Jamás me cogerían (1 de 3)

Jamas me cogerían

–Si alguna vez matase a alguien, jamás me cogerían.

La frase en labios de aquel chico resonaba en mi cabeza como un eco rebotando desordenado contra las paredes de una habitación mal insonorizada. Las sílabas latían en mis sienes y en lentas oleadas acrecentaban la intensidad de lo que tenía visos de convertirse en una terrible jaqueca.

–Si alguna vez matase a alguien, jamás me cogerían.

Desde las sombras de la noche que dominaban la habitación que había habilitado como despacho en mi piso, aquellas palabras garabateadas en el viejo cuaderno negro parecían desafiarme. Pensé que escritas así serían imposibles de leer para cualquier otro que no fuese yo mismo. Hasta a mí me costaba. «La libreta del detective», solía decir Sonia, mi exnovia, cuando me veía ir con ella a todas partes. Acaricié el lomo rugoso y la portada azul marino con cierta nostalgia. La pasión por mi trabajo me convertía en una especie de artista solitario, en alguien que sufría los hachazos de fuerzas internas que le obligaban a poner su obra en el centro del universo dejando al margen lo demás.

Y en ese demás confluían familia, amigos y pareja.

Tomé aire para alejar aquellos pensamientos y me forcé a concentrarme. El chico que me había dicho aquello se llamaba Julián y estudiaba segundo de Ciencias de la Información. En condiciones normales no le habría prestado la más mínima atención. No eran más que unas cuantas palabras fuera de contexto de un crío movido por el morbo de aquel horrible asesinato en la universidad. Un post-adolescente deseoso de conseguir información a toda costa para su trabajo de fin de curso o para el estúpido artículo de turno en el semanario de la facultad. Cuando me abordó nervioso y me soltó aquello, rápidamente añadió que la frase no era suya, por supuesto, que no estaría tan loco de afirmar algo como eso y mucho menos a mí, sino que se lo habían dicho a él hacía unos meses. Había sido otro chico, un conocido suyo y compañero de clase, de nombre Borja de la Riva-Sanromán.

–¿Y tú dónde estabas la noche de los hechos?– le pregunté.

–¿Yo? En casa, viendo la televisión.

–¿Solo?

–Sí, solo. Mis padres están toda la semana en el pueblo. Mi padre tomó vacaciones.

–¿Y el resto del día?

–Por la mañana salí a comprar pan, pero salvo eso estuve todo el tiempo en casa. Estudiando, ya sabe, se acercan los exámenes.

Investigué a Julián. Su apellido era Sánchez y era un chaval normal y corriente de padre trabajador y madre ama de casa. Media melena castaña, nariz chata y frente amplia. Vaqueros rojos, jersey a cuadros y zapatillas Nike de corredor. Pie pequeño, un cuarenta o cuarenta y uno, y cordones atados a conciencia. Espigado, delgado en exceso y de apariencia frágil, pero con un punto de suficiencia al hablar que contradecía el mensaje que lanzaba su aspecto. La primera impresión que me dio fue de viveza, de ese tipo de personas con un brillo especial en los ojos que parece conocer secretos inaccesibles para el resto, y pude confirmar mi percepción inicial cuando averigüé que era un estudiante excelente. Profesores y compañeros coincidieron en que era introvertido y huraño, aunque punzante y acertado en sus análisis y críticas periodísticas.

Todo lo contrario que el tal Borja de la Riva-Sanromán. Ya su apellido anticipaba que venía de familia adinerada. Se trataba de una estirpe de abogados exitosos de varias generaciones. Vivían al norte, en una de las mejores zonas de la ciudad. Borja era el cuarto de cinco hermanos, mala posición en la jerarquía familiar para destacar por algo en particular, y tal vez aquello le había convertido en un rebelde problemático que no sabía qué hacer con su futuro y que deambulaba por las clases más preocupado de cortejar a las chicas que de su expediente académico. Los padres, como toque de atención y para que espabilase, lo habían mandado con la plebe de la universidad pública a hacer la carrera que él mismo había escogido en contra del mandato familiar. Pero parecía a todas luces que el resultado estaba siendo el opuesto al deseado. En mis pesquisas, más allá de la prepotencia y la soberbia de niño bien que jamás se vio forzado a preocuparse por algo, no encontré nada tangible que lo relacionase con la víctima.

Me llamó la atención que Julián y Borja no fuesen amigos. De hecho, apenas tenían trato. Uno no afirmaba una frase como ésa ante alguien con quien no tenía al menos un cierto nivel de confianza. Borja incluso no recordaba haber dicho jamás la frase que Julián ponía en su boca. Reconocía que habían charlado en alguna ocasión, pero poco más. «Es un tipo raro», me había dicho Borja de Julián.

A la luz del flexo repasé mis notas una vez más y comprobé que aquella menudencia era lo único que tenía. El reloj digital de mi escritorio marcaba las 00:45 y a mi pesar apuré el último trago de bourbon. Era patético beber whisky en una taza de desayuno, pero hacía varios días que no fregaba los cacharros y era el único recipiente disponible. El caso me tenía atrapado y apenas descansaba tres o cuatro horas cada día. Para un tipo como yo, un obsesivo-compulsivo que tarde o temprano tendría que solicitar ayuda profesional para tratarse, aquel rompecabezas era una boya a la que fijar las roídas cuerdas de su racionalidad.

Busqué la página con las primeras informaciones. «HOMICIDIO EN LA UNIVERSIDAD», había titulado con mi habitual derroche de imaginación. Las palabras sueltas me hicieron rememorar cada uno de los pasos que había dado en las últimas dos semanas.

El día del suceso era un martes de finales de noviembre. Llovía a cántaros y un frío viento anunciaba la cercanía del invierno. Mi móvil sonó en torno a las dos de la madrugada. La melodía me cogió dormido frente al televisor encendido. El mando a distancia reposaba sobre mi ombligo como un gato perezoso en la cima de una colina y en la pantalla una pitonisa echaba las cartas a una espectadora amañada.

–Jefe, venga enseguida a la universidad. Han matado a un joven.

El mensaje me desperezó de forma tan abrupta como lo habría hecho una bofetada. Me serví un café frío que andaba por la cocina y que no recordaba haber preparado, lo vacié de un trago y me lavé la cara a regañadientes. Mi imagen en el espejo no daba para descorchar champán. Acababa de cumplir los cuarenta pero aparentaba diez años más. Ojeras infinitas, cabellos en franca retirada desde mi frente, canas por todas partes, algún feo surco cayendo por la papada y una barriga más grande de lo que debiera donde parecían ir a alojarse la mayor parte de mis vicios.

Conduje a toda velocidad con la sirena encendida y la luz azul sobre el techo de mi coche de incógnito. Media hora después estaba en la escena del crimen. Cuando se me acercaron los dos policías de servicio y me hablaron desde la distancia, me di cuenta de que debería haberme cambiado de ropa y dado una ducha.

–Es un varón de unos veinte años, jefe. Le han degollado la garganta. Le ha encontrado una chica, Rebeca, estudiante de Química, que salía de terminar unas prácticas en el laboratorio. Se lo ha encontrado en un charco de sangre, entre dos coches, cuando iba a recoger el suyo. Es aquella de allí al fondo.

–Ya veo. Llevadme hasta el cadáver.

 

[…]

 

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