Rendición (capítulo “Tierra” – fragmento)

Rendición - Tierra

 

[…]

 

Justo en la mitad de la mañana siguiente ya tenía hechas las reservas del avión y del alojamiento que deseaba. Es sorprendente verme a mí mismo disfrutando con las gestiones burocráticas que antes me inundaban de pereza. Pero ahora la motivación es muy distinta, total y absolutamente, ya no consiste en tratar con gente estática y fría que establece trabas donde no las hay, sino más bien de personas que captan al instante la ilusión casi infantil en mis palabras y que facilitan mis peticiones tan velozmente como son capaces.

No pude esperar más y se lo dije aquella misma noche, aunque unas cosas llevaron a otras y el desenlace fue aún mejor. La invité a cenar a un restaurante pequeño y tranquilo y después, tras concluir una velada deliciosamente agradable y mientras paseábamos por las calles de los pintores, le pedí que nos sentásemos en uno de los bancos. Volví a cogerle la mano y, mirándola a los ojos, perdiéndome en su color roble, admirando su cara de ángel, le dije que llevaba un tiempo dándole vueltas a algo, que aquellas semanas a su lado habían sido las mejores de mi vida, que me sentía genial… Y mientras hablaba, pensé fugazmente en que la quería, en que ella era lo mejor del mundo y en que debía hacer todo lo que estuviera en mi mano para que fuera feliz. Seguí hablando y razonando a la vez, mala combinación, y perdí el hilo del monólogo como aquél que pierde una moneda sin percatarse. Pero ella, en el instante más especial que he vivido jamás y captando los rodeos que estaba dando con la intención de evitar pronunciar las palabras que entonces ya eran el centro de todo, me interrumpió de repente y me dijo sencillamente: “te quiero”.

Me dejó sin palabras de golpe, callado y asustado, callado porque un nudo del tamaño de una nuez se encajó en mi garganta y asustado porque tenía miedo de que aquello no fuese más que otro sueño irreal. Pero no lo era. ¡Cuánto significaba aquella frase! Por una vez tenía la oportunidad de ser feliz y ya lo estaba siendo.

 

[…]

 

 

NOTA: Descarga gratis “Rendición” desde la página de Novelas.

 

 

 

Rendición (capítulo “Agua” – fragmento)

Rendición - Agua

 

[…]

 

Se apagaron las luces durante unos instantes sobre el telón del fondo, para encenderse a continuación con el grupo al completo en el escenario. Y, Kevin, con su inseparable guitarra azul daba por comenzada la actuación con los primeros acordes de “Rug, the rat”. Sonido metálico, melancólico a intervalos, con Carol muy metida en la canción, que narraba un duro relato metafórico en contra de los malos tratos, y apenas abría los ojos como introducida en la propia historia de la que hablaba. Movía los brazos junto al micrófono como si por un segundo éste fuese un compañero de fatigas de los que de verdad merecen la pena, pero sin tocarlo, como si en esta ocasión el sufrido compañero metálico no fuera otro que Rug, la rata, esa bestia que aparecía en la canción y que arreglaba los problemas a golpes. Al término de la melodía, cuando Carol abrió por fin los ojos, las aproximadamente cien personas que abarrotaban el local rompieron en aplausos, impresionados por lo que acababan de ver y escuchar. Por mi parte, desde una esquina alejada y aún con la piel de gallina, apenas pude moverme para expresar lo que acababa de sentir.

Continuaron con “Your muse”, “A pair of solutions”, “One more night”, “Bib”, “Tones”, la instrumental “Hiding”, la eléctrica “Trip to nowhere” y un par más de las que no recuerdo el nombre. Después, “Moonlight drive”, encantadora versión de la canción de The Doors de la que me quedé prendado en cuanto la escuché y que me habían ocultado deliberadamente cuando les confesé mi irreprimible adicción a Jim Morrison. Mientras la cantaba, Carol me lanzó un par de miradas acompañadas de sendas sonrisas que yo devolví. “Let’s swim to the moon, let’s climb through the tide, penetrate the evening that the city sleeps to hide”, y entonces noté algo fuerte en mi interior, algo que nacía y que se abría paso sin concesiones, haciéndome temblar por momentos. Pero tuvo poco tiempo esta nueva sensación para relajarse pues, para cerrar la actuación, Carol dirigió unas cuantas palabras al público.

– Ha sido estupendo tocar aquí hoy -, dijo mientras separaba el micrófono de la barra metálica que lo sostenía; esperó unos segundos para dejar aplaudir al público y añadió: – Terminaremos con “One hundred and one dreams left”, una canción especial para mí que me gustaría dedicar a un nuevo amigo llegado de muy lejos, por su apoyo y porque aún me tiene que confesar un par de secretos sobre los sueños que se me han escapado hasta ahora, ¿no es así? -. Y tras mirar en mi dirección, decenas de cabezas del público la acompañaron. Lo pasé fatal y me sonrojé como nunca. Tardé en reaccionar y entonces sólo pude proteger mis ojos con las manos del foco que los apuntaba y asentir con la cabeza.

 

[…]

 

 

NOTA: Descarga gratis “Rendición” desde la página de Novelas.

 

 

 

Rendición (capítulo “Fuego” – fragmento)

Rendición - Fuego

 

[…]

 

Así, por aquel tiempo, entre filosofías inconexas y verdades imposibles, intentaba salir del mal paso sin conseguirlo. Fue muy duro el primer rechazo, el primer “no”, esa negativa inicial que parecía dispuesta a abrir la puerta a muchas otras del mismo estilo y yo sentía mucho miedo, demasiada repulsión hacia el mundo exterior y unas ganas tremendas de evadirme y, no, entonces no pensé ni un segundo en lo fortalecido que había salido del traspiés, en lo que me había ayudado aquella derrota. De haberlo hecho quizás las cosas habrían sido de otro modo.

Mientras, las personas que el azar nos aproximó fueron creciendo con su propio estilo. Ahora sé, porque el tiempo me lo ha demostrado, que aquellas ideas que nos unían y que entonces parecían cercanas no lo eran ni mucho menos. Puede que el mero hecho de no sentirse solos fuese motivo suficiente para que nos convirtiésemos en amigos, aunque también es verdad que es imposible encontrar a alguien que sea exactamente como uno, incluso de no ser así, si conociéramos a esta persona, con toda seguridad no la soportaríamos.

Supongo que de haber pasado aquella etapa en soledad o con otras personas, no hubiese llegado a la misma meta. Por muy independientes que nos veamos a nosotros mismos, el mundo nos afecta y lo hace influyendo en el carácter y en la forma de actuar. Y, aunque en el interior esté el contenido y en el exterior aparezca la forma, la relación entre estos dos conceptos no es antagónica, sino coexistente y mutuamente mezclada pues no se pueden separar.

La primera onda expansiva en mi personalidad me descubrió la amistad pero, con el rastro inconfundible de la idealización todavía al acecho, volví otra vez, ya iban dos, al mundo inexistente de Platón. Era obvio que en breve llegaría, también iban dos, el pertinente fracaso.

En esta etapa, con la inseguridad y con las dudas por bandera, efectos secundarios: tuve tiempo para conocerme un poco mejor a mí mismo. Había algo en mí con lo que me identificaba y con lo que me encontraba cómodo, una especie de clásico romanticismo con unas cuantas gotas de dramatismo que lo convertían en algo un poco más entretenido. Sí, la idea del perdedor romántico, del que tiene las mejores ideas y al que se le da de lado por el mismo motivo, porque la vida le parece predecible, trivial y excesivamente material. Pero junto al romántico también empezaron a evolucionar aquellos prejuicios auto impuestos en el pasado, disolviéndose como un puñado de arena soltado al viento, para formular con una vocecilla impertinente una pregunta no tan complicada: “¿por qué no?”

 

[…]

 

 

NOTA: Descarga gratis “Rendición” desde la página de Novelas.

 

 

 

Rendición (capítulo “Aire” – fragmento)

Rendición - Aire

 

[…]

 

El día anterior a mi partida apenas pude dormir. Hacía frío, llovía, y yo, intentando escabullirme del miedo, leía tumbado en la cama mi libro preferido, ése cuyos párrafos conocía a la perfección, ése cuyas palabras eran mías y cuyas sensaciones me permitían evadirme de la realidad con los mismos atributos de siempre: un lugar mejor, tranquilidad, recuerdos, la persona amada, en fin, nada especial. El caminante de Herman Hesse era el libro, y “Tiempo lluvioso” el capítulo del que entonces estaba prendado: “Una y otra vez volverán estos días y noches, el miedo, el hastío, la desesperación. Y aun así viviré, y aun así amaré la vida”. Y aquella noche cerré los ojos dejándome llevar por pensamientos acerca de lo ideal, el tren partiendo y mi vista atrás, todo perfectamente normal, salvo en un detalle, que observaba a alguien correr tras el tren, agitando la mano en mi dirección, saludándome, despidiéndose, tú, amor platónico, recluida tanto tiempo en mi interior para que, entonces, en un instante crucial en mi vida, dieras muestras de existencia suplicándome que me quedase, que comenzásemos de cero, que todo cambiaría, que seríamos felices, que dejase de huir hacia delante. Bonitos los sueños. Pero el tren partió y tú no apareciste.

Imagina la dureza de los primeros meses en Madrid, la soledad, la nostalgia de los momentos vividos. Daba dos pasos cuando debía dar sólo uno, iba demasiado rápido, iba en contra de mi naturaleza conservadora y estática. Y como consecuencia, depresión y tristeza, sensación de vagar sin rumbo en un mundo que no me pertenecía y del que tampoco formaba parte. Un extraño en un lugar lejano cuyas costumbres desconocía, problemas en el interior y en el exterior, ausencia de todo y demasiados excesos que no tardaron en producir un efecto negativo tanto en lo físico como en lo mental. Un ser sin vida que perdía la vida.

Recuerdo con especial dolor una época en la que la desidia se apoderó de todo. Entonces pensé que realmente me gustaba sentirme mal, que era un masoquista nato, porque nada hacía por cambiar una oleada de pereza que invadía las venas entremezclándose con la sangre como si fuesen una sola sustancia. Tendencia cotidiana hacia no influir en las cosas, hacia dejarlas vagar tranquilamente en su caos intrínseco, ése que gobierna las leyes de la física y de la química, como si realizar algún movimiento no sirviese para nada. Un mero espectador invisible e intocable que entra en escena y que se mantiene a un lado para no molestar y para no ser molestado, dejadez personificada que deambula entre los actores principales, ésos que triunfan simplemente porque piensan que lo que hacen es lo correcto, contemplándolos desde la distancia con absoluta indiferencia. “No son como yo”, decía alguien desde el interior con la intención de engañarme con la mentira más sangrante de todas, la verdad a medias.

 

[…]

 

 

NOTA: Descarga gratis “Rendición” desde la página de Novelas.