mar amarillo

 

Esa vida se fragmenta en historias que apenas recuerdas y que deben su significado a la falta de competencia. Hasta que esos instantes, esa vida, se convierten en un par de ojos verdes que estás convencido de haber visto algún día parpadeando desde el cielo de una larga noche sin rumbo en la que te preguntabas qué hacías conduciendo a esas horas y cómo ibas a llegar a casa. Años que no recuerdas porque estabas demasiado ocupado fingiendo que la verdadera tristeza no era más que nostalgia inventada.

 

“La profundidad del mar Amarillo”. Nic Pizzolatto.

 

 

 

Ese áspero odio (3 de 3)

Ese áspero odio - parte 3/3

 

[Continuación de “Ese áspero odio – parte 2”]

 

Tomás la tomó entre las manos. La revisó desde varios ángulos. Pesaba más de lo que parecía. Cuando intentó tomarla en posición de disparo, casi se le cae al suelo.

–¡Ten cuidado, idiota! ¡Que está cargada!

Onésimo se la quitó a su amigo y la volvió a guardar en la roída manta. Reconstruyó el nudo y cuando iba a devolverla a su lugar escucharon algo que los puso alerta: los perros ladraban de un modo extraño. Algo sucedía.

–Vamos– dijo Onésimo.

–¿La vas a llevar?– preguntó Tomás señalando el arma.

–Sí.

Los chicos corrieron hacia el rebaño. Al remontar la loma no vieron nada extraño, pero enseguida notaron que el ganado estaba intranquilo. Las ovejas habían dejado de comer y se miraban unas a otras desconcertadas. Los perros no estaban allí y sus ladridos no cesaban. En los huecos entre ladrido y ladrido un silencio incómodo gobernaba la pradera.

–Sígueme, viene de allí.

Tomás se adelantó en la carrera campo a través. Tras atravesar una hilera de arbustos vio a los perros al fondo, dirigiendo sus alaridos hacia el otro lado de un risco. Los chicos conocían aquel lugar que daba una amplia perspectiva del camino secundario que unía Brunete y Villanueva de Perales e intuyeron que los perros pastores le ladraban a alguien que circulaba por la senda.

Onésimo chistó a Tomás, que se detuvo en seco. Le hizo un gesto para que se agachase. Acurrucados se acercaron al mirador, donde había una pequeña grieta que dejaba espacio a sus cabezas. Los perros, al ver a Onésimo, fueron hacia él y se tranquilizaron.

Tomás fue el primero en mirar.

–¡Madre de Dios!

Ante sus ojos y a tiro de piedra, un batallón republicano caminaba a paso ligero en dirección a Brunete. Había cientos y cientos de hombres, todos ellos armados con sus fusiles a la espalda. Portaban cascos verdes y pantalones y chaquetas militares. Las botas oscuras de combate repiqueteaban de manera uniforme contra el suelo y levantaban el polvo del camino. Algunos de los soldados montaban a caballo y otros traían carros cargados de munición que eran tirados por bueyes. Medio kilómetro más allá, un tanque movía pesadamente sus orugas aplastando los laterales del camino. Detrás, aún más soldados.

–¡Madre de Dios!– repitió Tomás con un filamento de voz apenas perceptible.

Con la boca abierta los críos observaron hechizados lo que tenían ante sí. Tomás reaccionó al notar a Vivo olisquear su espalda. Capo mantenía la distancia un poco más atrás, desconfiado. El chico escondió la cabeza y habló en voz muy baja.

–Tenemos que volver a casa, One. Hay que avisar.

Onésimo no le escuchó y Tomás le tiró de la manga.

–¡One! ¿Me oyes? ¡One!

Tiró aún más fuerte hasta que lo tuvo a su lado. Le giró la cabeza y le forzó a mirarlo. Su mirada irradiaba fuego.

One, escucha. Tenemos que regresar al pueblo. ¡Ya!

–¿Qué?

–¿Qué te pasa, chaval? ¿No te das cuenta? ¡Son los republicanos y vienen a luchar!

–Sí.

–Pues vamos de una vez.

One se desembarazó de su amigo.

–Ve tú, Tomás. Yo quedóme.

–¿Qué? ¿Te has vuelto majara?

–Ve tú. Avisa a todos de que vienen. A mi madre también. A ella la primera, por favor.

–¿Qué dices? ¿Y tú?

Entonces Onésimo descolgó el paquete que portaba al hombro y lo dejó en el suelo. Empezó a desatar el nudo de la manta y a extraer el contenido del interior.

–¡No! ¡Te matarán!

–Da igual, vete.

–No te dejaré.

Onésimo agarró a su amigo de los brazos y le empujó.

–¡Vete!– le gritó en voz baja.

El brillo devastador en las pupilas de Onésimo convenció a Tomás, que salió a la carrera.

A los pocos segundos Onésimo escuchó llorar a su amigo y a cada zancada el sonido de aquel llanto se fue mitigando hasta desaparecer totalmente. Onésimo de pronto estaba solo. Sus perros lo estudiaban expectantes. Aquel paso militar a sus espaldas de decenas de botas de suela dura coordinadas en sus apoyos le retaba desde el otro lado del risco.

No había recorrido más de un kilómetro y todavía le quedarían cuatro o cinco más hasta llegar a Brunete cuando Tomás, aquel niño que había sido forzado a trabajar como un adulto y a contemplar injusticias sin explicación, a despedir a seres queridos, a asumir sin discusión todo tipo de decisiones arbitrarias sin hacer preguntas y que a pesar de todo mostraba una pasmosa facilidad para tomar la tapa de un cubo y una onda e imaginar que era un valiente caballero que salvaría a su reino, escuchó uno, dos, tres y hasta un cuarto disparo, todos ellos consecutivos.

Tomás entonces frenó en seco y supo de dónde procedían.

Consciente de lo que vendría a continuación, se tiró al suelo y con la absurda determinación de que no escuchar podría significar que algo no se produciría, se tapó las orejas con todas sus fuerzas y cerró los ojos que, de súbito, de puro miedo, dejaron de llorar.

Aquel día Tomás dejó de imaginar y de soñar y también sus ojos, como los de Onésimo, se impregnaron de por vida de la cruda aspereza del odio.

 

 

Ese áspero odio (2 de 3)

Ese áspero odio - parte 2/3

 

[Continuación de “Ese áspero odio – parte 1”]

 

Onésimo se irguió y se sacudió las virutas de madera del regazo. Parecía satisfecho con la longitud y la flexibilidad de su vara. Se acercó a uno de los asnos y para probarla le atizó en el lomo. Tras el “fiu” del palo atravesando el viento y la agria queja del animal de tiro, los críos empezaron a reír.

Onésimo borró todo rastro de alegría de su rostro y encaró a Tomás.

–Ayer los falangistas andaron por casa pidiendo más hombres. Decían que ellos y los soldados marroquíes no son bastantes. Los rojos nos ganan en número.

–¡Puah, a mí plim!

–Pues yo me voy a alistar, Tomás.

–¡No puedes!– reaccionó el chico con espanto.

–Sí, ya lo verás. Padre me aprendió a usar la escopeta. Sé disparar y cargar. Soy fuerte y no me asustan las trompadas. Ya estoy más que harto de cuidar bichos y de oler mierda.

–Tu madre te va a dar una buena zurra cuando abras el pico.

–No va a enterarse. Me escaparé a Villanueva del Pardillo. Allí diréles que soy huérfano y que tengo catorce.

–¡Ja! ¡Estás loco, One!

Onésimo estaba decidido. Aquel niño que detestaba estudiar y trabajar y al que su padre había intentado meter en cintura a golpes, lucía en los ojos el brillo de la determinación. Lo que no habían conseguido el cinto ni las peleas a puñetazos con chaveas más grandes que él ni las bofetadas del padre Daniel, el maestro de la escuela, lo había logrado la guerra. Ese mozo que lloró sin consuelo, de dolor y de rabia, cuando vio marchar a su padre obligado a alistarse por los sublevados, el mismo día que se llevaron también a Eladio, su hermano mayor de quince años y a otros muchos familiares y conocidos, parecía haber encontrado su camino y estaba de repente dispuesto a jugarse la vida a tiros.

–Aquélla tienesla preñada– advirtió Tomás con aparente interés en modificar el tema de conversación una vez más. Él también tenía al padre y a dos hermanos en el frente, pero ni por asomo se le ocurría nada que hacer al respecto.

–Hum.

–No quedarále mucho.

–Más vale que traiga varios corderos. La semana pasada murieron dos carneros y madre diome una guantada. Violes hinchados y dijóme que era porque habían comido ababoles. Que tenía que haberles dado jabón en la boca cuando se hincharon. Dijóme inútil y que no valía para nada, ni para vigilar, y que cuando volviese padre me iba a enterar de verdad.

–¿Cuántas tenéis en el rebaño?

–Cuarenta ahora.

Los perros rodearon las ovejas y a ladridos increparon a varias despistadas que se alejaban hacia unos matorrales junto a un mojón frente al camino. Onésimo les tiró una piedra y casi acierta sin querer en las patas de Vivo, que saltó despavorido.

–¿Qué hicisteis con las carneros?

–¿Los muertos?

–Sí.

–Despiezarlos y venderlos.

–Madre dice que la carne de las hinchadas no se pué comer.

–Eso era cuando no había guerra, mangarrán. Ahora comemos lo que haiga.

Tomás abrió su zurrón y extrajo unas manzanas que había robado de madrugada del huerto de Pancracio, el alcalde. Le dio una al otro chico, se reservó una para él y el resto se las fue repartiendo a los burros. Los animales, escuálidos y viejos, agradecieron el alimento y las fueron devorando de un bocado mientras emitían sonidos guturales.

Onésimo se colocó tras Tomás y le murmuró al oído.

–Si te cuento una cosa, ¿no chivaráste?

–¿Qué?

–¿Chivaráste o no?

–No.

–¿Seguro?

–¡Que no!

–Ven.

Onésimo caminó con pasos largos y superó una pequeña colina doscientos metros más allá del rebaño. Rodeó unos árboles y tras ellos encontraron una gran roca de tres metros de altura. A uno de los lados la maleza ascendía por el costado y Onésimo la separó con su nueva vara. Hurgó un poco más y cuando hubo espacio suficiente introdujo medio cuerpo por el agujero y extrajo un objeto alargado, de casi un metro, oculto tras una vieja manta color tierra anudada con un cordel deshilachado.

–¿Qué es?

–Mira, acércate.

Dejó el paquete en el suelo y lo desató con cuidado. Separó los extremos de la manta. A la vista de los niños quedó una carabina con la culata color pino. El amenazante cañón era fino y negro y tenía incorporada una mirilla. El gatillo tenía el metal desgastado, lo cual indicaba que el arma había tenido bastante uso. La madera tenía varias marcas indescifrables que parecían haber sido realizadas con una navaja.

–¿Cómo la conseguiste?

–¡No seas idiota! ¿Cómo va a ser? Robéla.

–¿La robaste? ¿A quién?

–A uno de los sargentos de la guarnición. Lo vi entrar borracho una noche en una casa con una de las primas de Anselmo. Le seguí y vi que dejó la escopeta apoyada en la puerta. Fue fácil.

–¡San Pedro!

–¿A que es bonita?

–Sí.

–Cógela, anda.

 

 

[Continúa en “Ese áspero odio – parte 3”]

 

 

Ese áspero odio (1 de 3)

Ese áspero odio - parte 1/3

 

En plena Guerra Civil Española amanecía el seis de julio de 1937 sobre las praderas entre Quijorna y Brunete, en la provincia de Madrid, cuando dos amigos se saludaron desde lejos.

–Ale, One.

–Ale, Tomás.

Onésimo, el pastor, sentado encima de un peñasco que le permitía controlar el rebaño de ovejas, bajó la barbilla con gesto recio. Con una navaja oxidada desnudaba y sacaba punta a un palo de medio metro. Tomás agitó un brazo mientras tiraba con el otro de dos mulas, que a su vez arrastraban con lentitud un pesado trillo.

Onésimo se incorporó.

–¿Ande vas?

–Al campo de lentejas del yayo Mariano. Tamos recogiendo.

–¿Tan dejao salir del pueblo?

Páece que sí. ¿Tú?

Ve lai. no marear, dormí aquí en el campo.

Brunete era el lugar en el que ambos habían nacido, del que nunca habían salido y del que probablemente nunca saldrían. El porvenir pintaba oscuro en aquella época aciaga en la que las necesidades básicas no estaban aseguradas y la supervivencia era el objetivo número uno.

En aquel momento de la Guerra Civil su pueblo estaba controlado por el bando sublevado. Allí se había establecido una Jefatura de zona y un pequeño hospital. Por ese motivo las salidas y las entradas por los caminos principales eran estrictamente controladas por varios centinelas. Los vecinos, apelando a la solidaridad y a la pillería, a los favores y a los sobornos, habían ido ganándose el derecho a las excepciones. Las familias de los Onésimo y Tomás, aunque muy humildes, eran propietarias de tierras y ganado y abastecían de huevos y patatas a la guarnición. Por ello campaban más o menos a sus anchas.

–Ven acá, majo– le dijo Tomás a Vivo, el pastor alemán que acompañaba a Onésimo en el pastoreo y que le ayudaba a mantener a raya a las ovejas. Era un hermoso ejemplar de denso pelaje, cuyas patas tonalidad oro ascendían en intensidad hasta un color roble oscuro en el lomo y el cuello. Los ojos negros del animal eran agudos y nobles y a lo largo de las mandíbulas entreabiertas destacaban los gruesos colmillos.

Tomás se sentó en el suelo y el enorme perro lo tumbó a lametazos. Tras ellos, Capo, el otro perro pastor de Onésimo, un viejo boyero australiano de pelaje negro y canoso y con demasiados kilómetros en las piernas, olisqueó las pezuñas de las mulas de Tomás, que lo miraron con desconfianza.

–Tengo ahi en el zurrón pan duro y la bota de vino. Toma si quiés– dijo Onésimo.

Onésimo tenía nueve años y era un chaval enjuto y mal encarado que parecía en permanente enfado con el mundo. La mirada agresiva desde unos ojos estrechos y oscuros denotaba un odio insondable y profundo construido a base de desgracias. Era el aspecto de un condenado en un cuerpo imberbe. Portaba una boina que a duras penas controlaba los mechones de pelo polvoriento, que se le escabullían en las sienes y en el flequillo. Los brazos, flacos y pálidos, tenían magulladuras y moretones por todas partes. En las mejillas un escuadrón de pecas sonrosadas aligeraba la dureza de su rostro y atestiguaban que tras ellas tan sólo había un niño. Vestía ropas humildes, pantalones grises de pana desgastados y una camisa tres tallas por encima de la suya.

–¿Viste las avionetas esta noche? Madre dice que no dejaronla dormir– dijo Tomás.

–Sí, andaron por aquí encima.

–¿Y no diote miedo?

El pequeño Onésimo calló. Su tío Miguel había sido acribillado a campo abierto por los disparos de una avioneta en Guadalajara. Los republicanos habían dado con el campamento de su batallón y los habían masacrado. Miguel había dejado huérfanos a dos niños menores que Onésimo y desolada a su esposa. Desde aquello habían pasado apenas cuatro meses y el dolor aún latía en sus entrañas.

–¿Paqué es la vara?– preguntó Tomás cambiando de tema.

Tomás tenía ocho y, al contrario que su amigo, era dicharachero y soñador. Una perpetua sonrisa le decoraba el rostro y en ella se apoyaba para trasladarse a un lugar más generoso que aquel que en suerte le había tocado vivir. El matojo rizado de color roble que tenía por cabellos necesitaba un lavado y un buen corte, pues le caía sobre los ojos y, el pobre muchacho, en un tic que le duraría toda la vida, cada dos por tres se lo tenía que apartar con el dorso de la mano.

–¿Paqué va a ser?– contestó One.

–Y yo qué sé.

matar a los rojos, tonto.

Los chicos bajaron la mirada. Las ovejas de la familia de Onésimo deambulaban con pereza en busca de pasto, cada vez menos abundante en aquella época del año. Salvo algún “tolón, tolón” procedente de los cencerros de las reses, el silencio en las suaves colinas y prados a mitad de camino entre Quijorna y Brunete era total. Algunas mariposas sobrevolaban las flores secas que crecían desperdigadas, las moscas revoloteaban sobre los animales persiguiendo el olor a estiércol y muchos otros insectos campestres se desperezaban ante la jornada estival que se avecinaba.

Vacer buen día hoy– dijo Tomás.

–¡Tanto da!

El cielo despejado y blanquecino prometía calor para las horas centrales del día. No se atisbaba una nube en el horizonte, donde los picos de la sierra madrileña perforaban el azul oscuro que se resistía a retirarse ante el empuje de un sol que emergía en la otra punta de la bóveda celeste.

 

[Continúa en “Ese áspero odio – parte 2”]

 

 

La decadencia

La decadencia

 

 

Cristales rotos y madera astillada,
corazones perdidos y amistad maltratada,
ambientes alucinógenos repletos de miedo
nos sirven de consuelo ante su espada,
nada nos libra del terror de su mirada.

La decadencia hace llorar a la juventud,
que observa inmutable el fin de la belleza.
Acomodados en la plenitud material,
los jóvenes olvidaron el inconformismo,
por ser complicado, por ser trivial,
tal vez debido a que, como todo lo trivial,
tiene la obligación de emanar de uno mismo
y esto siempre requiere pensar.

La decadencia es el primer guiso del día,
pueden ustedes pasar y servirse un plato,
el manjar es gratuito, nada les costará.
Pero recuerden la palabra “rebeldía”,
piensen en ello durante un buen rato
y así la comida se les atragantará.