuerpo corriente por lo demás, ni alto ni bajo, ni delgado ni grueso. Viste jersey verde, vaqueros azul claro rotos a la altura de una de las rodillas y zapatillas negras de deporte. En el cuello una cadena de plata de la que cuelga un hada de porcelana centellea intermitente al reflejar haces de luz despistados.

        Los bucles del cabello se le agitan nerviosos por el fuerte viento ionizado mientras observa el mar invadido por siniestros pensamientos. La tierra removida en el fondo del océano colorea con tonos extraños las aguas saladas. Hay cientos de azules, unos oscuros y aterradores que parecen albergar horrendos monstruos milenarios en las profundidades, otros celestes y etéreos que simulan ser cielo, varios más blanquecinos e incomprensibles que le hacen pensar a uno si los dioses derramaron su semilla láctea sobre la superficie marina. Hay verdes fluviales que bien podrían servir de hogar a truchas, a carpas o a sapos, a pesar de no haber desembocaduras en kilómetros a la redonda. Hay negros y hay blancos y por supuesto hay grises. Un pintor melancólico no habría dibujado un abanico de colores tan tristes como éstos.

        Una espuma repugnante se despliega sobre la orilla. Muestra algas y restos de crustáceos y bivalvos muertos y pronto se los vuelve a llevar. Las olas están rabiosas. Por toda la línea que divide agua y tierra compiten en violencia y en tamaño. Chocan con ira entre sí. Explotan en pedazos que suben varios metros y sólo las vencedoras, las más fuertes, alcanzan la orilla. Banal enfrentamiento este, pues unas y otras, ganadoras y vencidas, desaparecen al abarcar la tierra, que se traga el agua a través de sus hendiduras porosas.

        El chico de la playa también piensa que la vida es triste y banal.

        Es por eso que ha venido aquí para quitársela.

        Gira la cabeza con lentitud y se le pueden ver los ojos enrojecidos. Difícil saber si lo están por la emoción que desborda a su alma joven o por el empuje del cercano huracán en el cielo. Las lágrimas contenidas no parece que vayan a ser liberadas y por ende no habrá siquiera un consuelo fugaz, temporal, que aleje las ideas destructivas hasta la mañana siguiente. Por el contrario actúan como dique al sentimiento de aquel que quiere, espera y desea más de la vida de lo que ésta le ofrece.

        El plan que trae bajo el brazo es singular y a la vez ridículo. Ha pensado en desnudarse ignorando el frío y correr a toda velocidad en dirección a las aguas. Dar amplias zancadas para no dudar. Saltar las olas como cuando corría con su padre siendo un crío. Bucear para esquivar el rompiente. Nadar mar adentro hasta ver agotadas sus fuerzas. Una vez allí desconectar el cable de la razón y dejarse llevar por las corrientes con la sombría esperanza de ya no poder salvarse aunque lo quiera.

        Los motivos que lo han llevado a la toma de esta decisión son múltiples. Amor, desengaño, incomprensión, deseo, miedo, descontrol, angustia, desconfianza, soledad, inteligencia. Poco importa ahora, la situación parece ya irreversible.

        El joven se pone de pie. Mira alrededor para comprobar que no hay nadie y empieza a quitarse la ropa. La piel descubierta se le eriza. El viento arrecia más fuerte. Las raíces del cabello le molestan por los tirones. Las manos le tiemblan de frío. Los labios cortados le escuecen. Punzadas de dolor le sacuden desde los oídos.

        Arroja el jersey a la arena. Luego la camiseta. Se descalza y se desprende de los calcetines. Nota la cadena de plata en el cuello con el hada colgante, la desabrocha y la observa. Un regalo estúpido del padre. Cierra el puño sobre ella y la lanza lejos con todas sus fuerzas. Se dispone a continuar con el cinturón y los pantalones cuando una presencia vaporosa se materializa de pronto a unos diez metros de distancia entre él y el mar.

        La observa anonadado y murmura que no puede ser, que no es posible, que debe de estar soñando. No, los fantasmas no existen, tiene que ser una alucinación. Es la ninfa de la cadena que antes tenía al cuello. Parece haber crecido o mutado. Ahora es una mujer hermosa, de tez lívida y delicada, de movimientos frágiles. Sensible. Sensual. Duda si es de carne o hueso o si acaso sigue siendo de porcelana.

        –Sé por qué has venido– le dice ella con unos labios siempre estáticos, encarnados, carnosos, pedregosos, imposibles.

        El chico está fascinado con ella. El corazón le late a mil por hora y por momentos olvida lo que le trajo a la playa.

        –Acércate, yo te puedo dar eso que te falta– le ordena.

        Él obedece. Ya no existe el frío en los huesos ni la angustia en las entrañas. Las piezas de su rompecabezas irresoluble se reconfiguran y encajan solas, como si siempre hubiesen estado allí y tan sólo hiciese falta una mano experta para ubicarlas.

        El hada blanca lo toma de la mano. Al tacto el ser etéreo es gélido y fantasmagórico. Porta el estigma de la muerte pero de algún modo emite armonía. Es la esencia de la confianza, el aroma del amor.

        Cuando empiezan a caminar hacia el mar y las aguas los engullen, el chaval piensa que al fin ha encontrado a su musa.

        Sus dudas vitales quedan aparte. Él es valiente y fuerte y ella es su razón de ser. Nada podrá dañarlos, son fuertes e inmortales. Trascienden los problemas. Están en otra dimensión.

        A su lado la mano de porcelana de la ninfa no se suelta hasta que sus cabezas se sumergen y la luz definitivamente se apaga.

        Entonces un rayo desgarra el cielo y los relámpagos lo iluminan rabiosos. El gris deriva en un blanco cegador y un instante más tarde todo queda en silencio.

 

 

 

El comienzo de una gran amistad

Serpientes en el cerebro,
dragones en el cielo,
tatuajes en la piel,
alcohol en las venas,
decepciones en el corazón.

Acércate,
estás perdido,
debo decirte algo:
la felicidad no existe,
al menos pasémoslo bien.

Reúne a tus aliados,
piérdete en el bosque de la ciudad,
asegúrate de no saber volver,
bebe y fuma,
excava una zanja profunda ahí mismo,
en las entrañas de la sociedad,
ya no hará falta que salgas de ella.

Tranquilo,
el que no entra contigo
no merece la pena,
no es tu amigo.

En la madrugada abandona el refugio,
sólo un rato,
no puedes cambiar el mundo,
acorrala tus objetivos,
ataca,
bienvenido a la ley de la selva.
¿Hay algo mejor?

Entra en la zanja
hazme caso,
ya no hará falta que salgas de ella.

Tranquilo,
el que no entra contigo
no merece la pena,
no es tu amigo.

Cuando despiertes del sueño,
no estarás solo,
habrá oídos para escuchar.

El demonio de la desidia ha muerto,
saluda al ángel de la desesperación.

Tranquilo,
el que está a tu lado ahí abajo,
merece la pena,
es como tú,
es tu amigo. (3)

 

(“El comienzo de una gran amistad”, canción, año 2000)