Giro

Giro

 

Apareciste entre dos árboles exponiendo cien contrastes ante mi oscuridad.

Yo era la noche y tú mi luna llena, deprimido sin tu presencia habitual, feliz ante tu llegada esporádica.

Ahora reconozco que me equivoqué en un pequeño detalle, nuestro bello satélite tan sólo refleja la luz que le envían otros mientras que tú brillas por ti misma.

Cierto día amaneciste curiosa y atrevida, caminaste por una senda a través de las montañas, dejaste atrás la ciudad y mi mano retando a lo prometido y ascendiste hasta el pico más alto en un lugar en el cual ya eras parte del cielo, como siempre sucedió. Yo te observaba desde la distancia ensimismado con todos tus gestos y torpe por mostrarme incapaz de encontrar las palabras que expresasen mi interior. Supongo que nada hubiese podido hacer, tu mirada perdida en el horizonte delataba tu complicidad con las estrellas; al fin y al cabo eras una de ellas y yo sólo un agujero negro autodestructivo y corrosivo que nunca debió salir de las tinieblas que le vieron nacer. ¡Qué bien me hubiese venido un poco de tu genialidad, una pizca de tu cariño hace unos cuantos años!

Pero ya era demasiado tarde.

Cuando desapareciste entre las nubes, llovió purpurina y me contagié de tu curiosidad. Decidí seguirte. El camino era tortuoso pero la ilusión renovada por recoger parte de tu maravilloso legado en forma de rosas y tulipanes lo hizo soportable y encantador.

No importa conseguir los sueños, de nada sirven una vez logrados, sólo cuenta tenerlos y luchar por ellos con todo porque en realidad este proceso es lo único valioso de la vida.

El trayecto tranquilo cerca de la naturaleza con la música del canto de los pájaros y el susurrar de las ramas de fondo me obligó a afrontar las cosas desde una perspectiva más sencilla e inocente, sin temor a las consecuencias que se desencadenarían si, tras alcanzar la cumbre de tu reino, no se presentase ante mis ojos nada más que el vacío.

Simple, luchar por vivir o luchar por morir.

A medida que alcanzaba mi destino volvía poco a poco a ser yo. La pendiente se hacía más abrupta y mi deseo de abandonar más pronunciado. Renacía el perdedor asustadizo y triste, no merecía la pena, otro desengaño, ya no aguantaba más, ya era suficiente, jamás debería haber nacido, …

Soñar es un concepto tan complicado en manos inapropiadas como hermoso en las afortunadas. Hoy solamente puedo suponer qué habría sido de mí si hubiese girado, si hubiese ignorado tus palabras cuando volviste a surgir como una ráfaga de viento imposible. La muerte habría sido mejor que seguir viviendo sin conocer lo que me aguardaba en tu pedestal, en la cima de tu esplendor, la felicidad por ignorancia, nada peor que conformarse con menos que con la perfección. Aún hoy retengo en mi retina la visión de este lugar en el que he decidido quedarme hasta el fin de mis días, ese lugar que vi por primera vez desde la cumbre y que a pocos les parece especial.

Estoy de acuerdo, realmente así es, comprendo perfectamente que cualquiera me serviría si, como aquí y ahora, tú estuvieses a mi lado.

 

 

El artista, William Faulkner

 

“Un artista es una criatura impulsada por demonios.

No sabe por qué ellos lo escogen y generalmente está demasiado ocupado para preguntárselo.

Es completamente amoral en el sentido de que será capaz de robar, tomar prestado, mendigar o despojar a cualquiera y a todo el mundo con tal de realizar la obra.”

 

William Faulkner

 

 

Conocerte

Conocerte

 

Aplausos sobre la llegada de la primavera
mientras alguien observa los pasos que damos;
aún nos quedan corredores a los que alcanzar
mientras alguien ve los corazones que amamos.

Es el hada de la suerte y la esperanza,
de existencia inmaculada en su grandeza,
aunque devastadora aliada de la justicia.

Preferiría que mis sueños me la presentaran
a seguir desolado en mi oscura celda,
para encontrar sentido al ritmo desbocado,
para enamorarme de su suave y dulce brisa;
el gran sueño que me guía hacia el destino
ha encontrado su fin en la cocina del alma.

Antes de caer en la inconsciencia,
quizás necesite otro beso de comprensión
y cada vez es más difícil conseguirlo…
… sólo debido a que te quiero.

Hasta el momento en que las piernas flaqueen,
este caminante buscador de buenos momentos
no dejará aparcada su gran ilusión,
su martirio, su pequeño consuelo: conocerte.

 

 

Ojos que no ven (3 de 3)

París 3

 

(Continuación de “Ojos que no ven – parte 2”)

 

Apuré mi desayuno en silencio, paladeando aquel manjar que me inundaba la boca con la grasa de la mantequilla, la suave carne frita y el queso fundido.

–¿Y tú?

–¿Yo?

–Sí, tú. ¿Cómo eres?

Claire se calló. Con delicadeza me tomó la mano y la condujo por el contorno de su barbilla. Subió hacia los mofletes, frescos, colorados pude intuir, y después hacia las amplias cuencas de los ojos. Ni un surco. Hacia arriba las cejas, la base de la nariz, y en la frente una protuberancia, un lunar o verruga que le dotaría de una personalidad específica. Hacia atrás los cabellos caían sueltos en una media melena sujeta tras las orejas.

–Pareces muy guapa.

–Gracias, de verdad.

–Si nos hubieses conocido a nosotros a tu edad… Todos decían que éramos la pareja perfecta. Te daré un consejo. Equivócate en tu profesión, en los estudios, en los amigos. Nada de eso importa, todo se puede corregir. Pero no te equivoques nunca en la persona con la que quieres compartir tu vida.

Nos acercamos a la entrada de la Torre. Claire me dijo que el ascensor se encontraba un poco más allá.

–¿No hay otra forma de subir?– pregunté.

–Sí, hay escaleras, pero no estoy segura de que sea buena idea.

–¡Vamos! ¿Duda usted de nosotros, señorita?

–Señor Damián, es un trayecto muy largo y terminará usted agotado.

–¡Habráse visto! En la comida te contaré mis caminatas de horas y horas por el campo cuando acompañaba a mi padre en el pastoreo. ¿La escuchaste, Consuelo? Esta juventud de hoy en día…

La joven Claire tenía razón. Tardamos más de media hora en subir. Estábamos exhaustos. El último tramo hubo que hacerlo en ascensor porque el acceso a pie estaba bloqueado. En el piso superior de la Torre Eiffel, el viento sacudía con energía y tuve que ajustarme el cuello del abrigo.

–Desde aquí se divisa toda la ciudad. París es bastante llana– comentó Claire.

Apoyado sobre la baranda del mirador, húmeda todavía por el rocío de la mañana, la ausencia de aquella vista me produjo nostalgia. Era una sensación incómoda. No extrañaba la capacidad de ver, no anhelaba ser poseído por la grandeza que abrumaba a las personas al tener un espléndido escenario delante, no echaba de menos compartir complicidad en las sonrisas al cumplir el sueño de llegar al lugar deseado. No, nada de eso. Lo que me sucedió fue más sutil. Quise de un modo extraño dejar de estar obligado a imaginar.

Azorado y melancólico, fantaseé con casas bajas de color marrón, tejados blancos y ventanas abiertas. Edificios señoriales de viviendas. Amplias avenidas como surcos y callejuelas escondidas. La catedral de Notre Dame. Iglesias góticas salpicando el paisaje. El Sena escabulléndose entre la civilización y pintando de verde las veredas y los parques aledaños mientras era saltado por puentes dorados. Algún rascacielos de silueta insolente. Colinas al fondo. Un horizonte donde las fronteras de sueños y realidad se diluían.

Lo bueno de no ver es que uno termina por hacer realidad muchas representaciones imaginarias.

Lo fantástico es no saber distinguir, pasado un tiempo, qué sucedió en efecto y qué fue generado de manera artificial.

Lo terrible, que en cada ejercicio de este tipo se acerca el ciego más a la locura.

–Señora Lorena, soy Claire, la guía que está atendiendo a su padre en París.

Es cierto eso que dicen que los que pierden uno de los sentidos desarrollan en mayor medida los demás. Mi oído estaba pletórico y por ello pude escuchar a Claire a pesar de tenerla a diez o quince metros, alejada de mí para que no me enterase de lo que estaba haciendo. Llamaba a mi hija, a Lorena, con su teléfono móvil. El tono sonaba a chivatazo, a fría traición aunque apenas nos conociésemos.

–No, no se preocupe. De verdad, todo está perfectamente. No sucede nada grave…

Entre Claire y yo transitaron varias personas hablando en un idioma desconocido. Quizá japonés o chino. Estudiantes conversando sobre banalidades, o parejas haciendo turismo, o un grupo de extranjeros desplazándose en bandada. No había forma de saberlo. Alguien sorbió ruidosamente una bebida, otro más estornudó. Había risas en alguna parte. Como una melodía uniforme y monótona de fondo, el ascensor subía y bajaba. El rumor incesante del tráfico rellenaba los espacios de silencio.

Olí un perfume femenino que bien podía ser esencia de rosas. También percibí maíz tostado, o pistachos, o pipas.

–Ven Consuelo, no te separes. Hay mucha gente por aquí– dije.

Mi mujer, ausente, debía de estar ensimismada en sus cosas. Vaya día llevaba. El mal cuerpo, la enfermedad, el cansancio, los años, la falta de sueño, la fuga de energía. Algo le pasaba.

El alboroto se redujo y de nuevo llegó hasta mí la voz de Claire.

–… me dieron su teléfono para usarlo en caso de emergencia y esto no sé si lo es. Discúlpeme de antemano. Pero estoy preocupada… Es por su padre.

Me acerqué un paso más. Entonces descubrí que los ojos, los ojos que no ven, los ojos mutilados, mis ojos, esos ojos,…, esos ojos perciben más allá de las leyes de la medicina y más allá de cualquier explicación.

Esos ojos inservibles, esos ojos que no ven, dejan de ver en el punto exacto en que empieza a ver el instinto.

Por eso una porción de segundo antes de que volviese a escuchar a la guía francesa, ya supe lo que iba a decir.

–No sé si es algo normal, si le sucede habitualmente cuando está con ustedes. Me sabe mal decirlo porque el señor Damián es encantador. Se muestra lúcido y amable. Es una gran persona. Pero de pronto empieza a hablar con su esposa. Mira a un lado y a otro, espera respuestas. Sonríe sin motivo. Actúa con complicidad e interactúa con ella. A todos los efectos es como si la tuviese delante… pero allí no hay nadie…

Más gente nos rodeó, más turistas buscando la mejor vista, la mejor fotografía para mostrar a familiares y amigos, ese vídeo que grabarían con entusiasmo y que jamás volverían a observar. Y yo, desconcertado y triste, con nulas esperanzas de éxito palpé a los lados en busca de las manos de Consuelo.

Pero esta vez no las encontré.

 

 

Ojos que no ven (2 de 3)

París 2

 

(Continuación de “Ojos que no ven – parte 1”)

 

Tras detenernos me ayudó a salir. Mis piernas ya no respondían como antes y tuve que apoyarme torpemente sobre ella. Un ligero mareo me sacudió la cabeza al ponerme de pie. A pesar de estar ciego desde hacía más de ocho años por aquellas cataratas a las que no presté atención hasta que fue demasiado tarde, todavía no me había acostumbrado al vértigo que producía ese negrura desoladora que se cernía sobre mí cuando me enfrentaba a un espacio abierto desconocido. Uno se habitúa al bastón, a tropezar con todo, a dejar de observar a la gente que quiere. Uno se adiestra a sí mismo en el arte de olvidar y con los días se difuminan las imágenes de los recuerdos, que pierden su color y derivan en ideas inconexas de las que se llegar a dudar incluso de su existencia. Pero a lo que nunca, nunca, se adapta uno es a tener miedo al abismo infinito que se despliega en el interior del ser cuando se abren los ojos y nada aparece.

–Cuidado, Damián, a dos pasos tenemos un bordillo.

–Gracias, preciosa. Pero no hace falta que me avises, que para esos menesteres tengo a mi amigo– dije agitando levemente el palo para invidentes que terminaba en una bolita sonora.

–Cierro el coche y estoy con usted.

La suave brisa me alborotó los cortos cabellos junto a las sienes y una avalancha de sensaciones me abrumó. Sonreí. Me quité la gorra y los rayos de sol de las primeras horas de la mañana, tan puros, tan diáfanos y radiantes, traspasaron mi acorchada piel y comparecieron a las puertas de mis averiadas pupilas.

Consuelo, cariño, juguemos a dibujar. Yo imagino y tú me dices sí o no– le pedí en un hilo de voz.

Ella suspiró paciente ante mis tonterías de viejo chocho y con ese simple gesto, con ese diminuto ademán, con ese sonido imperceptible, Consuelo dejó escapar una completa perspectiva de lo que ella había sido para mí. Una compañera perfecta. Una persona intachable. Buena gente. Toda bondad. Madre exigente pero cariñosa. Directa, tierna, devota, fiel, honrada, única. ¡Qué gran mujer me había regalado la vida! ¡Qué suerte había tenido al ubicarla Dios a mi lado desde bien jovencita, de que nos enamorásemos a los quince años y de que, a partir de ahí, jamás nos hubiésemos separado!

Arranqué mis deducciones.

–A mi derecha, a unos cien metros, hay unos niños jugando. Puede que sean dos, tres máximo. Hay un balón botando y lo hace de forma irregular. Diría que golpean una pared. A la izquierda, hacia atrás, hay palabras tranquilas. Con este tiempo, en esta época, París,…, apostaría por una pareja de novios que fuman, comparten confidencias y se besan sentados en los jardines de la explanada. Más cosas. De aquí cerca suben vapores húmedos. ¿Una trampilla abierta? Huele extraño, a cerrado, a rancio, pero no es de algo orgánico sino material. Te diría que alguna máquina, las líneas del metro, seguramente. ¡Ah, esto es nuevo! El rodar de una bicicleta mal engrasada. Imagino a una joven francesa con la falda al viento que me lanza un beso. ¡Ja, ja, ja!

El viento trajo el murmullo de una aglomeración.

–¡Vaya, Consuelo, qué traviesa! ¡Estamos ya ante la Torre Eiffel y no me has dicho nada! Juraría que esas voces apagadas que llegan desde lo lejos son de la cola de las taquillas. Te apuesto un vino.

Por detrás llegaron pasos. Era Claire.

–¡Señor Damián, tiene usted un don! ¿Seguro que no me está engañando con lo de su ceguera?

Percibí sus dedos agitándose junto a mi nariz.

–Le diré que tan sólo ha fallado con lo de los niños. Son unas escaleras lo que golpean, no una pared.

Nuestra guía se extendió en un largo discurso explicativo de lo que nos rodeaba. El Campo de Marte, el Sena, Trocadéro. Por qué habían construido aquello. Qué había sucedido aquí o allá. Quién había estado. Cuándo.

Consuelo me apretó su fría mano y yo le envié todo el calor a mi disposición. El contacto nos trasladó a otro tiempo. No escuchábamos a Claire. De pronto sólo existíamos nosotros. El mundo alrededor, ya fuese hermoso u horrendo, no nos importaba. Sólo ella y yo, jóvenes, atemporales, dichosos para siempre. Estaba tan feliz por mi pasado y tan alegre me sentía por mi presente, que rememoré el mejor instante que fui capaz de recordar.

Nuestra luna de miel.

En la iglesia la ceremonia había sido emocionante. Todos los vecinos acudieron. Nos querían y respetaban. Ambos procedíamos de familias humildes, de las de siempre en el pueblo. La cena fue espectacular y después estuvimos bailando y bebiendo hasta muy tarde. Para dormir nos hospedamos en el mejor hotel de Zamora y durante dos días no salimos de la habitación más que para comer. No nos podíamos borrar la alegría del rostro. Si la felicidad plena era posible, sin duda se alojó con nosotros entre aquellas cuatro paredes.

En París, frente a la Torre Eiffel, en aquel viaje que a buen seguro sería el último de tal calibre que haríamos juntos, pude sentir a Consuelo con su vitalidad juvenil en plenitud. Una energía fuera de lo común desplegada a lo largo de años, lustros, décadas. Una belleza insondable. Los rizos azabache agitados por el viento contrastando con su palidez general, qué hermosura de mujer, el vaho escapando de sus labios en las heladas nocturnas del pueblo, la gracia que exhibía durante los pasodobles de las verbenas y que nunca fui capaz de igualar, el día en que la pobre se emborrachó y la tuve que acompañar a casa y dar explicaciones al padre. Su sonrisa, su timidez escondida, su piel delicada como una valiosa cubertería. Sus ojos roble, descomunales y penetrantes, el profundo dolor que reflejaron cuando fueron falleciendo mis suegros, mi cuñada y algunos de los amigos de siempre. Esas manos de princesa que la dureza de una existencia entre vendimias, cosechas, animales de granja y cuidados del hogar no pudo destruir. Su forma de cocinar, sus magdalenas, sus lentejas, el cariño que añadía como ingrediente personal. Su aguante en las noches sin dormir por culpa de Lorena y más tarde su entereza durante la adolescencia de la niña. Su tristeza al verla marchar. Su constante y valiosa crítica conmigo, también su comprensión.

Su voz, sus palabras, sus silencios.

Su grave enfermedad.

Corté a Claire.

Consuelo, te quiero. Te quiero hoy más que nunca.

Y la besé en la mejilla con labios de adolescente y se congeló el tiempo.

Claire, incómoda, dejó transcurrir unos segundos antes de dirigirnos al acceso a la Torre Eiffel.

–He conseguido unos pases especiales para evitar hacer colas. Podemos subir cuando quiera, señor Damián.

Olisqueé como lo haría un perro hambriento.

–Hija, no hemos desayunado y me está llegando un aroma dulce irresistible. ¿Qué es, querida?

–Se trata de un puesto ambulante de crepes. Vayamos y veamos qué más tienen.

La carta incluía delicias de todo tipo. Bocadillos, crepes dulces y salados, helados, empanadas, tortitas. Nos decantamos por croissants rellenos de jamón y queso y café bien cargado.

–¿Cómo es él, Claire?

–¿Quién?

–El tendero.

–Mediana edad, unos cuarenta, más o menos. Bigote poblado. Moreno. Sonriente y amable. Rostro delgado pero barriga algo rellena. Parece un tipo agradable.

–Estupendo.

Algo desconcertada, me consultó.

–¿Por qué me lo pregunta?

–Sabiendo que es una persona decente quien ha preparado esta comida, me sabe mucho mejor.

 

(Sigue en “Ojos que no ven – parte 3”)

 

 

Ojos que no ven (1 de 3)

París 1

 

La velocidad decreció y el motor del automóvil que nos conducía al centro de París gruñó ante el inesperado cambio de marcha. Tomamos una curva a la derecha y a continuación otra a la izquierda y noté los rayos de sol de primavera deslizarse a través de mí en una deliciosa oleada de calor. Mi bastón de cabeza plateada bailó a ambos lados al ritmo del vaivén. Sentado en la parte trasera me sujeté al agarrador de la puerta y con la otra mano me aferré a Consuelo, mi mujer, que fruto del viaje y del madrugón venía algo descompuesta. La acaricié. Su piel gélida era rugosa al tacto y las venas parecían gruesos gusanos que en algún momento pasado se habían alimentado de su juventud.

–Cuéntanos por donde vamos, muchacha– dije.

Ante mi solicitud Claire pareció dudar un momento, pero enseguida puso en escena su simpático acento parisino. A pesar de hablar muy bien español, arrastraba los habituales problemas de los franceses con nuestras erres y con la elección sobre en qué sílaba poner más énfasis. Escucharla era cautivador.

–Acabamos de abandonar el Boulevard Périphérique. Vamos a entrar en la Avenue de la Grande Armée. Al fondo tendremos pronto l’Arc de Triomphe de l’Étoile, lo que ustedes conocen como Arco del Triunfo.

Claire era nuestra guía. La habíamos contratado a través de la agencia de viajes de El Corte Inglés de la calle de Villalpando, en Zamora. En nuestro pequeño pueblo, Villaralbo, no teníamos ese tipo de servicios y Lorena, nuestra hija, había insistido mucho en dejarlo en manos de profesionales. Quería que lo llevásemos todo organizado, ni por asomo nos habría dejado desplazarnos por nuestra cuenta.

–No lo permitiré. O se hace con algún tipo de ayuda o lo dejamos para el verano y yo me uno al viaje– nos había advertido.

Sabíamos que lo decía en serio. Había heredado el mal genio y la determinación de Consuelo y, cuando se manifestaba en ese tono, poco se podía negociar. Así, por no discutir, habíamos aceptado tener carabina durante nuestro viaje.

Aunque Lorena vivía en Barcelona, se ocupó de dar las instrucciones a la encargada de la agencia a través del ordenador y el teléfono. “Un señor de ochenta años irá a verla. Es relativo a un viaje a París. Yo lo coordinaré todo y él sólo tendrá que recoger los papeles unos días antes de partir. Es para abril. Mejor entre semana, que habrá menos lío y a él le da igual un día que otro. ¿No habrá mal tiempo, verdad? Sí, ya sé que usted no tiene forma de saberlo, pero tendrá una idea… De acuerdo, dejemos ese tema, esperemos que haya suerte. La duración, dos días completos más el de llegada. Exacto, tres noches. En cuanto al vuelo, nada de horas intempestivas, busque usted un horario decente. El hotel que sea cómodo, un tres estrellas o similar, con ascensor, que esté céntrico y con media pensión. Imprescindible, guía a tiempo completo durante toda la estancia. Deberá estar en el aeropuerto con la llegada del avión. Que sea alguien que hable español a la perfección y con coche propio para ir adonde se le requiera y en cualquier momento del día. Sí, ya sé que será caro. Yo corro con los gastos, no se preocupe por eso. ¡Ah, que no se me olvide! Es mi padre, se llama Damián y es ciego”.

Cuando salí del pueblo tres semanas antes para recoger la documentación tomé el autobús de las diez de la mañana a Zamora. En veinte minutos estaba en la estación y en otros quince llegué caminando al establecimiento con mi inseparable bastón. Conocía bien la zona. En mi vida apenas había salido de la provincia, salvo una vez a Madrid y otra a Barcelona. A la capital, cuando se mudó nuestra hija para estudiar Ingeniería Industrial y a la ciudad condal cuando la contrató Telefónica. Ambas veces fuimos en tren. En avión no habíamos subido nunca y aquella sería la primera vez. Pero Zamora no tenía secretos para mí y cada baldosa me era conocida.

Lorena me había dicho que no me preocupara, que hoy en día todo se hace a distancia y que estaría en orden, pero aun así me quise asegurar. No me fío de personas que no he tratado cara a cara ni de chismes que no sé cómo funcionan. En mi vida en el campo he trabajado con máquinas de muchos tipos: tractores, cosechadoras, fumigadoras,…, y de todas ellas podía explicar lo que tenían por dentro. Pocos podrían decir lo mismo de los teléfonos o los ordenadores.

Hice bien en desconfiar. A pesar de los cuidados de Lorena solamente habían tramitado un pasaje. Por fortuna lo corregí a tiempo. Mi hija se iba a poner hecha una furia cuando se enterase. No sabían cómo se las gastaba la niña.

–¿Cómo es el Arco del Triunfo?– pregunté a Claire.

–Es una gran puerta de cincuenta metros de altura. La mandó construir Napoleón por la victoria en Austerlitz. Dentro hay un museo histórico y también se puede subir a la parte superior. Podemos visitarlo más tarde si usted quiere.

–Sí, sería una gran idea.

El coche de Claire giró a la derecha. La joven conducía con delicadeza y parecía muy cuidadosa con todo lo que hacía. Imagino que no estaba acostumbrada a llevar de paseo a dos ancianos extranjeros, uno de ellos ciego, a conocer París, y que la situación le infundía cierto respeto.

–Ya estamos llegando, señor Damián. Intentaré aparcar cerca.

–Muy bien, hija.

 

(Sigue en “Ojos que no ven – parte 2”)

 

 

Jamás me cogerían (3 de 3)

Jamas me cogerían

[…]

 

Observé la intensa luz amarilla del flexo y percibí el calor de la bombilla. Me había traído aquel chisme de casa de mis padres. Habíamos compartido tantas horas en la penumbra mientras me preparaba la oposición a detective que le había cogido cariño. Con la persiana a medio bajar del pequeño despacho en mi piso de alquiler, las sombras sobre las paredes desnudas parecían siniestras formas congeladas. Los ojos me escocían y me decidí a dormir un poco. Cerré el cuaderno y lo guardé en uno de los cajones. Luego arrastré los pies hasta la cama y me dejé caer sobre las sabanas desechas sin molestarme en quitarme la ropa.

Dormí seis horas y a la mañana siguiente me sentía fuerte como un roble. No había dolor de cabeza, tampoco resaca. En cambio, tenía la mente límpida y una sola frase revoloteaba sobre ella.

–Si alguna vez matase a alguien, jamás me cogerían.

Llamé a comisaria y le pedí a uno de los policías del equipo que cruzase las matrículas del día con las de los vehículos propios o de familiares de Julián Sánchez, de Borja de la Riva-Sanromán y del profesor Mateo Alonso.

Tomé un café bien cargado y volví a sentarme en mi escritorio. Abrí la ventana y el gélido aire otoñal me sacudió la cara y me arrancó una sonrisa. Necesitaba una nueva perspectiva. Saqué un folio en blanco y empecé a escribir.

¿Qué haría si quisiese matar a alguien y no ser atrapado? Lo fundamental sería no tener un motivo para hacerlo. Por el móvil era por donde llegaban las principales pistas.

¿Qué más? El cuerpo no debía ser localizado. Si no había cadáver, no había asesinato. Pero en la contrapartida tampoco había reconocimiento y no había refuerzo a mi ego. De alguna forma la victoria podía parecer incompleta o el juego inconcluso.

¿Más detalles? Por descontado, estaba el arma utilizada. No podía ser hallado de ningún modo. En ella se encontrarían huellas o a partir de su modelo o número de serie se trazaría la procedencia, el vendedor, el lugar de fabricación, y desde ahí el salto al comprador.

Por último, los testigos. Sería básico controlarlos. Debía asegurarme de matar sin ser visto.

Sonó el móvil.

–Jefe, ya tengo la información que me pidió. Como ya nos dijeron ellos mismos cuando los interrogamos, uno de los coches es del padre de Borja de la Riva-Sanromán, en concreto un Alfa Romeo blanco, y otro es el coche del profesor. Del otro chico, Julián, no tenemos nada.

–Gracias.

–A mandar, jefe.

Entonces tuve una corazonada.

–Espera. Hay otra cosa que voy a necesitar. Quiero que reviséis todas las grabaciones del día de los hechos. Pero en esta ocasión no busquéis coches, sino los accesos a pie. Los vigilantes dijeron que los tenían en otras cintas y que como no tienen sensores de movimiento hay que verlas una a una.

–Cuente con ello. ¿Qué buscamos, jefe?

–Buscad a Julián Sánchez. Nos dijo que no estuvo en la universidad, pero no le creo. Quiero saber si entró en el recinto y cómo lo hizo.

Colgué y retomé mis razonamientos.

¿Qué empujaría a alguien a cometer un delito de esta dimensión tan atroz? En primer lugar, algún desajuste psicológico. En segundo lugar, el simple hecho de poder hacerlo. Esa opción era algo disparatada, pero posible. Experimentar en qué consistía arrebatar una vida, sentirse Dios por un instante, más hábil, más astuto que los demás, más poderoso.

Exacto, el poder en sí mismo también podía ser un móvil.

Plegué el folio a toda prisa y lo introduje entre las páginas de mi cuaderno. Agarré el teléfono y marqué a una de las patrullas móviles.

–¿Diga?

López, soy yo. Necesito una patrulla de vigilancia para seguir a una persona. Anote.

Tras colgar, marqué un nuevo número.

–Oficina del fiscal.

–Hola, necesito una orden para entrar en casa de un sospechoso. De asesinato. Sí, un sospechoso de asesinato. ¿Cuánto tardarán en tenerla lista? Perfecto, voy para allá en una hora.

Me di una ducha y salí de mi apartamento en dirección a la sede de Justicia.

Un par de horas después estaba frente a la casa de los padres de Borja de la Riva-Sanromán junto con otros tres policías. Se trataba de una mansión victoriana restaurada de principios de siglo veinte. Un enorme jardín con plantas y árboles la flanqueaba y un brillante Audi A6 negro estaba aparcado frente a la puerta. Tardamos poco más de una hora en encontrar el arma homicida. Estaba enterrada entre unos matorrales de una de las zonas más sombrías de la finca. La tierra removida se diferenciaba a la perfección. Quien la hubiese escondido allí no había sido demasiado cuidadoso. Aparte del arma, un cuchillo como el que había descrito el informe pericial, no hallamos ninguna otra cosa. Ni huellas, ni tejidos, ni vídeos de vigilancia, pero todos los indicios apuntaban hacia una sola persona.

Aquella noche detuvimos a Borja de la Riva-Sanromán y lo llevamos a comisaría para interrogarlo. El procedimiento habitual para sospechosos de homicidio era muy duro y estaba diseñado para derrumbar a los más infalibles malhechores. Primero entraba uno de los policías más toscos. Amenazaba verbalmente al sujeto durante un buen rato, le anticipaba lo que le esperaba en la cárcel, le alertaba de que no tendrían compasión por la repercusión mediática del caso. Luego intercalaba preguntas y se las repetía una y otra vez con palabras diferentes. Por muy veraz que fuese la historia el policía se mostraba escéptico. Un buen rato después se iba refunfuñando y entraba otro compañero con un perfil conciliador. Le decía al arrestado lo que quería oír. Que saldría pronto. Que le ayudaría. Que todo saldría bien. Luego se repetía el proceso con la reentrada del tosco. Así hasta vencer la voluntad del tipo. Pocos soportaban aquello.

Aunque hubo que seguir el esquema habitual, desde el cristal translúcido de la sala yo no necesité más de diez minutos para convencerme de que aquel joven bien parecido de cabellera rubia e inmaculada y que lloraba más que hablaba no era culpable.

El día siguiente recibí una llamada de comisaría. Me confirmaron que no habían encontrado nada en las cintas de vigilancia de la universidad. Si Julián Sánchez había estado allí aquel día, se había escabullido y no había rastro de él. Añadieron que el coche que lo vigilaba no había obtenido nada sustancial. Le habían seguido al cine, a la universidad y a casa de un amigo.

Todo aquello me lo esperaba y mis planes no cambiaron. Me fui derecho a ver al fiscal.

–¿Tiene cita con él?– me dijo una funcionaria con cara de pocos amigos.

–No, pero es urgente.

–Muy bien, espere.

Conocía a Don Pedro de la Fuente desde la época de la academia. Había sido mi profesor de Derecho Penal. Don Pedro era de esas personas cuyo pose político no le restaba ni un ápice de capacidad moral o técnica. Enseguida comprendió lo que le había ido a pedir.

–¿Recuerda aquella pregunta que nos hizo en uno de los exámenes? Aquélla en la que nos pedía disertar sobre los límites entre leyes y justica.

Don Pedro asintió y en mi mirada vio por dónde iba.

–¿Qué quieres de mí?

–Que el día del juicio no invalide usted lo que estoy dispuesto a hacer. Seré cuidadoso, pero no perfecto. Sólo le pido que llegado el momento no sea usted tan meticuloso como acostumbra.

Me observó perplejo, pero yo concluí sin dudar.

–Confíe en mí, por favor. Estoy seguro de lo que hago.

Aquella noche esperé hasta las cuatro de la madrugada para volver a la casa de la familia de la Riva-Sanromán. Salté una de las tapias y de mi mochila extraje un par de zapatillas Nike de corredor, talla cuarenta y uno, que había adquirido esa misma tarde en una de las tiendas de mi barrio. Me las puse y dejé un par de huellas en algunos lugares estratégicos.

Por la mañana di la orden de peinar los alrededores de la mansión. Quería asegurar que no habíamos pasado nada por alto. Mis chicos encontraron las nuevas pistas y con aquella excusa en unas pocas horas tuve ante mí, en la misma sala de interrogatorios donde había tenido sentado a Borja, a Julián Sánchez acusado de asesinato.

Julián sabía que su ejecución había sido perfecta y que no había pruebas contra él. Yo también. Pero aquella conversación era una partida póquer y yo jugaba con las cartas marcadas.

Su expresión inicial de suficiencia fue mutando como consecuencia del procedimiento. Yo lo había visto en muchas ocasiones y sabía que con él también sucedería. El tránsito de la altivez al orgullo. El cansancio acumulado. De la arrogancia a la impertinencia. El hambre y la sed. De las ínfulas a las dudas. El hastío, las ganas de estar en cualquier otro lugar. De las vacilaciones a las primeras negociaciones y de ahí el paso a las confesiones.

Cuando llegué a casa, agotado y satisfecho por el trabajo bien hecho, lavé el mejor vaso ancho que tenía y me serví un ron con hielo. Abrí mi cuaderno, mi libreta de detective, y extraje el folio doblado por la mitad en el que había desarrollado las opciones sobre cómo matar a alguien sin que me atrapasen.

Escribí debajo: «Inculpando a otro».

Y más abajo: «…pero al final me cogerían».

Volví a doblar la hoja y la grapé a la libreta.

A la luz del flexo apuré a sorbos cortos mi copa mientras repasaba mentalmente los hechos y las conclusiones de mi particular obra de arte.

 

 

Viene de “Jamás me cogerían” – parte 1“Jamás me cogerían” – parte 2

 

 

Jamás me cogerían (2 de 3)

Jamas me cogerían

[…]

 

La lluvia se había reducido a una densa cortina de gotas minúsculas que permeaba hasta los huesos. Mi sombrero de ala no me cubría por completo y reprimí un escalofrío mientras ajustaba el cuello de mi gabardina. El cordón policial retenía a unos cuantos curiosos que, a pesar de la hora intempestiva, murmuraban entre los paraguas y apuntaban en mi dirección.

El cuerpo yacía boca abajo en el suelo sobre la enorme mancha roja. La puerta del conductor de uno de los coches estaba entornada y las llaves colgaban de la cerradura. En apariencia lo habían abordado por la espalda cuando se disponía a entrar en el vehículo. El revestimiento interior estaba empapado y el agua goteaba incesante desde los bordes de la puerta.

–¿Testigos?– pregunté sin mirar atrás, a sabiendas que tenía a los policías al acecho.

–Ninguno, jefe.

Saqué un bolígrafo del bolsillo de la camisa y con cuidado volteé un poco la cabeza del cadáver. El profundo corte en la garganta dejaba a la vista trozos de tejido y bolitas de coágulos. Los cabellos empapados, los ojos entreabiertos y la boca torcida perfilaban una espantosa expresión. No había sufrido, pero la impotencia de perder la vida en quince segundos había dejado su firma macabra en el rostro de aquel joven.

–¿El coche?

–Del chico asesinado, jefe.

–¿Qué más sabemos de él?

Rodrigo González. Estudiante de último curso de Ingeniería Industrial. Iba a terminar en seis años una carrera que se imparte en cinco. No era una lumbrera pero tampoco iba mal. Hemos confirmado con el vigilante de la biblioteca que antes de ser atacado venía de allí. La biblioteca está tres manzanas siguiendo aquella calle y la abren toda la noche. Parece que Rodrigo había estado estudiando y que se iba para casa cuando fue sorprendido al acceder a su vehículo.

–¿Vivía solo?

–No, con los padres. Les hemos avisado. Deben de estar a punto de llegar.

–Pues será mejor que nos demos prisa. Hablaré con la tal Rebeca. Mientras tanto, vosotros ocupaos de hacer fotos a todos los curiosos de ahí detrás. Luego anotad los modelos y matrículas de los coches aparcados aquí y en el resto de la universidad. Con un poco de suerte, igual sacamos algo al cruzarlas con los vídeos de seguridad. También quiero que peinéis todas las fuentes, lavabos, papeleras y contenedores en dos kilómetros a la redonda, así como arbustos, alcantarillas, zanjas, lo que sea que pueda utilizar alguien para arrojar un papel o un trapo. Uno no degolla a alguien sin mancharse de sangre.

De la chica, otra veinteañera estudiante, bajita y regordeta con los carrillos salpicados de granos, nada relevante pude extraer. Iba camino a recoger su coche aparcado un par de hileras más allá cuando había divisado el cuerpo. No se había acercado. No había visto a nadie. No recordaba nada en especial. Sólo había corrido de vuelta a la recepción de la biblioteca como alma llevada por el diablo y desde ese lugar la recepcionista había llamado a la policía.

Mis anotaciones en el cuaderno continuaban con la víctima. Rodrigo González cursaba quinto de Ingeniería Industrial. Mediana estatura, moreno, hombros estrechos y caderas anchas, manos grandes, gafas de pasta. Tímido, tranquilo, amante del cine y de la literatura fantástica. Hablé con los padres, con algunos de sus amigos y con la novia. Un tipo vulgar, sin vicios reconocidos, sin estridencias, sin enemigos. No había rastro de drogas, ni de dobles vidas. Tan sólo una anécdota que me trasladó uno de sus compañeros y que exploraría más adelante: una discusión de lo más acalorada con su tutor del proyecto de fin de carrera. Al parecer la temática elegida por Rodrigo para el trabajo había sido rechazada por el profesor y al chico no le había hecho demasiada gracia.

La fecha en las hojas de mi libreta rezaba que varios días después me había llegado el informe del forense. Muerte por asfixia tras agresión violenta con arma blanca en las vías respiratorias a la altura de la garganta. La dirección del tajo en el cuello indicaba que quien se lo había hecho era más alto que él, también más fuerte. El corte, limpio y profundo, había seccionado la tráquea. No había habido forcejeos. Le habían atacado por sorpresa y en un par de segundos le habían liquidado.

Del arma empleada se concluía en la autopsia que por la anchura del corte se trataba de un cuchillo grande, como los que empleaban los carniceros. Hoja amplia, fina, bien afilada, sin sierra ni muescas. Un utensilio de lo más tradicional que podía encontrarse en cualquier supermercado o ferretería.

El análisis terminaba con la estimación del horario de la muerte. El rígor mortis ubicaba el ataque entre las once de la noche y las once y media. Rebeca había encontrado a Rodrigo a las once y media. Aquello apuntaba que el asesino había corrido riesgos. El pequeño parking tras la facultad de Magisterio donde había sido encontrado el cadáver estaba escondido tras multitud árboles y estaba mal iluminado. Albergaba exactamente veintitrés vehículos en ese instante y no era descabellado pensar que en su inmensa mayoría podían pertenecer a otros estudiantes o a personal de la universidad. Cualquiera de ellos podría haber sorprendido al agresor.

Pasé de página. Uno de los bordes estaba manchado de grasa y me costó entender algunas de las palabras. La grasa provenía de la sucia mesa de los vigilantes de seguridad de la universidad. Les visité con la intención de hacer una lista de todos y cada uno de los vehículos que habían entrado y salido aquel día. A pesar del aspecto desordenado de aquella sala y de que aquellos tipos no parecían matarse a trabajar, los sistemas eran nuevos y funcionaban a la perfección. Mi equipo de apoyo se había empleado a fondo y ya tenía en mi poder una lista de todos los vehículos que habían circulado por el campus el día del homicidio. Me habían marcado con fluorescente amarillo los que habían salido en torno a la hora del suceso y con fluorescente rosa los que se habían quedado por la noche. Si unía esa información a que la universidad estaba a las afueras y a que a partir de las diez de la noche ya no había autobús, y dando por improbable que el asesino hubiese escapado a pie o que se hubiese quedado escondido hasta la mañana siguiente, con bastante certeza tendría en aquel inventario el medio de transporte empleado por mi hombre.

La última página de mis apuntes sobre el caso describía varias pinceladas del profesor Mateo Alonso, tutor del proyecto de Rodrigo. Me recibió tenso y hasta arisco. Comentó que la discusión con Rodrigo no había tenido importancia y que sucedía a menudo con los estudiantes que les costase encontrar un buen tema para el proyecto final. No era trivial conjugar innovación con un mínimo de interés académico. Evadió varias de mis preguntas con nerviosismo y cuando le pregunté sobre dónde estaba en el momento del crimen, respondió que allí, en su despacho, corrigiendo exámenes y trabajando en un congreso del departamento que tendría lugar el mes siguiente. Es decir, se hallaba en la universidad, a quinientos metros de la escena del crimen. De aquello podía proceder su preocupación. De aquello, o de que ocultaba algo más.

 

[…]

 

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Viene de “Jamás me cogerían” – parte 1