Jamás me cogerían (3 de 3)

Jamas me cogerían

[…]

 

Observé la intensa luz amarilla del flexo y percibí el calor de la bombilla. Me había traído aquel chisme de casa de mis padres. Habíamos compartido tantas horas en la penumbra mientras me preparaba la oposición a detective que le había cogido cariño. Con la persiana a medio bajar del pequeño despacho en mi piso de alquiler, las sombras sobre las paredes desnudas parecían siniestras formas congeladas. Los ojos me escocían y me decidí a dormir un poco. Cerré el cuaderno y lo guardé en uno de los cajones. Luego arrastré los pies hasta la cama y me dejé caer sobre las sabanas desechas sin molestarme en quitarme la ropa.

Dormí seis horas y a la mañana siguiente me sentía fuerte como un roble. No había dolor de cabeza, tampoco resaca. En cambio, tenía la mente límpida y una sola frase revoloteaba sobre ella.

–Si alguna vez matase a alguien, jamás me cogerían.

Llamé a comisaria y le pedí a uno de los policías del equipo que cruzase las matrículas del día con las de los vehículos propios o de familiares de Julián Sánchez, de Borja de la Riva-Sanromán y del profesor Mateo Alonso.

Tomé un café bien cargado y volví a sentarme en mi escritorio. Abrí la ventana y el gélido aire otoñal me sacudió la cara y me arrancó una sonrisa. Necesitaba una nueva perspectiva. Saqué un folio en blanco y empecé a escribir.

¿Qué haría si quisiese matar a alguien y no ser atrapado? Lo fundamental sería no tener un motivo para hacerlo. Por el móvil era por donde llegaban las principales pistas.

¿Qué más? El cuerpo no debía ser localizado. Si no había cadáver, no había asesinato. Pero en la contrapartida tampoco había reconocimiento y no había refuerzo a mi ego. De alguna forma la victoria podía parecer incompleta o el juego inconcluso.

¿Más detalles? Por descontado, estaba el arma utilizada. No podía ser hallado de ningún modo. En ella se encontrarían huellas o a partir de su modelo o número de serie se trazaría la procedencia, el vendedor, el lugar de fabricación, y desde ahí el salto al comprador.

Por último, los testigos. Sería básico controlarlos. Debía asegurarme de matar sin ser visto.

Sonó el móvil.

–Jefe, ya tengo la información que me pidió. Como ya nos dijeron ellos mismos cuando los interrogamos, uno de los coches es del padre de Borja de la Riva-Sanromán, en concreto un Alfa Romeo blanco, y otro es el coche del profesor. Del otro chico, Julián, no tenemos nada.

–Gracias.

–A mandar, jefe.

Entonces tuve una corazonada.

–Espera. Hay otra cosa que voy a necesitar. Quiero que reviséis todas las grabaciones del día de los hechos. Pero en esta ocasión no busquéis coches, sino los accesos a pie. Los vigilantes dijeron que los tenían en otras cintas y que como no tienen sensores de movimiento hay que verlas una a una.

–Cuente con ello. ¿Qué buscamos, jefe?

–Buscad a Julián Sánchez. Nos dijo que no estuvo en la universidad, pero no le creo. Quiero saber si entró en el recinto y cómo lo hizo.

Colgué y retomé mis razonamientos.

¿Qué empujaría a alguien a cometer un delito de esta dimensión tan atroz? En primer lugar, algún desajuste psicológico. En segundo lugar, el simple hecho de poder hacerlo. Esa opción era algo disparatada, pero posible. Experimentar en qué consistía arrebatar una vida, sentirse Dios por un instante, más hábil, más astuto que los demás, más poderoso.

Exacto, el poder en sí mismo también podía ser un móvil.

Plegué el folio a toda prisa y lo introduje entre las páginas de mi cuaderno. Agarré el teléfono y marqué a una de las patrullas móviles.

–¿Diga?

López, soy yo. Necesito una patrulla de vigilancia para seguir a una persona. Anote.

Tras colgar, marqué un nuevo número.

–Oficina del fiscal.

–Hola, necesito una orden para entrar en casa de un sospechoso. De asesinato. Sí, un sospechoso de asesinato. ¿Cuánto tardarán en tenerla lista? Perfecto, voy para allá en una hora.

Me di una ducha y salí de mi apartamento en dirección a la sede de Justicia.

Un par de horas después estaba frente a la casa de los padres de Borja de la Riva-Sanromán junto con otros tres policías. Se trataba de una mansión victoriana restaurada de principios de siglo veinte. Un enorme jardín con plantas y árboles la flanqueaba y un brillante Audi A6 negro estaba aparcado frente a la puerta. Tardamos poco más de una hora en encontrar el arma homicida. Estaba enterrada entre unos matorrales de una de las zonas más sombrías de la finca. La tierra removida se diferenciaba a la perfección. Quien la hubiese escondido allí no había sido demasiado cuidadoso. Aparte del arma, un cuchillo como el que había descrito el informe pericial, no hallamos ninguna otra cosa. Ni huellas, ni tejidos, ni vídeos de vigilancia, pero todos los indicios apuntaban hacia una sola persona.

Aquella noche detuvimos a Borja de la Riva-Sanromán y lo llevamos a comisaría para interrogarlo. El procedimiento habitual para sospechosos de homicidio era muy duro y estaba diseñado para derrumbar a los más infalibles malhechores. Primero entraba uno de los policías más toscos. Amenazaba verbalmente al sujeto durante un buen rato, le anticipaba lo que le esperaba en la cárcel, le alertaba de que no tendrían compasión por la repercusión mediática del caso. Luego intercalaba preguntas y se las repetía una y otra vez con palabras diferentes. Por muy veraz que fuese la historia el policía se mostraba escéptico. Un buen rato después se iba refunfuñando y entraba otro compañero con un perfil conciliador. Le decía al arrestado lo que quería oír. Que saldría pronto. Que le ayudaría. Que todo saldría bien. Luego se repetía el proceso con la reentrada del tosco. Así hasta vencer la voluntad del tipo. Pocos soportaban aquello.

Aunque hubo que seguir el esquema habitual, desde el cristal translúcido de la sala yo no necesité más de diez minutos para convencerme de que aquel joven bien parecido de cabellera rubia e inmaculada y que lloraba más que hablaba no era culpable.

El día siguiente recibí una llamada de comisaría. Me confirmaron que no habían encontrado nada en las cintas de vigilancia de la universidad. Si Julián Sánchez había estado allí aquel día, se había escabullido y no había rastro de él. Añadieron que el coche que lo vigilaba no había obtenido nada sustancial. Le habían seguido al cine, a la universidad y a casa de un amigo.

Todo aquello me lo esperaba y mis planes no cambiaron. Me fui derecho a ver al fiscal.

–¿Tiene cita con él?– me dijo una funcionaria con cara de pocos amigos.

–No, pero es urgente.

–Muy bien, espere.

Conocía a Don Pedro de la Fuente desde la época de la academia. Había sido mi profesor de Derecho Penal. Don Pedro era de esas personas cuyo pose político no le restaba ni un ápice de capacidad moral o técnica. Enseguida comprendió lo que le había ido a pedir.

–¿Recuerda aquella pregunta que nos hizo en uno de los exámenes? Aquélla en la que nos pedía disertar sobre los límites entre leyes y justica.

Don Pedro asintió y en mi mirada vio por dónde iba.

–¿Qué quieres de mí?

–Que el día del juicio no invalide usted lo que estoy dispuesto a hacer. Seré cuidadoso, pero no perfecto. Sólo le pido que llegado el momento no sea usted tan meticuloso como acostumbra.

Me observó perplejo, pero yo concluí sin dudar.

–Confíe en mí, por favor. Estoy seguro de lo que hago.

Aquella noche esperé hasta las cuatro de la madrugada para volver a la casa de la familia de la Riva-Sanromán. Salté una de las tapias y de mi mochila extraje un par de zapatillas Nike de corredor, talla cuarenta y uno, que había adquirido esa misma tarde en una de las tiendas de mi barrio. Me las puse y dejé un par de huellas en algunos lugares estratégicos.

Por la mañana di la orden de peinar los alrededores de la mansión. Quería asegurar que no habíamos pasado nada por alto. Mis chicos encontraron las nuevas pistas y con aquella excusa en unas pocas horas tuve ante mí, en la misma sala de interrogatorios donde había tenido sentado a Borja, a Julián Sánchez acusado de asesinato.

Julián sabía que su ejecución había sido perfecta y que no había pruebas contra él. Yo también. Pero aquella conversación era una partida póquer y yo jugaba con las cartas marcadas.

Su expresión inicial de suficiencia fue mutando como consecuencia del procedimiento. Yo lo había visto en muchas ocasiones y sabía que con él también sucedería. El tránsito de la altivez al orgullo. El cansancio acumulado. De la arrogancia a la impertinencia. El hambre y la sed. De las ínfulas a las dudas. El hastío, las ganas de estar en cualquier otro lugar. De las vacilaciones a las primeras negociaciones y de ahí el paso a las confesiones.

Cuando llegué a casa, agotado y satisfecho por el trabajo bien hecho, lavé el mejor vaso ancho que tenía y me serví un ron con hielo. Abrí mi cuaderno, mi libreta de detective, y extraje el folio doblado por la mitad en el que había desarrollado las opciones sobre cómo matar a alguien sin que me atrapasen.

Escribí debajo: «Inculpando a otro».

Y más abajo: «…pero al final me cogerían».

Volví a doblar la hoja y la grapé a la libreta.

A la luz del flexo apuré a sorbos cortos mi copa mientras repasaba mentalmente los hechos y las conclusiones de mi particular obra de arte.

 

 

Viene de “Jamás me cogerían” – parte 1“Jamás me cogerían” – parte 2

 

 

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