Hora de comer

Hora de comer

 

–Papá, he terminado. ¿Puedo salir a jugar un rato?

–Sí, pero no tardes. La comida está casi lista.

Jake cerró el cuaderno y desapareció de la pequeña casa prefabricada dando un portazo. Fuera le abofeteó el viento silbante e irregular del otoño que zarandeaba la ropa húmeda tendida en el cordel y que dibujaba ondulaciones en las ramas de los árboles.

–¡Jacky, estoy aquí! ¡Ven! Demos una vuelta.

Su hermano le saludó desde el sendero que serpenteaba hacia el parque entre las casas bajas. Las nubes encrespadas sobre las copas hicieron dudar por un instante a Jake, que siguió con la mirada el giro del cuerpo del chico, su piel pálida, el modo en que se acomodaba la gabardina al cuello, la salvaje agitación de su melena rizada.

–¡Espera, Tommy!– dijo Jake, y salió corriendo tras él.

El niño alcanzó la verja del recinto y decreció de pronto la luminosidad del mediodía. Su hermano gesticuló desde una bifurcación que se alejaba de la zona de juegos y descendía hacia el arroyo contaminado.

–¡Tommy!

La voz jadeante de Jake sonó entrecortada por el esfuerzo de la carrera. Se detuvo a respirar y se palpó el pecho vacío de aire. Cuando volvió a mirar al frente le había perdido de vista.

–¿Tommy?

Entonces el viento redobló su energía, las hojas zumbaron y las sombras se revolvieron. Los contornos parecieron tomar forma y despertaron los miedos de Jake, que empezó a temblar.

–¡Tom…!

El grito de Jake no fue más que un susurro ahogado y oír la debilidad de su propia voz le hizo taparse los ojos y romper a llorar.

–¡Jake!– dijo el padre mientras lo abrazaba desde atrás. Lo levantó del suelo, le enjugó las lágrimas y lo besó.

–¡Papá!

–Cariño, me has dado un susto de muerte.

–Lo siento.

–Te he dicho mil veces que no te alejes tanto. ¿Por qué me desobedeces?

–Estaba con Tommy.

–¿Con Tommy?

El padre lo miró fijamente y lo abrazó de nuevo, un poco más fuerte.

–Sé que es difícil pero lo superaremos juntos, cielo. Lo superaremos juntos.

 

 

Confiesa

Confiesa

 

–Ave María Purísima.

–Sin pecado concebida. El señor esté contigo y te dé fuerzas para arrepentirte de tus pecados.

La mujer de mediana edad se santiguó y el sacerdote le agarró los antebrazos desnudos con sus gruesas manos. Ella agachó la cabeza y a continuación inició una extensa enumeración de chismes sin importancia: la riña con el marido, el bofetón al hijo, la envidia a la vecina. El sacerdote bufó de fastidio pues tenía sus pensamientos en otro lugar y a los habituales “ajá” o “ya veo” que intercalaba para eludir el aburrimiento que aquella rutina le generaba, añadió alguna muestra visible de impaciencia para que la mujer se apresurase.

–Eso es todo, Padre.

–Reza dos credos y un padrenuestro como penitencia.

–Así lo haré, Padre.

La tomó de los hombros en fraternal caricia y sobre la piel de la mujer dibujó con el pulgar la señal de la cruz, desde la frente al esternón, desde la izquierda a la derecha de los pechos.

–Yo te absuelvo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

–Gracias, Padre.

–Ve con Dios, hija.

El cura ayudó a levantarse a la feligresa y se detuvo en la silueta de la mujer mientras se alejaba. Aquella camisa sin mangas bordeaba los límites de la decencia. Luego examinó el templo. Dos jovencitas cuchicheaban en una de las últimas filas y varias jubiladas desperdigadas en los bancos delanteros semejaban estatuas.

Cualquiera de ellas, o ninguna, podía estar detrás de la carta.

Se incorporó, estiró la sotana y se ajustó la estola. Sintió cómo el alzacuello oprimía su respiración. No sin dificultad por la creciente artrosis salió del confesionario, cerró la portezuela y se dirigió con pasos arrastrados hacia la sacristía. Allí comprobó de un vistazo que el sobre abierto seguía sobre la mesa tal y como lo había dejado media hora antes.

Con la presión de la jaqueca amenazando sus sienes inspiró pesadamente hasta que el aire le inundó por dentro.

Después entró en la sala y cerró con llave.

 

 

Ese áspero odio (3 de 3)

Ese áspero odio - parte 3/3

 

[Continuación de “Ese áspero odio – parte 2”]

 

Tomás la tomó entre las manos. La revisó desde varios ángulos. Pesaba más de lo que parecía. Cuando intentó tomarla en posición de disparo, casi se le cae al suelo.

–¡Ten cuidado, idiota! ¡Que está cargada!

Onésimo se la quitó a su amigo y la volvió a guardar en la roída manta. Reconstruyó el nudo y cuando iba a devolverla a su lugar escucharon algo que los puso alerta: los perros ladraban de un modo extraño. Algo sucedía.

–Vamos– dijo Onésimo.

–¿La vas a llevar?– preguntó Tomás señalando el arma.

–Sí.

Los chicos corrieron hacia el rebaño. Al remontar la loma no vieron nada extraño, pero enseguida notaron que el ganado estaba intranquilo. Las ovejas habían dejado de comer y se miraban unas a otras desconcertadas. Los perros no estaban allí y sus ladridos no cesaban. En los huecos entre ladrido y ladrido un silencio incómodo gobernaba la pradera.

–Sígueme, viene de allí.

Tomás se adelantó en la carrera campo a través. Tras atravesar una hilera de arbustos vio a los perros al fondo, dirigiendo sus alaridos hacia el otro lado de un risco. Los chicos conocían aquel lugar que daba una amplia perspectiva del camino secundario que unía Brunete y Villanueva de Perales e intuyeron que los perros pastores le ladraban a alguien que circulaba por la senda.

Onésimo chistó a Tomás, que se detuvo en seco. Le hizo un gesto para que se agachase. Acurrucados se acercaron al mirador, donde había una pequeña grieta que dejaba espacio a sus cabezas. Los perros, al ver a Onésimo, fueron hacia él y se tranquilizaron.

Tomás fue el primero en mirar.

–¡Madre de Dios!

Ante sus ojos y a tiro de piedra, un batallón republicano caminaba a paso ligero en dirección a Brunete. Había cientos y cientos de hombres, todos ellos armados con sus fusiles a la espalda. Portaban cascos verdes y pantalones y chaquetas militares. Las botas oscuras de combate repiqueteaban de manera uniforme contra el suelo y levantaban el polvo del camino. Algunos de los soldados montaban a caballo y otros traían carros cargados de munición que eran tirados por bueyes. Medio kilómetro más allá, un tanque movía pesadamente sus orugas aplastando los laterales del camino. Detrás, aún más soldados.

–¡Madre de Dios!– repitió Tomás con un filamento de voz apenas perceptible.

Con la boca abierta los críos observaron hechizados lo que tenían ante sí. Tomás reaccionó al notar a Vivo olisquear su espalda. Capo mantenía la distancia un poco más atrás, desconfiado. El chico escondió la cabeza y habló en voz muy baja.

–Tenemos que volver a casa, One. Hay que avisar.

Onésimo no le escuchó y Tomás le tiró de la manga.

–¡One! ¿Me oyes? ¡One!

Tiró aún más fuerte hasta que lo tuvo a su lado. Le giró la cabeza y le forzó a mirarlo. Su mirada irradiaba fuego.

One, escucha. Tenemos que regresar al pueblo. ¡Ya!

–¿Qué?

–¿Qué te pasa, chaval? ¿No te das cuenta? ¡Son los republicanos y vienen a luchar!

–Sí.

–Pues vamos de una vez.

One se desembarazó de su amigo.

–Ve tú, Tomás. Yo quedóme.

–¿Qué? ¿Te has vuelto majara?

–Ve tú. Avisa a todos de que vienen. A mi madre también. A ella la primera, por favor.

–¿Qué dices? ¿Y tú?

Entonces Onésimo descolgó el paquete que portaba al hombro y lo dejó en el suelo. Empezó a desatar el nudo de la manta y a extraer el contenido del interior.

–¡No! ¡Te matarán!

–Da igual, vete.

–No te dejaré.

Onésimo agarró a su amigo de los brazos y le empujó.

–¡Vete!– le gritó en voz baja.

El brillo devastador en las pupilas de Onésimo convenció a Tomás, que salió a la carrera.

A los pocos segundos Onésimo escuchó llorar a su amigo y a cada zancada el sonido de aquel llanto se fue mitigando hasta desaparecer totalmente. Onésimo de pronto estaba solo. Sus perros lo estudiaban expectantes. Aquel paso militar a sus espaldas de decenas de botas de suela dura coordinadas en sus apoyos le retaba desde el otro lado del risco.

No había recorrido más de un kilómetro y todavía le quedarían cuatro o cinco más hasta llegar a Brunete cuando Tomás, aquel niño que había sido forzado a trabajar como un adulto y a contemplar injusticias sin explicación, a despedir a seres queridos, a asumir sin discusión todo tipo de decisiones arbitrarias sin hacer preguntas y que a pesar de todo mostraba una pasmosa facilidad para tomar la tapa de un cubo y una onda e imaginar que era un valiente caballero que salvaría a su reino, escuchó uno, dos, tres y hasta un cuarto disparo, todos ellos consecutivos.

Tomás entonces frenó en seco y supo de dónde procedían.

Consciente de lo que vendría a continuación, se tiró al suelo y con la absurda determinación de que no escuchar podría significar que algo no se produciría, se tapó las orejas con todas sus fuerzas y cerró los ojos que, de súbito, de puro miedo, dejaron de llorar.

Aquel día Tomás dejó de imaginar y de soñar y también sus ojos, como los de Onésimo, se impregnaron de por vida de la cruda aspereza del odio.

 

 

Ese áspero odio (2 de 3)

Ese áspero odio - parte 2/3

 

[Continuación de “Ese áspero odio – parte 1”]

 

Onésimo se irguió y se sacudió las virutas de madera del regazo. Parecía satisfecho con la longitud y la flexibilidad de su vara. Se acercó a uno de los asnos y para probarla le atizó en el lomo. Tras el “fiu” del palo atravesando el viento y la agria queja del animal de tiro, los críos empezaron a reír.

Onésimo borró todo rastro de alegría de su rostro y encaró a Tomás.

–Ayer los falangistas andaron por casa pidiendo más hombres. Decían que ellos y los soldados marroquíes no son bastantes. Los rojos nos ganan en número.

–¡Puah, a mí plim!

–Pues yo me voy a alistar, Tomás.

–¡No puedes!– reaccionó el chico con espanto.

–Sí, ya lo verás. Padre me aprendió a usar la escopeta. Sé disparar y cargar. Soy fuerte y no me asustan las trompadas. Ya estoy más que harto de cuidar bichos y de oler mierda.

–Tu madre te va a dar una buena zurra cuando abras el pico.

–No va a enterarse. Me escaparé a Villanueva del Pardillo. Allí diréles que soy huérfano y que tengo catorce.

–¡Ja! ¡Estás loco, One!

Onésimo estaba decidido. Aquel niño que detestaba estudiar y trabajar y al que su padre había intentado meter en cintura a golpes, lucía en los ojos el brillo de la determinación. Lo que no habían conseguido el cinto ni las peleas a puñetazos con chaveas más grandes que él ni las bofetadas del padre Daniel, el maestro de la escuela, lo había logrado la guerra. Ese mozo que lloró sin consuelo, de dolor y de rabia, cuando vio marchar a su padre obligado a alistarse por los sublevados, el mismo día que se llevaron también a Eladio, su hermano mayor de quince años y a otros muchos familiares y conocidos, parecía haber encontrado su camino y estaba de repente dispuesto a jugarse la vida a tiros.

–Aquélla tienesla preñada– advirtió Tomás con aparente interés en modificar el tema de conversación una vez más. Él también tenía al padre y a dos hermanos en el frente, pero ni por asomo se le ocurría nada que hacer al respecto.

–Hum.

–No quedarále mucho.

–Más vale que traiga varios corderos. La semana pasada murieron dos carneros y madre diome una guantada. Violes hinchados y dijóme que era porque habían comido ababoles. Que tenía que haberles dado jabón en la boca cuando se hincharon. Dijóme inútil y que no valía para nada, ni para vigilar, y que cuando volviese padre me iba a enterar de verdad.

–¿Cuántas tenéis en el rebaño?

–Cuarenta ahora.

Los perros rodearon las ovejas y a ladridos increparon a varias despistadas que se alejaban hacia unos matorrales junto a un mojón frente al camino. Onésimo les tiró una piedra y casi acierta sin querer en las patas de Vivo, que saltó despavorido.

–¿Qué hicisteis con las carneros?

–¿Los muertos?

–Sí.

–Despiezarlos y venderlos.

–Madre dice que la carne de las hinchadas no se pué comer.

–Eso era cuando no había guerra, mangarrán. Ahora comemos lo que haiga.

Tomás abrió su zurrón y extrajo unas manzanas que había robado de madrugada del huerto de Pancracio, el alcalde. Le dio una al otro chico, se reservó una para él y el resto se las fue repartiendo a los burros. Los animales, escuálidos y viejos, agradecieron el alimento y las fueron devorando de un bocado mientras emitían sonidos guturales.

Onésimo se colocó tras Tomás y le murmuró al oído.

–Si te cuento una cosa, ¿no chivaráste?

–¿Qué?

–¿Chivaráste o no?

–No.

–¿Seguro?

–¡Que no!

–Ven.

Onésimo caminó con pasos largos y superó una pequeña colina doscientos metros más allá del rebaño. Rodeó unos árboles y tras ellos encontraron una gran roca de tres metros de altura. A uno de los lados la maleza ascendía por el costado y Onésimo la separó con su nueva vara. Hurgó un poco más y cuando hubo espacio suficiente introdujo medio cuerpo por el agujero y extrajo un objeto alargado, de casi un metro, oculto tras una vieja manta color tierra anudada con un cordel deshilachado.

–¿Qué es?

–Mira, acércate.

Dejó el paquete en el suelo y lo desató con cuidado. Separó los extremos de la manta. A la vista de los niños quedó una carabina con la culata color pino. El amenazante cañón era fino y negro y tenía incorporada una mirilla. El gatillo tenía el metal desgastado, lo cual indicaba que el arma había tenido bastante uso. La madera tenía varias marcas indescifrables que parecían haber sido realizadas con una navaja.

–¿Cómo la conseguiste?

–¡No seas idiota! ¿Cómo va a ser? Robéla.

–¿La robaste? ¿A quién?

–A uno de los sargentos de la guarnición. Lo vi entrar borracho una noche en una casa con una de las primas de Anselmo. Le seguí y vi que dejó la escopeta apoyada en la puerta. Fue fácil.

–¡San Pedro!

–¿A que es bonita?

–Sí.

–Cógela, anda.

 

 

[Continúa en “Ese áspero odio – parte 3”]

 

 

Ese áspero odio (1 de 3)

Ese áspero odio - parte 1/3

 

En plena Guerra Civil Española amanecía el seis de julio de 1937 sobre las praderas entre Quijorna y Brunete, en la provincia de Madrid, cuando dos amigos se saludaron desde lejos.

–Ale, One.

–Ale, Tomás.

Onésimo, el pastor, sentado encima de un peñasco que le permitía controlar el rebaño de ovejas, bajó la barbilla con gesto recio. Con una navaja oxidada desnudaba y sacaba punta a un palo de medio metro. Tomás agitó un brazo mientras tiraba con el otro de dos mulas, que a su vez arrastraban con lentitud un pesado trillo.

Onésimo se incorporó.

–¿Ande vas?

–Al campo de lentejas del yayo Mariano. Tamos recogiendo.

–¿Tan dejao salir del pueblo?

Páece que sí. ¿Tú?

Ve lai. no marear, dormí aquí en el campo.

Brunete era el lugar en el que ambos habían nacido, del que nunca habían salido y del que probablemente nunca saldrían. El porvenir pintaba oscuro en aquella época aciaga en la que las necesidades básicas no estaban aseguradas y la supervivencia era el objetivo número uno.

En aquel momento de la Guerra Civil su pueblo estaba controlado por el bando sublevado. Allí se había establecido una Jefatura de zona y un pequeño hospital. Por ese motivo las salidas y las entradas por los caminos principales eran estrictamente controladas por varios centinelas. Los vecinos, apelando a la solidaridad y a la pillería, a los favores y a los sobornos, habían ido ganándose el derecho a las excepciones. Las familias de los Onésimo y Tomás, aunque muy humildes, eran propietarias de tierras y ganado y abastecían de huevos y patatas a la guarnición. Por ello campaban más o menos a sus anchas.

–Ven acá, majo– le dijo Tomás a Vivo, el pastor alemán que acompañaba a Onésimo en el pastoreo y que le ayudaba a mantener a raya a las ovejas. Era un hermoso ejemplar de denso pelaje, cuyas patas tonalidad oro ascendían en intensidad hasta un color roble oscuro en el lomo y el cuello. Los ojos negros del animal eran agudos y nobles y a lo largo de las mandíbulas entreabiertas destacaban los gruesos colmillos.

Tomás se sentó en el suelo y el enorme perro lo tumbó a lametazos. Tras ellos, Capo, el otro perro pastor de Onésimo, un viejo boyero australiano de pelaje negro y canoso y con demasiados kilómetros en las piernas, olisqueó las pezuñas de las mulas de Tomás, que lo miraron con desconfianza.

–Tengo ahi en el zurrón pan duro y la bota de vino. Toma si quiés– dijo Onésimo.

Onésimo tenía nueve años y era un chaval enjuto y mal encarado que parecía en permanente enfado con el mundo. La mirada agresiva desde unos ojos estrechos y oscuros denotaba un odio insondable y profundo construido a base de desgracias. Era el aspecto de un condenado en un cuerpo imberbe. Portaba una boina que a duras penas controlaba los mechones de pelo polvoriento, que se le escabullían en las sienes y en el flequillo. Los brazos, flacos y pálidos, tenían magulladuras y moretones por todas partes. En las mejillas un escuadrón de pecas sonrosadas aligeraba la dureza de su rostro y atestiguaban que tras ellas tan sólo había un niño. Vestía ropas humildes, pantalones grises de pana desgastados y una camisa tres tallas por encima de la suya.

–¿Viste las avionetas esta noche? Madre dice que no dejaronla dormir– dijo Tomás.

–Sí, andaron por aquí encima.

–¿Y no diote miedo?

El pequeño Onésimo calló. Su tío Miguel había sido acribillado a campo abierto por los disparos de una avioneta en Guadalajara. Los republicanos habían dado con el campamento de su batallón y los habían masacrado. Miguel había dejado huérfanos a dos niños menores que Onésimo y desolada a su esposa. Desde aquello habían pasado apenas cuatro meses y el dolor aún latía en sus entrañas.

–¿Paqué es la vara?– preguntó Tomás cambiando de tema.

Tomás tenía ocho y, al contrario que su amigo, era dicharachero y soñador. Una perpetua sonrisa le decoraba el rostro y en ella se apoyaba para trasladarse a un lugar más generoso que aquel que en suerte le había tocado vivir. El matojo rizado de color roble que tenía por cabellos necesitaba un lavado y un buen corte, pues le caía sobre los ojos y, el pobre muchacho, en un tic que le duraría toda la vida, cada dos por tres se lo tenía que apartar con el dorso de la mano.

–¿Paqué va a ser?– contestó One.

–Y yo qué sé.

matar a los rojos, tonto.

Los chicos bajaron la mirada. Las ovejas de la familia de Onésimo deambulaban con pereza en busca de pasto, cada vez menos abundante en aquella época del año. Salvo algún “tolón, tolón” procedente de los cencerros de las reses, el silencio en las suaves colinas y prados a mitad de camino entre Quijorna y Brunete era total. Algunas mariposas sobrevolaban las flores secas que crecían desperdigadas, las moscas revoloteaban sobre los animales persiguiendo el olor a estiércol y muchos otros insectos campestres se desperezaban ante la jornada estival que se avecinaba.

Vacer buen día hoy– dijo Tomás.

–¡Tanto da!

El cielo despejado y blanquecino prometía calor para las horas centrales del día. No se atisbaba una nube en el horizonte, donde los picos de la sierra madrileña perforaban el azul oscuro que se resistía a retirarse ante el empuje de un sol que emergía en la otra punta de la bóveda celeste.

 

[Continúa en “Ese áspero odio – parte 2”]

 

 

Jim Beam Black (4 de 4)

Jim Beam Black - parte 4

Y luego miró a Rocío, que se había quedado blanca y parecía descompuesta.

Cris, cariño, estoy algo mareada y si no nos vamos ahora se nos hará tarde.

–¡Eh…! Sí, es cierto, yo también estoy algo cansado. Una pena, porque la cosa se ponía interesante. Pero mañana tenemos que ir a Ikea, ya sabéis, y conviene madrugar aunque sea sábado, que luego se pone hasta los topes. Ha sido una velada muy entretenida. La cena fue fantástica. Gracias a los dos.

 

*   *   *   *   *   *

 

Tras despedir a Rocío y Cristóbal en la puerta, Iván e Irene regresaron al salón. La chimenea chisporroteaba y el calor había inundado la estancia.

–¡Puf, vaya papelón!– dijo Irene.

–Sí.

–¿Te has fijado en el pedo que llevaba ella?

–Sí, se ha pasado un poco, la verdad.

–¿Un poco?

–Ven, siéntate, tomemos tú y yo otra copa.

Iván, estoy agotada, subamos arriba. Mañana será otro día.

–No, venga. Una última copa.

Iván agarró de la mano a Irene y la sentó a su lado. Cargó sus vasos con hielo, bourbon y refresco y luego le dijo:

–¿Qué pasa con Rocío, Irene?

–Hace unas semanas estuvimos cenando con unas amigas de la universidad. Rocío, ya la has visto hoy, no se controla con el alcohol, y en el primer pub ya iba como una cuba. En una de ésas me pasó un brazo por el hombro, me llevó hasta la barra y me confesó que tenía una aventura con otro hombre. Dijo que estaba harta de Cristóbal y que quería romper con él. Que en cualquier momento se armaba de valor y se lo contaba. “¿Para irte con el otro?”, le pregunté yo. Ella me sonrió con malicia y me dijo: “Ahora mismo él tiene pareja, pero más adelante quién sabe”.

–Ya veo.

–Esta noche, en un hueco que la he tenido a solas, le he preguntado si le había dicho ya algo a Cristóbal.

–¿Y?

–No, aún no.

Iván olisqueó el bourbon y tomó un trago prolongado. Irene se desperezó.

–Ahora sí que es momento de ir a la cama, cariño.

Irene le besó y cuando iba a levantarse notó otra vez la mano de Iván reteniendo la suya.

–No, espera.

–¿Qué?

Iván dio otro sorbo y se puso frente a Irene.

–Tenemos que hablar.

–Me estás asustando. ¿Qué pasa?

–Es sobre lo que has dicho antes.

–¿Qué dije?

–Eso que no debemos dejar para mañana. Que la sinceridad debe empezar hoy.

–¿Qué? ¿Tú?

–Sí. Lo siento.

Irene se tapó los ojos, que de inmediato romperían a llorar. Iván, por su lado, prefirió añadir la parte de la historia que faltaba para que el dolor, una vez completo, pudiese ser combatido por ella en toda su dimensión.

–También debemos hablar sobre Rocío.

Entonces Irene separó los dedos y con una mirada furtiva a Iván comprobó que esa insinuación que acababa de salir de sus labios y que parecía haber quedado suspendida en el aire tenía toda la pinta de ser cierta.

 

*   *   *   *   *   *

 

Irene e Iván rompieron su relación aquella misma noche. Irene escuchó con atención todo lo que Iván tenía que contarle y antes de irse le agradeció su honestidad. “Mejor ahora que más adelante, puestos a elegir”.

Irene cogió el bolso y el abrigo con lágrimas en los ojos y salió por la puerta sin despedirse. Aquella noche durmió con su madre y el siguiente fin de semana mandó a una amiga cercana a recoger sus cosas. No volvió a hablar con Iván. No atendió sus llamadas. Nunca supo más de él.

Irene tampoco volvió a ver ni a hablar jamás con Rocío. Ninguna de las dos lo intentó siquiera.

Rocío, por su parte, quedó embarazada seis meses después. Aquel embarazo empujó a Cristóbal a pedirle matrimonio, cosa que ella aceptó, y sabiendo que él sería buen padre tomó la decisión de dejar el alcohol para siempre y de centrar toda su energía en la exigente tarea de criar a su futuro hijo.

Cristóbal, más allá de las pequeñas rencillas y luchas cotidianas, vivió feliz en familia.

Iván, al poco tiempo de dejarlo con Irene, se registró en esa aplicación tan de moda y conoció a muchas otras mujeres. En el medio plazo no llegó a tener ninguna relación estable.

 

 

 

Jim Beam Black (3 de 4)

Jim Beam Black - parte 3

Durante la cena los comensales no hablaron demasiado. Iván parecía nervioso y aprovechaba cualquier excusa para levantarse de la mesa: “más vino”, “traeré servilletas”, “este cuchillo está sucio”, “falta pan”. Rocío se ocupaba más de beber que de comer y jugaba a redistribuir las porciones a lo largo de su plato. El alcohol parecía haberse evaporado de su cuerpo y aunque vació de golpe cuatro vasos de vino no parecían hacerle efecto. Irene, por su parte, observaba a Rocío con preocupación y a los hombres con desinterés.

El que más empeño puso por hilar conversaciones fue Cristóbal, ajeno a las emociones de los otros.

–Entonces llega Guadalupe y le suelta a mi jefe, así, sin miedo, que si espera que todo el departamento se quede a trabajar durante el fin de semana sin ofrecer nada a cambio que, al menos, lo va a tener que pedir por favor… ¡Ja! ¿Qué os parece?

Irene sonrió a Cristóbal con cortesía y luego le dio una patada disimuladamente a Iván, que acariciaba distraído los bordes de su copa.

 

*   *   *   *   *   *

 

Iván, por favor, haz algo para animar la cena. Rocío no está bien, luego te cuento si quieres, y verte a ti comportándote como si estuvieses a mil kilómetros de distancia no está ayudando– susurró Irene en la cocina.

–Ya, perdona, cariño. Tengo muchas cosas en la cabeza.

–Hazlo por mí, ¿vale?

–Vale.

Iván e Irene terminaron de preparar un cesto repleto de dulces y una bandeja con vasos, hielo, refrescos, licores varios y el bourbon que habían traído Rocío y Cristóbal. Al sentarse en los sofás los cuatro se lanzaron a probar este último.

–¿Queréis jugar a algo? Tengo por ahí el Trivial y el Monopoly. También debe de haber en alguna parte una baraja de póker. Pensadlo mientras enciendo la chimenea– propuso Iván.

–Sí, estaría bien. ¿Qué preferís, pareja?– preguntó Irene a sus invitados.

Rocío y Cristóbal se miraron.

–Si soy yo quien tiene que elegir, prefiero simplemente charlar– dijo Cristóbal.

Todos asintieron pero ninguno, salvo Cristóbal, mostró entusiasmo con la idea de centrarse en sí mismos en vez de en cualquier otra cosa.

–Venga, yo mismo me lanzaré a contaros algo que me sucedió el otro día, a ver qué os parece– continuó Cristóbal.

Rocío bebió de su combinado y le quitó el envoltorio rojo a un bombón. Después se recostó sobre el cómodo sofá blanco, forrado de piel y que al tacto estaba frío, mientras observaba a Iván introducir los leños en el hogar.

–Fue un lunes hace dos semanas, o tal vez tres, no recuerdo bien. A ver, cómo decirlo, estaba en… En fin, que estaba yo haciendo mis necesidades en el baño de caballeros durante mi jornada laboral…

–¡Ja! Lo raro hubiese sido que estuvieses en el otro– le interrumpió Irene.

Touché. Irene, dame cuartelillo, que con mi amigo Jim Beam no estoy en plenitud de condiciones.

–Menos lobos. Tú seguro que has tenido momentos con más alcohol que sangre circulando por las venas– apuntó con sorna Iván.

Rocío, cariño, defiéndeme, estos dos van a por mí.

Rocío elevó entonces demasiado la voz.

–Venga, dejad que lo cuente. Decías que estabas cagando en el váter de la empresa cuando te pasó no sé qué.

El tono empleado había pasado de la broma al ataque. Se produjo un breve pero incómodo silencio que Cristóbal prefirió cortar pasando por alto la interrupción de su novia.

–Pues eso. Ahí estaba yo cuando de pronto escuché pasos. Dos tipos entraron al servicio. Hablaban entre ellos. Podrían haber tenido más cuidado y mirar bajo las puertas por si había alguien allí, como era mi caso. Pero al parecer el tema de la charla les tenía absortos o bien les parecía lo más normal del mundo.

–Cuenta, ¿de qué hablaban? Ahora no puedes parar– le apremió Irene al ver que Cristóbal se detenía para saborear su trago y para hurgar en la cesta de los dulces.

–No seáis impacientes, todo a su tiempo. Enseguida reconocí las voces. Eran Roberto y Rodrigo. No los conoces, Rocío, son de otro departamento. Dos tipos de nuestra edad o algo mayores, casados ambos, Roberto con un hijo de un par de años y Rodrigo con la mujer embarazada, creo recordar. Abogados, con una carrera sólida, bien valorados en la compañía, listos, guapos, muy chics y sin ningún problema importante que resolver a la vista.

–¿Y bien?– preguntó de nuevo Irene. Cristóbal era bueno contando historias y con aquella había logrado captar la atención en aquel salón donde la música de ambiente chill-out seguía sonando de fondo a bajo volumen, monótona como la lluvia que seguía percutiendo en la calle.

–No sé si fue Roberto o Rodrigo el que dijo que el sábado había llegado a su casa a las seis. “Menos mal que Sofía estaba frita porque no veas cómo es con los olores… Seguro que me habría olfateado por todas partes y enseguida habría detectado los aromas de las partes bajas de otra. ¡Ja, ja, ja!”. El otro, entre risas, le criticó: “Eres un maldito aficionado, tío. Haz como yo. Di que han venido unos chinos de no sé qué empresa y que el jefe te has pedido que los saques de fiesta y que, como hay que quedar bien con ellos porque tienen pasta, que te los tienes que llevar al Parador de Toledo y que tienes habitación para dormir allí con ellos”. El otro, interesado ante la argumentación, replicó: “Ya, macho, pero eso te vale una vez”. “¡Qué va! Tú dile a la parienta que el jefe te ha tomado por el más enrollado de la oficina y que estos marrones te los tienes que comer porque forman parte de tu sueldo y que es lo que hay”. “Vale, vale, ahora sí que te sigo”.

–Tampoco es nada del otro mundo, ¿no? Dos machos alardeando de sus conquistas… A saber si son ciertas o si son mentira.

–Espera, Irene, que te veo inquieta, que aún hay más. El que parecía más experimentado dijo que tenía en esos momentos siete amantes simultáneas. Todas ellas esporádicas. Todas ellas bajo la coartada de aquella excusa increíble del Parador de Toledo. Según contaba, había descubierto una aplicación para ligues desde el móvil y decía que aquello era un filón. Que quien no se acuesta con una tía distinta cada noche es porque no quiere. Y todo ello sin pagar, por supuesto, nada de burdeles ni similares. ¿Qué me decís? ¿Cómo se os queda el cuerpo?

Rocío se puso en alerta y soltó lo primero que se le pasó por la cabeza.

–A ver, infidelidades ha habido siempre. En cierto modo forma parte la naturaleza humana, como animales que en el fondo somos.

–Sí, sí, por supuesto, cariño. Tampoco es que yo sea un ingenuo. Lo que me sorprendió es el modus operandi. Esa manera tan profesional y metódica de actuar. Las excusas, los medios, el sistema. Es todo un mundillo, ¿no?

Irene se preocupó por no mirar a Rocío, pero en cierto modo se vio obligada a intervenir.

–¡Pues qué queréis que os diga! Yo no reiré esas gracias. No entiendo la mentira. Para mí la pareja es otra cosa. Es sinceridad. Es confianza. No es el hecho en sí de que te pongan los cuernos, sino todo ese sistema que dices, Cristóbal. Esa maquinaria de falsedades continuadas en el tiempo, casi como si fuesen una forma de vida. A ver, si a mí me viene un tío y me dice a las claras: “cielo, yo siempre voy de flor en flor, es lo que hay, si te gusta bien, y si no, pues no soy tu hombre”. Pues me parece fantástico. Sé a qué atenerme. No hay mentiras, no hay juegos chorras, no hay método que emplear. Yo no le pregunto qué hace cuando sale por ahí, entiendo que él tampoco me preguntará nada a mí, y si a ambos nos va bien y entendemos que como pareja tenemos más y somos más felices que por separado, pues oye, adelante. Ahora bien, lo otro, no va conmigo. La mentira me corroe por dentro, de verdad.

Y entonces miró a Iván.

–Amor, ya lo sabes, si en algún momento hay que hablar de lo que sea, seré toda orejas. No lo dejes para mañana si puedes ser sincero hoy. Ése es mi lema.

 

 

 

Jim Beam Black (2 de 4)

Jim Beam Black - parte 2

Cristóbal encendió la radio.

–¿Quieres algo en especial?

–No, me da igual.

Cambió un par de veces de dial y se detuvo ante los acordes de “New Year’s Day”.

–Me chifla esta canción. Es mi favorita de U2.

–No está mal, aunque yo me quedo con “Pride”.

El dispositivo electrónico del coche avisó de la cercanía de un radar y Cristóbal redujo la velocidad.

Rocío, oye,…

–¿Sí?

–Sé que últimamente tenemos problemas y que no hacemos más que discutir. Los dos tenemos un carácter fuerte. Pero yo te quiero. Lo sabes, ¿verdad?

–Sí.

Cristóbal sostuvo para sí mismo que los problemas con la bebida de Rocío eran sólo una mala racha. “Estos dos meses en paro le están afectando”, se dijo. Ella pensó que él, aunque tedioso, poseía un gran corazón.

–Eso es lo más importante. Saldremos adelante. En los cuatro años que llevamos juntos lo hemos pasado muy bien y así seguirá siendo.

Cristóbal torció a la derecha y salió de la autopista. En un par de minutos el GPS avisó de la llegada al destino, muy cerca de la entrada de Tres Cantos. Aparcaron frente a una hilera de chalets adosados de fachadas color ladrillo y ventanales blancos, con un amplio jardín exterior de un verde inmaculado. El fresco aroma a la tierra mojada llegó hasta ellos. Varias luces estaban encendidas en las viviendas y las bombillas temblaban bajo el efecto de la lluvia, cuya intensidad había aumentado y era ya una espesa cortina de gotas diminutas.

Irene había estudiado Periodismo con Rocío en la Universidad Complutense y por aquella época se habían hecho amigas. Aunque se habían ayudado la una a la otra, en su relación primaba menos el cariño que la competición: las mejores notas, la mejor beca, el mejor trabajo, el mejor viaje, el mejor novio. Rocío veía en aquella rubia de media melena con cara de niña y algo pasada de kilos el colmo del optimismo y nunca la había terminado de tolerar. Tras graduarse se habían visto apenas cuatro o cinco veces y si mantenían el contacto era gracias a la placentera distancia que permitían el móvil y las redes sociales.

Irene, al contrario que Rocío, se consideraba una mujer estable y con los cimientos de una vida adulta acomodada en vías de construcción: un puesto fijo como redactora en un diario digital, un pequeño piso en propiedad en el centro de Madrid que ahora tenía alquilado y un novio, Iván, gestor de fondos de inversión talentoso, con dinero y con visos de lograr mucho más en el futuro, que esperaba convertir más pronto que tarde en su marido. Por ello no había dudado en mudarse a la casa de él hacía un par de semanas. “Demasiado pronto para empezar a convivir, ¿no? ¿Cuánto lleváis juntos? ¿Siete? ¿Ocho meses?”, le había dicho Rocío a Irene. Pero su amiga estaba enamorada y decidida y no había querido saber nada sobre los tiempos que Rocío o cualquier otra persona consideraban correctos para dar ciertos pasos. “Déjate de sandeces. Nos queremos y ya está. Ven con Cristóbal y os invitamos a cenar. Así conocéis la casa de Iván. Es una pasada. Y ni se te ocurra negarte, insisto”. “¿No le importará a Iván?”, le replicó, pues la idea no le entusiasmaba. “¿Estás tonta? Venid y punto”.

Rocío y Cristóbal no habían llevado paraguas y tuvieron que correr los escasos cien metros que los separaban de la puerta. Cuando pulsaron el timbre, el agua les caía en abundancia por los cabellos y las chaquetas.

–¡Bienvenidos, chicos! Vaya, sí que llueve– dijo Irene mientras los saludaba desde un pulcro recibidor, donde jarrones con flores y varios cuadros étnicos combinaban en armonía; al fondo se divisaba un amplio salón en varios ambientes interconectados: la zona del comedor con la mesa y las sillas de nogal, la zona de imagen y sonido con el gran sofá frente a la pantalla panorámica de televisión y el equipo de música con sus altavoces y la zona de ocio con la mesa de billar y una diana con dardos sobre la pared–. Pasad, iré a por unas toallas. Iván está arriba cambiándose. Baja enseguida.

–¡Maldita sea, olvidé las botellas en el coche!– recordó Cristóbal.

–Espera, tengo aquí un paraguas.

Cuando Cristóbal se introdujo de nuevo en la noche, Irene condujo a Rocío a la cocina. Era una estancia de exquisita decoración y los fuegos quedaban en una isla donde los utensilios colgaban desde un soporte bajo el techo. Dos ollas humeaban y un cuchillo descansaba en la encimera de mármol junto a un cogollo de escarola a medio partir. Alrededor, muebles de caoba que escondían los electrodomésticos rememoraban el aspecto interior de una cabaña. Irene le sirvió una cerveza bien fría a Rocío y abrió una lata de aceitunas y una bolsa de patatas fritas.

–¡Mola la casa, tía!– dijo Rocío.

–Sí, Iván es muy detallista. La tiene con todos los lujos.

Rocío, empequeñecida ante tal despliegue de perfección, prefirió cambiar de tema.

–¿Y eso que suena, qué música es?– preguntó Rocío señalando hacia el salón.

–Es un recopilatorio del Buddha Bar. “Chill Out 2015”, creo que se llama. Es un vídeo de Youtube. Iván ha conectado el portátil al plasma. El sonido sale de ahí.

–Qué bien…

–Venga, cuéntame, que me tienes en ascuas. ¿Has hablado ya con Cristóbal?

–¿Qué?

–¿Qué va a ser, mujer? Lo que me contaste el otro día.

–¡Ah! No, aún no…

De un solo sorbo Rocío liquidó la mitad de su bebida. El comentario la incomodó. Recordó que había hablado demasiado aquel día como consecuencia de la ginebra.

–¿Y tú, qué tal con Iván?

–Muy bien, tía. Parece un príncipe y yo la protagonista de un cuento de hadas.

–¡Qué suerte! Pues disfrútalo a tope, que ya sabes las vueltas que da la vida…

 

*   *   *   *   *   *

 

Irene era una gran anfitriona y tenía tan buena mano en los fogones como gusto en la decoración de la mesa. Varias velas espigadas que lucían una hermosa llama anaranjada reinaban en el amplio rectángulo con pata central, ubicado al fondo del salón, cerca del ventanal que daba a la piscina. Las escoltaban dos centros de flores sintéticas a juego con el mantel gris moteado. Había dispuesto el resto de elementos como manda el protocolo: un plato ancho decorativo sobre el que reposaba uno llano y sobre éste a su vez un cuenco; las copas de agua y de cristal más allá de la cucharita de postre; los cubiertos a ambos lados y la servilleta de tela a la derecha, cerca del platito con el pan de centeno.

Como menú Irene preparó de entrante ensalada de escarola con granada y queso feta y de plato principal un radiante redondo de ternera con salsa de setas que burbujeaba desde el horno. Mientras Cristóbal descorchaba el Ribera, Iván los agasajó con finas lonchas de jamón serrano que él mismo se ocupó de cortar. “Recién llegado de Extremadura, cortesía de un cliente agradecido”, se apresuró a comentar. Era Iván fino y estirado, de entradas profundas y patillas anchas, apuesto y con un punto de suficiencia incorregible, uno de esos hombres encantados de haberse conocido y con aspecto de lograr habitualmente sus objetivos.

 

 

 

Jim Beam Black (1 de 4)

Jim Beam Black - parte 1

–¿Tienes que conducir siempre como si la carretera fuese un circuito?

–Yo conduzco como me da la gana.

Tras aquel corte se produjo uno de sus habituales y tensos silencios y apenas intercambiaron palabra durante el trayecto en coche hasta Tres Cantos. A Rocío le ponía de los nervios la velocidad y Cristóbal no sabía manejar si no iba al límite.

En los mecanismos mentales de Cristóbal jugaba a bajar al menos un veinte por ciento la duración estimada para el viaje por el GPS y si no lo lograba era una especie de derrota personal que le amargaba el día. Cuando estaba a buenas con Rocío, hacía un esfuerzo por controlar sus impulsos y mantenía apagado el dispositivo para contener la tentación de pisar a fondo el acelerador. Entonces iniciaba alguna conversación banal sobre el trabajo, el último estreno de cine o algún cotilleo familiar. Si ella le seguía la corriente el recorrido podía llegar a hacerse llevadero y sin discusiones.

Aquella tarde no iba a ser posible. Rocío había salido después de comer a tomar unas cervezas con unas amigas y había bebido más de la cuenta. Se le notaba en la voz y en los ojos enrojecidos detrás del rímel que aún perduraba parte de la borrachera. A duras penas podía ocultar Cristóbal su malestar. Al hecho de tener que cumplir en aquella cena a la que habían sido invitados por Iván e Irene, pareja a la que apenas conocía y que desde lejos parecían el repelente summum de la felicidad, como añadido le iba a tocar vigilar las tonterías de su novia con unas copas de más.

El coche aminoró la velocidad en la M-40 y tomó el desvío hacia la carretera de Colmenar. El tráfico iba ligero en las autovías del extrarradio en aquella tarde de viernes de octubre. Hacía un buen rato que había anochecido. Un viento histérico soplaba a bandazos y una fina lluvia de otoño salpicaba el parabrisas haciendo dudar al mecanismo automático del vehículo.

–Dale al limpia, anda. No se ve nada– dijo Rocío.

–Yo sí veo– replicó Cristóbal con un tono enfático en el “sí” que denotaba el grado de su crispación. Tuvo que morderse la lengua para no añadir: “No como tú, que seguramente estarás viendo doble”. Al pensar aquello la gruesa vena de la furia le latió en la sien y la encrespada mirada se hundió en el asfalto.

Rocío contempló durante unos segundos los rasgos que bien conocía de su novio: la perilla rubia, los labios estrechos, la barriga rellena de más, los anchos brazos. Luego expiró ruidosamente por la nariz y a continuación repitió la operación por la boca, en ese modo particular suyo para expresar la irritación. Pensó que a sobrellevar el leve mareo por el alcohol ingerido se le unía aquel estado de enfado permanente con su pareja que parecía no tener arreglo. Cristóbal era un aburrido y un triste, una de esas personas, a su entender, que no sabían divertirse. Un tipo acostumbrado a llevar una vida sin riesgos y sin altibajos por el mero hecho de no verse obligado a traspasar la comodidad de su estrecha zona de confort. Ella, sin embargo, se consideraba hecha de otra pasta, jovial, soñadora, dicharachera, rebosante de energía.

Rocío bajó la visera del copiloto y se miró al espejo. La pequeña luz deslumbró a Cristóbal, que refunfuñó entre dientes, pero ella hizo caso omiso. Corrigió el carmín rojo en los labios con la punta del índice y observó el escote y la ausencia de arrugas en la camisa y en la falda, ambas de color negro. La melena, del mismo color, colgaba a la altura de las mandíbulas dejando el largo cuello al aire. La tez pálida resaltaba en aquel cuerpo de cara agradable, curvas suaves y hombros estrechos. Más abajo las medias recién estrenadas y los zapatos de tacón le daban una apariencia, a su juicio, ideal para presumir de ese cuerpo de mujer de treinta años recién cumplidos con tanta experiencia acumulada como vida tenía por delante.

 

*  *  *  *  *  *

 

Les quedaba poco para llegar y el silencio los apaciguó. Rocío decidió que aunque Cristóbal estuviese de morros no le iba a estropear la velada: “En cuanto llegue me tomaré una cerveza bien fría. O aún mejor, una copa del vino tinto que llevamos en el maletero. Desconectaré por completo. Bailaré, lo daré todo a los mandos de la Wii o me dejaré los huesos por ganar al maldito Party. Lo que sea con tal de pasar un rato agradable y olvidar tanto nerviosismo y malos rollos”.

La visualización de sí misma diez minutos después sentada en el sofá y con ese primer trago descendiendo por la garganta, le incitó a poner de su parte con su acompañante. Al fin y al cabo, que la cena no fuese un desastre dependía también de que su novio estuviese animado.

–Cris, ¿al final elegiste Rioja o Ribera?

Cuando Roció se dirigía a Cristóbal con el diminutivo, raro era que él no se ablandase.

–Ribera, como me pediste. Un Protos.

–Genial. ¿Compraste algo más?

–Sí. Traigo un Jim Beam Black de cincuenta pavos.

–¿Qué es? ¿Whisky?

–No, bourbon.

–¿No es lo mismo?

–No. Se parecen, pero el proceso de fabricación es distinto.

–Espero que le guste a Iván. Es un sibarita de esos brebajes.

 

 

Ojos que no ven (3 de 3)

París 3

 

(Continuación de “Ojos que no ven – parte 2”)

 

Apuré mi desayuno en silencio, paladeando aquel manjar que me inundaba la boca con la grasa de la mantequilla, la suave carne frita y el queso fundido.

–¿Y tú?

–¿Yo?

–Sí, tú. ¿Cómo eres?

Claire se calló. Con delicadeza me tomó la mano y la condujo por el contorno de su barbilla. Subió hacia los mofletes, frescos, colorados pude intuir, y después hacia las amplias cuencas de los ojos. Ni un surco. Hacia arriba las cejas, la base de la nariz, y en la frente una protuberancia, un lunar o verruga que le dotaría de una personalidad específica. Hacia atrás los cabellos caían sueltos en una media melena sujeta tras las orejas.

–Pareces muy guapa.

–Gracias, de verdad.

–Si nos hubieses conocido a nosotros a tu edad… Todos decían que éramos la pareja perfecta. Te daré un consejo. Equivócate en tu profesión, en los estudios, en los amigos. Nada de eso importa, todo se puede corregir. Pero no te equivoques nunca en la persona con la que quieres compartir tu vida.

Nos acercamos a la entrada de la Torre. Claire me dijo que el ascensor se encontraba un poco más allá.

–¿No hay otra forma de subir?– pregunté.

–Sí, hay escaleras, pero no estoy segura de que sea buena idea.

–¡Vamos! ¿Duda usted de nosotros, señorita?

–Señor Damián, es un trayecto muy largo y terminará usted agotado.

–¡Habráse visto! En la comida te contaré mis caminatas de horas y horas por el campo cuando acompañaba a mi padre en el pastoreo. ¿La escuchaste, Consuelo? Esta juventud de hoy en día…

La joven Claire tenía razón. Tardamos más de media hora en subir. Estábamos exhaustos. El último tramo hubo que hacerlo en ascensor porque el acceso a pie estaba bloqueado. En el piso superior de la Torre Eiffel, el viento sacudía con energía y tuve que ajustarme el cuello del abrigo.

–Desde aquí se divisa toda la ciudad. París es bastante llana– comentó Claire.

Apoyado sobre la baranda del mirador, húmeda todavía por el rocío de la mañana, la ausencia de aquella vista me produjo nostalgia. Era una sensación incómoda. No extrañaba la capacidad de ver, no anhelaba ser poseído por la grandeza que abrumaba a las personas al tener un espléndido escenario delante, no echaba de menos compartir complicidad en las sonrisas al cumplir el sueño de llegar al lugar deseado. No, nada de eso. Lo que me sucedió fue más sutil. Quise de un modo extraño dejar de estar obligado a imaginar.

Azorado y melancólico, fantaseé con casas bajas de color marrón, tejados blancos y ventanas abiertas. Edificios señoriales de viviendas. Amplias avenidas como surcos y callejuelas escondidas. La catedral de Notre Dame. Iglesias góticas salpicando el paisaje. El Sena escabulléndose entre la civilización y pintando de verde las veredas y los parques aledaños mientras era saltado por puentes dorados. Algún rascacielos de silueta insolente. Colinas al fondo. Un horizonte donde las fronteras de sueños y realidad se diluían.

Lo bueno de no ver es que uno termina por hacer realidad muchas representaciones imaginarias.

Lo fantástico es no saber distinguir, pasado un tiempo, qué sucedió en efecto y qué fue generado de manera artificial.

Lo terrible, que en cada ejercicio de este tipo se acerca el ciego más a la locura.

–Señora Lorena, soy Claire, la guía que está atendiendo a su padre en París.

Es cierto eso que dicen que los que pierden uno de los sentidos desarrollan en mayor medida los demás. Mi oído estaba pletórico y por ello pude escuchar a Claire a pesar de tenerla a diez o quince metros, alejada de mí para que no me enterase de lo que estaba haciendo. Llamaba a mi hija, a Lorena, con su teléfono móvil. El tono sonaba a chivatazo, a fría traición aunque apenas nos conociésemos.

–No, no se preocupe. De verdad, todo está perfectamente. No sucede nada grave…

Entre Claire y yo transitaron varias personas hablando en un idioma desconocido. Quizá japonés o chino. Estudiantes conversando sobre banalidades, o parejas haciendo turismo, o un grupo de extranjeros desplazándose en bandada. No había forma de saberlo. Alguien sorbió ruidosamente una bebida, otro más estornudó. Había risas en alguna parte. Como una melodía uniforme y monótona de fondo, el ascensor subía y bajaba. El rumor incesante del tráfico rellenaba los espacios de silencio.

Olí un perfume femenino que bien podía ser esencia de rosas. También percibí maíz tostado, o pistachos, o pipas.

–Ven Consuelo, no te separes. Hay mucha gente por aquí– dije.

Mi mujer, ausente, debía de estar ensimismada en sus cosas. Vaya día llevaba. El mal cuerpo, la enfermedad, el cansancio, los años, la falta de sueño, la fuga de energía. Algo le pasaba.

El alboroto se redujo y de nuevo llegó hasta mí la voz de Claire.

–… me dieron su teléfono para usarlo en caso de emergencia y esto no sé si lo es. Discúlpeme de antemano. Pero estoy preocupada… Es por su padre.

Me acerqué un paso más. Entonces descubrí que los ojos, los ojos que no ven, los ojos mutilados, mis ojos, esos ojos,…, esos ojos perciben más allá de las leyes de la medicina y más allá de cualquier explicación.

Esos ojos inservibles, esos ojos que no ven, dejan de ver en el punto exacto en que empieza a ver el instinto.

Por eso una porción de segundo antes de que volviese a escuchar a la guía francesa, ya supe lo que iba a decir.

–No sé si es algo normal, si le sucede habitualmente cuando está con ustedes. Me sabe mal decirlo porque el señor Damián es encantador. Se muestra lúcido y amable. Es una gran persona. Pero de pronto empieza a hablar con su esposa. Mira a un lado y a otro, espera respuestas. Sonríe sin motivo. Actúa con complicidad e interactúa con ella. A todos los efectos es como si la tuviese delante… pero allí no hay nadie…

Más gente nos rodeó, más turistas buscando la mejor vista, la mejor fotografía para mostrar a familiares y amigos, ese vídeo que grabarían con entusiasmo y que jamás volverían a observar. Y yo, desconcertado y triste, con nulas esperanzas de éxito palpé a los lados en busca de las manos de Consuelo.

Pero esta vez no las encontré.