Jamás me cogerían (2 de 3)

Jamas me cogerían

[…]

 

La lluvia se había reducido a una densa cortina de gotas minúsculas que permeaba hasta los huesos. Mi sombrero de ala no me cubría por completo y reprimí un escalofrío mientras ajustaba el cuello de mi gabardina. El cordón policial retenía a unos cuantos curiosos que, a pesar de la hora intempestiva, murmuraban entre los paraguas y apuntaban en mi dirección.

El cuerpo yacía boca abajo en el suelo sobre la enorme mancha roja. La puerta del conductor de uno de los coches estaba entornada y las llaves colgaban de la cerradura. En apariencia lo habían abordado por la espalda cuando se disponía a entrar en el vehículo. El revestimiento interior estaba empapado y el agua goteaba incesante desde los bordes de la puerta.

–¿Testigos?– pregunté sin mirar atrás, a sabiendas que tenía a los policías al acecho.

–Ninguno, jefe.

Saqué un bolígrafo del bolsillo de la camisa y con cuidado volteé un poco la cabeza del cadáver. El profundo corte en la garganta dejaba a la vista trozos de tejido y bolitas de coágulos. Los cabellos empapados, los ojos entreabiertos y la boca torcida perfilaban una espantosa expresión. No había sufrido, pero la impotencia de perder la vida en quince segundos había dejado su firma macabra en el rostro de aquel joven.

–¿El coche?

–Del chico asesinado, jefe.

–¿Qué más sabemos de él?

Rodrigo González. Estudiante de último curso de Ingeniería Industrial. Iba a terminar en seis años una carrera que se imparte en cinco. No era una lumbrera pero tampoco iba mal. Hemos confirmado con el vigilante de la biblioteca que antes de ser atacado venía de allí. La biblioteca está tres manzanas siguiendo aquella calle y la abren toda la noche. Parece que Rodrigo había estado estudiando y que se iba para casa cuando fue sorprendido al acceder a su vehículo.

–¿Vivía solo?

–No, con los padres. Les hemos avisado. Deben de estar a punto de llegar.

–Pues será mejor que nos demos prisa. Hablaré con la tal Rebeca. Mientras tanto, vosotros ocupaos de hacer fotos a todos los curiosos de ahí detrás. Luego anotad los modelos y matrículas de los coches aparcados aquí y en el resto de la universidad. Con un poco de suerte, igual sacamos algo al cruzarlas con los vídeos de seguridad. También quiero que peinéis todas las fuentes, lavabos, papeleras y contenedores en dos kilómetros a la redonda, así como arbustos, alcantarillas, zanjas, lo que sea que pueda utilizar alguien para arrojar un papel o un trapo. Uno no degolla a alguien sin mancharse de sangre.

De la chica, otra veinteañera estudiante, bajita y regordeta con los carrillos salpicados de granos, nada relevante pude extraer. Iba camino a recoger su coche aparcado un par de hileras más allá cuando había divisado el cuerpo. No se había acercado. No había visto a nadie. No recordaba nada en especial. Sólo había corrido de vuelta a la recepción de la biblioteca como alma llevada por el diablo y desde ese lugar la recepcionista había llamado a la policía.

Mis anotaciones en el cuaderno continuaban con la víctima. Rodrigo González cursaba quinto de Ingeniería Industrial. Mediana estatura, moreno, hombros estrechos y caderas anchas, manos grandes, gafas de pasta. Tímido, tranquilo, amante del cine y de la literatura fantástica. Hablé con los padres, con algunos de sus amigos y con la novia. Un tipo vulgar, sin vicios reconocidos, sin estridencias, sin enemigos. No había rastro de drogas, ni de dobles vidas. Tan sólo una anécdota que me trasladó uno de sus compañeros y que exploraría más adelante: una discusión de lo más acalorada con su tutor del proyecto de fin de carrera. Al parecer la temática elegida por Rodrigo para el trabajo había sido rechazada por el profesor y al chico no le había hecho demasiada gracia.

La fecha en las hojas de mi libreta rezaba que varios días después me había llegado el informe del forense. Muerte por asfixia tras agresión violenta con arma blanca en las vías respiratorias a la altura de la garganta. La dirección del tajo en el cuello indicaba que quien se lo había hecho era más alto que él, también más fuerte. El corte, limpio y profundo, había seccionado la tráquea. No había habido forcejeos. Le habían atacado por sorpresa y en un par de segundos le habían liquidado.

Del arma empleada se concluía en la autopsia que por la anchura del corte se trataba de un cuchillo grande, como los que empleaban los carniceros. Hoja amplia, fina, bien afilada, sin sierra ni muescas. Un utensilio de lo más tradicional que podía encontrarse en cualquier supermercado o ferretería.

El análisis terminaba con la estimación del horario de la muerte. El rígor mortis ubicaba el ataque entre las once de la noche y las once y media. Rebeca había encontrado a Rodrigo a las once y media. Aquello apuntaba que el asesino había corrido riesgos. El pequeño parking tras la facultad de Magisterio donde había sido encontrado el cadáver estaba escondido tras multitud árboles y estaba mal iluminado. Albergaba exactamente veintitrés vehículos en ese instante y no era descabellado pensar que en su inmensa mayoría podían pertenecer a otros estudiantes o a personal de la universidad. Cualquiera de ellos podría haber sorprendido al agresor.

Pasé de página. Uno de los bordes estaba manchado de grasa y me costó entender algunas de las palabras. La grasa provenía de la sucia mesa de los vigilantes de seguridad de la universidad. Les visité con la intención de hacer una lista de todos y cada uno de los vehículos que habían entrado y salido aquel día. A pesar del aspecto desordenado de aquella sala y de que aquellos tipos no parecían matarse a trabajar, los sistemas eran nuevos y funcionaban a la perfección. Mi equipo de apoyo se había empleado a fondo y ya tenía en mi poder una lista de todos los vehículos que habían circulado por el campus el día del homicidio. Me habían marcado con fluorescente amarillo los que habían salido en torno a la hora del suceso y con fluorescente rosa los que se habían quedado por la noche. Si unía esa información a que la universidad estaba a las afueras y a que a partir de las diez de la noche ya no había autobús, y dando por improbable que el asesino hubiese escapado a pie o que se hubiese quedado escondido hasta la mañana siguiente, con bastante certeza tendría en aquel inventario el medio de transporte empleado por mi hombre.

La última página de mis apuntes sobre el caso describía varias pinceladas del profesor Mateo Alonso, tutor del proyecto de Rodrigo. Me recibió tenso y hasta arisco. Comentó que la discusión con Rodrigo no había tenido importancia y que sucedía a menudo con los estudiantes que les costase encontrar un buen tema para el proyecto final. No era trivial conjugar innovación con un mínimo de interés académico. Evadió varias de mis preguntas con nerviosismo y cuando le pregunté sobre dónde estaba en el momento del crimen, respondió que allí, en su despacho, corrigiendo exámenes y trabajando en un congreso del departamento que tendría lugar el mes siguiente. Es decir, se hallaba en la universidad, a quinientos metros de la escena del crimen. De aquello podía proceder su preocupación. De aquello, o de que ocultaba algo más.

 

[…]

 

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Viene de “Jamás me cogerían” – parte 1

 

 

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