El lenguaje

 

El lenguaje, le dijo, no es más que nuestra forma de disipar con explicaciones la maravilla y la gloria del mundo.

De deconstruirlo.

De desdeñarlo.

Le explicó que la gente no puede soportar toda la belleza del mundo.

El hecho de que no pueda ser explicado ni comprendido.

 

Asfixia. Chuck Palahniuk.

 

 

Hora de comer

Hora de comer

 

–Papá, he terminado. ¿Puedo salir a jugar un rato?

–Sí, pero no tardes. La comida está casi lista.

Jake cerró el cuaderno y desapareció de la pequeña casa prefabricada dando un portazo. Fuera le abofeteó el viento silbante e irregular del otoño que zarandeaba la ropa húmeda tendida en el cordel y que dibujaba ondulaciones en las ramas de los árboles.

–¡Jacky, estoy aquí! ¡Ven! Demos una vuelta.

Su hermano le saludó desde el sendero que serpenteaba hacia el parque entre las casas bajas. Las nubes encrespadas sobre las copas hicieron dudar por un instante a Jake, que siguió con la mirada el giro del cuerpo del chico, su piel pálida, el modo en que se acomodaba la gabardina al cuello, la salvaje agitación de su melena rizada.

–¡Espera, Tommy!– dijo Jake, y salió corriendo tras él.

El niño alcanzó la verja del recinto y decreció de pronto la luminosidad del mediodía. Su hermano gesticuló desde una bifurcación que se alejaba de la zona de juegos y descendía hacia el arroyo contaminado.

–¡Tommy!

La voz jadeante de Jake sonó entrecortada por el esfuerzo de la carrera. Se detuvo a respirar y se palpó el pecho vacío de aire. Cuando volvió a mirar al frente le había perdido de vista.

–¿Tommy?

Entonces el viento redobló su energía, las hojas zumbaron y las sombras se revolvieron. Los contornos parecieron tomar forma y despertaron los miedos de Jake, que empezó a temblar.

–¡Tom…!

El grito de Jake no fue más que un susurro ahogado y oír la debilidad de su propia voz le hizo taparse los ojos y romper a llorar.

–¡Jake!– dijo el padre mientras lo abrazaba desde atrás. Lo levantó del suelo, le enjugó las lágrimas y lo besó.

–¡Papá!

–Cariño, me has dado un susto de muerte.

–Lo siento.

–Te he dicho mil veces que no te alejes tanto. ¿Por qué me desobedeces?

–Estaba con Tommy.

–¿Con Tommy?

El padre lo miró fijamente y lo abrazó de nuevo, un poco más fuerte.

–Sé que es difícil pero lo superaremos juntos, cielo. Lo superaremos juntos.

 

 

Confiesa

Confiesa

 

–Ave María Purísima.

–Sin pecado concebida. El señor esté contigo y te dé fuerzas para arrepentirte de tus pecados.

La mujer de mediana edad se santiguó y el sacerdote le agarró los antebrazos desnudos con sus gruesas manos. Ella agachó la cabeza y a continuación inició una extensa enumeración de chismes sin importancia: la riña con el marido, el bofetón al hijo, la envidia a la vecina. El sacerdote bufó de fastidio pues tenía sus pensamientos en otro lugar y a los habituales “ajá” o “ya veo” que intercalaba para eludir el aburrimiento que aquella rutina le generaba, añadió alguna muestra visible de impaciencia para que la mujer se apresurase.

–Eso es todo, Padre.

–Reza dos credos y un padrenuestro como penitencia.

–Así lo haré, Padre.

La tomó de los hombros en fraternal caricia y sobre la piel de la mujer dibujó con el pulgar la señal de la cruz, desde la frente al esternón, desde la izquierda a la derecha de los pechos.

–Yo te absuelvo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

–Gracias, Padre.

–Ve con Dios, hija.

El cura ayudó a levantarse a la feligresa y se detuvo en la silueta de la mujer mientras se alejaba. Aquella camisa sin mangas bordeaba los límites de la decencia. Luego examinó el templo. Dos jovencitas cuchicheaban en una de las últimas filas y varias jubiladas desperdigadas en los bancos delanteros semejaban estatuas.

Cualquiera de ellas, o ninguna, podía estar detrás de la carta.

Se incorporó, estiró la sotana y se ajustó la estola. Sintió cómo el alzacuello oprimía su respiración. No sin dificultad por la creciente artrosis salió del confesionario, cerró la portezuela y se dirigió con pasos arrastrados hacia la sacristía. Allí comprobó de un vistazo que el sobre abierto seguía sobre la mesa tal y como lo había dejado media hora antes.

Con la presión de la jaqueca amenazando sus sienes inspiró pesadamente hasta que el aire le inundó por dentro.

Después entró en la sala y cerró con llave.