Jamás me cogerían (1 de 3)

Jamas me cogerían

–Si alguna vez matase a alguien, jamás me cogerían.

La frase en labios de aquel chico resonaba en mi cabeza como un eco rebotando desordenado contra las paredes de una habitación mal insonorizada. Las sílabas latían en mis sienes y en lentas oleadas acrecentaban la intensidad de lo que tenía visos de convertirse en una terrible jaqueca.

–Si alguna vez matase a alguien, jamás me cogerían.

Desde las sombras de la noche que dominaban la habitación que había habilitado como despacho en mi piso, aquellas palabras garabateadas en el viejo cuaderno negro parecían desafiarme. Pensé que escritas así serían imposibles de leer para cualquier otro que no fuese yo mismo. Hasta a mí me costaba. «La libreta del detective», solía decir Sonia, mi exnovia, cuando me veía ir con ella a todas partes. Acaricié el lomo rugoso y la portada azul marino con cierta nostalgia. La pasión por mi trabajo me convertía en una especie de artista solitario, en alguien que sufría los hachazos de fuerzas internas que le obligaban a poner su obra en el centro del universo dejando al margen lo demás.

Y en ese demás confluían familia, amigos y pareja.

Tomé aire para alejar aquellos pensamientos y me forcé a concentrarme. El chico que me había dicho aquello se llamaba Julián y estudiaba segundo de Ciencias de la Información. En condiciones normales no le habría prestado la más mínima atención. No eran más que unas cuantas palabras fuera de contexto de un crío movido por el morbo de aquel horrible asesinato en la universidad. Un post-adolescente deseoso de conseguir información a toda costa para su trabajo de fin de curso o para el estúpido artículo de turno en el semanario de la facultad. Cuando me abordó nervioso y me soltó aquello, rápidamente añadió que la frase no era suya, por supuesto, que no estaría tan loco de afirmar algo como eso y mucho menos a mí, sino que se lo habían dicho a él hacía unos meses. Había sido otro chico, un conocido suyo y compañero de clase, de nombre Borja de la Riva-Sanromán.

–¿Y tú dónde estabas la noche de los hechos?– le pregunté.

–¿Yo? En casa, viendo la televisión.

–¿Solo?

–Sí, solo. Mis padres están toda la semana en el pueblo. Mi padre tomó vacaciones.

–¿Y el resto del día?

–Por la mañana salí a comprar pan, pero salvo eso estuve todo el tiempo en casa. Estudiando, ya sabe, se acercan los exámenes.

Investigué a Julián. Su apellido era Sánchez y era un chaval normal y corriente de padre trabajador y madre ama de casa. Media melena castaña, nariz chata y frente amplia. Vaqueros rojos, jersey a cuadros y zapatillas Nike de corredor. Pie pequeño, un cuarenta o cuarenta y uno, y cordones atados a conciencia. Espigado, delgado en exceso y de apariencia frágil, pero con un punto de suficiencia al hablar que contradecía el mensaje que lanzaba su aspecto. La primera impresión que me dio fue de viveza, de ese tipo de personas con un brillo especial en los ojos que parece conocer secretos inaccesibles para el resto, y pude confirmar mi percepción inicial cuando averigüé que era un estudiante excelente. Profesores y compañeros coincidieron en que era introvertido y huraño, aunque punzante y acertado en sus análisis y críticas periodísticas.

Todo lo contrario que el tal Borja de la Riva-Sanromán. Ya su apellido anticipaba que venía de familia adinerada. Se trataba de una estirpe de abogados exitosos de varias generaciones. Vivían al norte, en una de las mejores zonas de la ciudad. Borja era el cuarto de cinco hermanos, mala posición en la jerarquía familiar para destacar por algo en particular, y tal vez aquello le había convertido en un rebelde problemático que no sabía qué hacer con su futuro y que deambulaba por las clases más preocupado de cortejar a las chicas que de su expediente académico. Los padres, como toque de atención y para que espabilase, lo habían mandado con la plebe de la universidad pública a hacer la carrera que él mismo había escogido en contra del mandato familiar. Pero parecía a todas luces que el resultado estaba siendo el opuesto al deseado. En mis pesquisas, más allá de la prepotencia y la soberbia de niño bien que jamás se vio forzado a preocuparse por algo, no encontré nada tangible que lo relacionase con la víctima.

Me llamó la atención que Julián y Borja no fuesen amigos. De hecho, apenas tenían trato. Uno no afirmaba una frase como ésa ante alguien con quien no tenía al menos un cierto nivel de confianza. Borja incluso no recordaba haber dicho jamás la frase que Julián ponía en su boca. Reconocía que habían charlado en alguna ocasión, pero poco más. «Es un tipo raro», me había dicho Borja de Julián.

A la luz del flexo repasé mis notas una vez más y comprobé que aquella menudencia era lo único que tenía. El reloj digital de mi escritorio marcaba las 00:45 y a mi pesar apuré el último trago de bourbon. Era patético beber whisky en una taza de desayuno, pero hacía varios días que no fregaba los cacharros y era el único recipiente disponible. El caso me tenía atrapado y apenas descansaba tres o cuatro horas cada día. Para un tipo como yo, un obsesivo-compulsivo que tarde o temprano tendría que solicitar ayuda profesional para tratarse, aquel rompecabezas era una boya a la que fijar las roídas cuerdas de su racionalidad.

Busqué la página con las primeras informaciones. «HOMICIDIO EN LA UNIVERSIDAD», había titulado con mi habitual derroche de imaginación. Las palabras sueltas me hicieron rememorar cada uno de los pasos que había dado en las últimas dos semanas.

El día del suceso era un martes de finales de noviembre. Llovía a cántaros y un frío viento anunciaba la cercanía del invierno. Mi móvil sonó en torno a las dos de la madrugada. La melodía me cogió dormido frente al televisor encendido. El mando a distancia reposaba sobre mi ombligo como un gato perezoso en la cima de una colina y en la pantalla una pitonisa echaba las cartas a una espectadora amañada.

–Jefe, venga enseguida a la universidad. Han matado a un joven.

El mensaje me desperezó de forma tan abrupta como lo habría hecho una bofetada. Me serví un café frío que andaba por la cocina y que no recordaba haber preparado, lo vacié de un trago y me lavé la cara a regañadientes. Mi imagen en el espejo no daba para descorchar champán. Acababa de cumplir los cuarenta pero aparentaba diez años más. Ojeras infinitas, cabellos en franca retirada desde mi frente, canas por todas partes, algún feo surco cayendo por la papada y una barriga más grande de lo que debiera donde parecían ir a alojarse la mayor parte de mis vicios.

Conduje a toda velocidad con la sirena encendida y la luz azul sobre el techo de mi coche de incógnito. Media hora después estaba en la escena del crimen. Cuando se me acercaron los dos policías de servicio y me hablaron desde la distancia, me di cuenta de que debería haberme cambiado de ropa y dado una ducha.

–Es un varón de unos veinte años, jefe. Le han degollado la garganta. Le ha encontrado una chica, Rebeca, estudiante de Química, que salía de terminar unas prácticas en el laboratorio. Se lo ha encontrado en un charco de sangre, entre dos coches, cuando iba a recoger el suyo. Es aquella de allí al fondo.

–Ya veo. Llevadme hasta el cadáver.

 

[…]

 

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Tumba de Oscar Wilde

 

Un día, al encontrarse Wilde con un amigo, le pregunta qué había hecho desde el último día en que lo vio, y el interpelado le cuenta cosas insignificantes.

– Nada más – objeta Wilde -. En verdad no valía la pena de haberlo repetido… Tiene usted en los ojos un franco deseo de lo verdadero… Pero, amigo mío, lo que se ha visto carece de interés desde que es cosa vista… Yo le voy a enseñar a mentir… Hay un mundo diario que no merece ocuparse de él, y otro mundo extraordinario, del que debemos hablar: “En una aldea lejana había un leñador al que esperaban siempre las gentes a la vuelta de su trabajo para que les contara lo que había visto.”

– “¿Qué ha visto usted hoy?”

– “Pues hoy he visto en el bosque unos silvanos bailando y tocando alrededor de un fauno, y, junto al mar, tres sirenas jugando con las olas.”

“Al día siguiente, al pasar por el bosque, vio realmente unos silvanos bailando alrededor de un fauno, y al llegar a la playa, tres sirenas jugando en el mar…”

– “¿Qué ha visto usted hoy?… – le preguntaron aquel anochecer, como todos los días, y él dijo:”

– “Hoy no he visto nada”.

 

Oscar Wilde.

 

 

 

El examen (parte 2 de 2)

El examen

(Viene de El examen – parte 1 de 2)

 

[…]

 

Roberto echó un vistazo alrededor y se fijó en las piernas temblorosas de una joven morena con gafas de pasta, en la mano húmeda de uno de sus amigos secándose sobre los vaqueros, en las gotas de sudor cayendo silenciosas por la sien de un chico obeso con el que se metían de vez en cuando. La tensión en el lugar hacía denso el aire, casi viscoso.

–Llegados a este punto, sólo queda desear suerte a los que crean en ella. A partir de ahora, tienen dos horas de tiempo. Les volveré a hablar cuando resten cinco minutos.

Apolonio Marín extrajo las copias de examen de la carpeta y las entregó a los chicos de la primera fila, que las fueron pasando hacia atrás. Roberto observó el viaje de las hojas como quien contempla una ola perezosa que se aproxima a los pies en la playa. Cuando tuvo las preguntas ante sí, aspiró profundamente y agarró el bolígrafo.

Fue entonces, justo antes de esa lectura rápida para saber qué tenía ante sí, cuando notó el primer retortijón. En sus entrañas los intestinos se le reordenaron ruidosamente y de súbito cayeron a plomo en dirección descendente, apretando los músculos que controlaban las salidas del cuerpo. Apretó fuerte de forma instintiva, bloqueando aquella repentina actividad, y se tocó el estómago, que estaba duro y tirante como la piel de un tambor.

«Maldita sea, no, ahora no», se lamentó.

El terremoto se calmó por unos instantes. Todavía notaba una incómoda presión, una especie de rumor impaciente que latía con vida propia y que le amenazaba desde las sombras, pero esperaba que no fuese a mayores y que lo pudiese dominar durante las dos siguientes horas. No le quedaba otro remedio que aguantar.

Centró de nuevo la atención en el examen. Cuatro escuetas preguntas, como en la primera convocatoria, tan sólo cuatro breves enunciados, terroríficos en su simplicidad. “Demuestre mediante el método de Leibniz”. “Resuelva”. “Simplifique”. “Derive la función”. Si sencillas eran las cuestiones, endemoniadas eran las combinaciones de símbolos y números que las sucedían. Descartó la primera. No sabía nada del tal Leibniz y se cuestionó cómo era posible que apareciese eso allí si jamás había sido explicado en clase. «Condenado Apolonio», masculló.

La segunda pregunta era una integral y decidió empezar por ahí.

Media hora después tenía ante sí varias páginas garabateadas y la sensación de que no podría con aquella prueba. Todos sus intentos se enredaban en caminos demasiado complejos que decidía abortar para evitar perder el valioso y escaso tiempo de que disponía. En sus profundidades las tripas seguían haciendo de las suyas y le lanzaban ataques y contraataques esporádicos que apenas podía repeler. Un sudor frío le emanaba de la columna vertebral condensándose en gotas que caían con lentitud, erizándole el vello y poniéndole la piel de gallina. Roberto se sentía palidecer, se notaba enfermo y sólo quería mandar al infierno todo aquello y lanzarse como una bala al maldito baño.

Aparcó la integral –«pan integral, galleta integral, fibra, garganta, bolo alimenticio, estómago, jugos gástricos, intestino delgado, intestino grueso», pensó en una ocurrencia extraña, como un arrebato de locura que le hizo dibujar una mueca de amargura–, y encaró la simplificación. Esta vez tuvo más suerte. Los números se enlazaron con armonía y se fueron eliminando unos a otros sucesivamente hasta reducirse a una fórmula breve, exquisita, incluso hermosa. Roberto sonrió y besó el papel. Ya tenía un cuarto en el bolsillo.

La última pregunta era una derivada. Iba a buscar alguna frase hecha que le animase en su triste encrucijada –«excrementos a la deriva, putrefacción que se deriva del alimento, derivados de los lácteos, derivados de la soja, derivados de la carne»– cuando sufrió un nuevo apretón. Esta vez tuvo la certeza de que sus esfínteres no aguantarían. Notó en sus vísceras la violencia de una roca que se desliza entre cavernas y que se abalanza sobre una débil presa que a duras penas soporta el volumen de un lago a rebosar. Notó el peso de un tronco que no se puede sostener, el empuje de un ejército que golpea la puerta del castillo con el ariete, el arrojo de una manada de búfalos en estampida.

Sopesó sus alternativas. Pedir permiso a Apolonio. Renunciar al examen. Escabullirse y volver a entrar sin ser visto. No, ninguna de ellas tenía sentido, suspendería el examen. También valoró hacérselo allí mismo o en aquel rincón del aula o escondido bajo la mesa, directamente en los calzoncillos. Se darían cuenta, era imposible no ser visto. U olido.

«¡Dios mío, dios mío!», murmuró de dolor. Pateó el suelo con rabia. Tenía cerca el aprobado, estaba convencido y aquel inconveniente lo podía echar al traste. «Soy un estúpido, un tonto completo, un aficionado», se reprochó al recordar que llevaba al menos cuarenta y ocho horas sin ir al baño y que justo era ahora cuando se percataba. Aquel recuerdo lo deprimió aún más y se mordió el puño hasta hacerse daño.

A toda prisa afrontó la derivada –«derivados del maíz, derivados del tomate, derivados del jamón, derivados de la pasta, proteínas que derivan en músculos, hidratos que derivan en energía, heces que derivan en estiércol», rumió histérico–, y entre temblores formuló las primeras hipótesis de resolución. Su escritura era irregular y desquiciada y apenas se reconocía en aquellas letras. Las manos le sudaban, los ojos le escocían, las piernas le vibraban. En la cabeza las fórmulas se le atragantaban y no pensaba con claridad. Pese a ello fue avanzando hasta dar con algo medio decente, algo admisible al menos, algo que podía tener aspecto de solución, algo que a su aparato digestivo, el órgano que tomaba las decisiones en aquel momento, le pareció suficiente dadas las circunstancias.

Entonces se levantó. Con la espalda doblada por el calvario en su interior, descendió los escalones, entregó las hojas al profesor y salió del aula tan rápido como pudo. Dio varios pasos rápidos, encorvado, mientras se sujetaba el bajo vientre. A unos pocos metros del aseo creyó que no llegaría. Ya no podía más. Aquello era inhumano, insoportable, frustrante, la peor experiencia de su vida.

Medio mareado abrió la puerta. No parecía haber nadie en los retretes. Se desabrochó el cinturón, se bajó los pantalones y los calzoncillos y sus esfínteres cedieron finalmente.

En cuclillas Roberto lloró de placer ante aquella liberación. Soltó aire, se relajó todo él, pero al tiempo soltó un alarido. Espantado, comprobó que no le había dado tiempo a llegar a la taza y que su gran obra, aquel desastre que le había torturado durante el examen, yacía desparramada por el suelo como una serpiente espantosa que estuviese a punto de morir.

«Arroz integral, cereales integrales, un tipo íntegro; desechos orgánicos derivados, descomposición a la deriva; los límites del cuerpo, los límites de la decencia, los límites de la educación; una mujer de la limpieza cuya función es simplificar».

Roberto, avergonzado y pesaroso, se adecentó como pudo y desapareció de allí tan pronto como le fue posible. Mientras se dirigía al coche sin mirar atrás, contó los meses que quedaban hasta la siguiente convocatoria y esperó que para entonces alguien hubiese recogido su catástrofe.

–Pobre mujer– se lamentó.

 

 

 

El examen (parte 1 de 2)

El examen

El sol matinal de febrero se escabullía con timidez entre una sábana de nubes altas cuando el Alfa Romeo rojo entró derrapando en el solar que la universidad había habilitado como aparcamiento junto al nuevo aulario. Los amortiguadores rebotaron sobre los baches y el chasis osciló violentamente sobre el terreno irregular. A su paso, mucho más rápido y agresivo de lo necesario, el automóvil dejó como estela una densa nube de polvo que se elevó varios metros ante la mirada atónita de los estudiantes, que se agolpaban tras una de las cristaleras del primer piso del edificio semicircular. Roberto, uno de los jóvenes que observaba el espectáculo con atención, identificó su coche entre la hilera que unos segundos después se vería afectada por la caída de la arena en suspensión.

–¡Hijo de…!– blasfemó entre dientes.

El Alfa Romeo se detuvo cerca de la puerta del aulario sobre una de las plazas destinadas al personal y de él salió un tipo espigado y poderoso, de piel tostada y cabellos color azabache, con anchas gafas de sol y bata blanca sobre la ropa de calle. El hombre abrió el portón trasero y extrajo un portafolios de piel. «Ahí va mi examen», pensó Roberto al tiempo que una punzada de ansiedad le encogía el estómago.

El profesor, de nombre Apolonio Marín, era uno de esos catedráticos de matemáticas que infundían pavor al alumnado. Su apariencia de gánster de película de serie B, su nombre de otra época y su forma de andar con el cuello tieso y por momentos inclinado hacia atrás le habían creado una fama que no sólo le precedía sino que le envolvía en un manto de fría perversión. Desde el atril de las clases exhibía una altanería fuera de lo común y acostumbraba a ensañarse con los alumnos más inseguros mediante preguntas de dificultad desmedida, por lo que no era raro ver en sus clases a algún estudiante al borde de las lágrimas. De igual modo exhibía su sadismo en las evaluaciones. Los chicos de primer curso eran advertidos por los más veteranos del temible porcentaje medio de aprobados del que alardeaba el profesor y que las malas lenguas situaban en apenas un siete por ciento sobre los presentados. Desde la licenciatura de exactas hasta la de física o las ingenierías, por doquier se extendía su figura alargada de ogro, de demonio, de malévola entidad. Su aura infranqueable entraba como el cuchillo en la mantequilla en esa amalgama ingobernable de miedos, hormonas, voluntades y sueños que era la autoestima de los sufridos adolescentes.

Roberto acababa de cumplir veinte años y estudiaba ingeniería técnica en informática de gestión. Era un estudiante más bien discreto, del montón, al que le gustaban la electrónica y los ordenadores. Era habilidoso y manitas y trasteaba en sus ratos libres con las máquinas, las cuales desmontaba con facilidad, reparaba y volvía a montar. Sentía afinidad con esas placas de fibra de vidrio sobre las que se soldaban memorias, condensadores y resistencias y que tras capas y capas de abstracción se presentaban ante los humanos en forma de pantallas, teclados y ratones. Pero una cosa era tener un cierto talento para los ordenadores y otra muy distinta verse forzado a enfrentar materias de dudosa aplicación práctica como la que impartía aquel profesor de aspecto rudo y pretensiones insondables.

Para Roberto era la segunda convocatoria de Análisis Matemático –así se conocía la asignatura de Apolonio–, pero ya notaba el aliento en la nuca ante la no tan lejana proximidad de la sexta y última. Tan negro lo veía Roberto. La primera vez que se había presentado al examen final había sido en febrero del año anterior. Entonces, de las cuatro preguntas de la evaluación apenas había respondido a dos. Las que había dejado en blanco habían sido incomprensibles para él, bien podrían haber estado escritas en chino o versar sobre la influencia de Napoleón sobre la distribución geopolítica en la Europa actual. Tanto hubiese dado para Roberto, que ni siquiera había sabido cómo enfocarlas. De las otras dos, de las que se había decidido a responder, una de ellas la resolvió sin esperanzas, casi al azar, y la otra con escasa confianza. Se trataba de la derivada de una función compleja y, aunque le pudo hincar el diente, en algún momento los cálculos se le fueron de las manos y su respuesta final le pareció inverosímil. La nota obtenida, un cero coma cinco, había dejado bien a las claras lo lejos que estaba de salvar aquel obstáculo que tenía ante su futuro.

«Derivadas, integrales, límites, funciones, teoremas, demostraciones,… ¿Para qué sirve toda esta locura? ¡Por mí se pueden ir al cuerno! Quemaré estos malditos papeles en cuanto apruebe, ¡lo juro!», estallaba a menudo Roberto durante las horas de estudio.

Clac, clac, clac, clac. Se hizo un silencio entre los alumnos cuando el taconeo metálico de las botas de Apolonio anticipó su llegada. El imponente docente subía por las escaleras. Roberto vio emerger la cabeza del profesor tras las gafas oscuras y su ansiedad se vio duplicada. Miró el reloj. Faltaban diez minutos. De pronto se le aceleraron las pulsaciones: recordó que no había ido al baño. Se dirigió a toda prisa y se dijo a sí mismo que le vendría bien liberar toda la tensión presente en su aparato digestivo. Sin duda le relajaría. Una vez en la soledad del servicio, la rigidez de su cuerpo no puso demasiadas facilidades. Su cerebro mandó órdenes a los esfínteres, pero por ahí abajo nadie estaba por la labor de escuchar y mucho menos con prisas, por lo que se tuvo que conformar con vaciar la vejiga y lavarse la cara. Unas ojeras espantosas sobre su habitual cara sonriente le intimidaron desde su reflejo y susurró: «Tranquilo, Rober, tranquilo. Todo irá bien».

–Señores, son menos cinco. El que no entre en el aula en el próximo minuto no tendrá derecho a examen– advirtió la voz rocosa de fumador compulsivo de Apolonio.

Los últimos rezagados, entre los que figuraba Roberto, se apresuraron y a empujones accedieron a la clase. Entre tímidos murmullos se distribuyeron en los últimos puestos libres.

–¡Cállense y siéntense todos!– ordenó el profesor a gritos –. Ya saben las reglas: bolígrafo azul, nada de colorines ni lápices de niñatos, nada de papeles que no sean mis folios, nada de calculadoras, nada de comidas ni bebidas, nada sospechoso en ninguna parte visible o no visible. Dos espacios de separación entre alumnos. Manos sobre la mesa. Ojos sobre el papel. No doy avisos a los curiosos. El que mire a su izquierda, tiene un cero. El que mire a su derecha, tiene un cero. El que mire hacia atrás, tiene un cero. El que mire fijamente hacia adelante, tiene un cero. No se permiten dedos en alto porque no admito preguntas. Todo lo que necesitan saber de mí está en los enunciados. Si no los entienden es su problema. No comprender la pregunta implica no conocer la respuesta. Desde ahora no se puede salir del aula. Si alguien lo hace, me dará su hoja de respuestas firmada y también tendrá un cero.

 

[…]

 

Continúa en El examen (parte 2 de 2)

 

En el supermercado (parte 2 de 2)

En el supermercado

[Continuación de En el supermercado (parte 1 de 2)]

 

[…]

 

La textura de aquella piel brillante y tostada por el sol del Mediterráneo le provocó alucinaciones en las que él, de pronto, en un arrebato de imprudencia, le decía alguna obscenidad al oído y ella le dirigía una mirada extraña, de rechazo inicial por tratarla como lo que era, que era sucedida luego por otro vistazo de perdón, de aprobación lasciva, de acuerdo de mínimos, de intención por firmar el contrato que nunca sería escrito; Antonio se adelantaría a ella, elegiría algún lugar público, los servicios del súper, por ejemplo, cuando a última hora del día apenas quedasen los guardias de seguridad y las limpiadoras; allí la esperaría; cuando ella apareciese él la abordaría sin escrúpulos, atrancaría la puerta y la empujaría contra ella, la inmovilizaría, con la lengua húmeda y ardiente recorrería cada centímetro de aquel cuerpo femenino de semidiosa y finalmente la tomaría sin ninguna consideración ni delicadeza hasta alcanzar el clímax. Después le pagaría por los servicios prestados mientras se vestía tratando de recuperar el aliento mirando en otra dirección para evadir los albores de la vergüenza.

–Está tremenda la tipa, ¿verdad, jefe?– le dijo sonriendo un adolescente al que Antonio bloqueaba el lineal de la mermelada. El chico acababa de contemplar la escena de ese Antonio perdido en su imaginación que fantaseaba con imposibles y que exhibía una mueca estúpida de cuarentón lujurioso que apenas se molestaba en atenuar lo que le ordenaba su entrepierna.

Antonio no respondió. Simplemente se apartó avergonzado y, tras ojear el reloj, aceleró el paso para encontrar las cosas que le faltaban y volver a casa cuanto antes.

En la fila única que daba acceso a las cajas la encontró otra vez. Estaba delante de él, unas cuantas posiciones más cerca de la salida. Entre ellos, una mujer sudamericana de baja estatura con una cesta a rebosar, una familia formada por un matrimonio y dos críos gemelos de unos tres años, el joven que le había interrumpido antes, un par de cincuentonas hablando animosamente entre ellas y un anciano y su esposa.

Dos tipos de unos treinta años pasaron junto a ellos y miraron con descaro hacia la despampanante mujer. Tras decirse algo entre sí, uno le lanzó un beso a la chica desde la distancia y el otro le propuso a voces, sin ningún reparo, que les esperase fuera, que tenían que hablar con ella y, con otras palabras, que le pagarían lo que fuese por mover sus caderas sobre ellos. El comentario generó algún revuelo entre la multitud pero nadie hizo nada más allá de sonrojarse. Los hombres se fueron y la vistosa mujer actuó como si no los hubiese oído. Pero no cabía ninguna duda de que disimulaba. Los había escuchado a la perfección.

La mujer accedió a la caja. El dependiente que la fue a atender, sorprendido ante la aparición de una figura así ante él, la miró primero al rostro y luego bajó hacia el pecho, donde se detuvo algunos segundos. Ante tan evidente torpeza se ruborizó de pronto, lo cual no pasó desapercibido para ella, que a juicio de Antonio una vez más pareció forzada a obviar otro diminuto desprecio.

Antonio no supo si sonreír o gritar, si acercarse al chaval para chocarle la mano o para darle un buen puñetazo en la nariz. Sensaciones complementarias saltando entre los instintos y el respeto a otro ser humano le abordaron, oscilando entre lo que significaba ser un caballero y lo que él mismo había imaginado un par de minutos atrás. No se detuvo demasiado en ello, tenía otras cosas en las que pensar y a fin de cuentas las cosas era como eran y él no podía cambiarlas.

Contempló la fila y empezó a impacientarse por la lentitud con que avanzaba. Entonces se fijó en la pareja de ancianos. El viejecito, un tipo calvo con gafas y de gran tripa redonda, se giraba nervioso hacia uno y otro lado. Enseguida descubrió por qué lo hacía. No quitaba ojo, con total desfachatez, a la llamativa mujer de piel morena y tatuaje en el hombro y si se daba la vuelta inquieto era para disimular aquel bulto en la bragueta que las manos en los bolsillos del pantalón era imposible discernir si querían contener o potenciar.

La repugnancia de Antonio ante aquel panorama fue cortada por un repentino acelerón de la cola. Era su turno. Empezó a sacar las cosas del carro. Estaba terminando cuando la provocativa mujer pasó a su lado, con una bolsa en cada mano, en dirección al aparcamiento. Él le disparó una penúltima mirada a cara, busto, caderas y piernas y una última mirada más cuando, tras superar su posición, no se pudo resistir a la tentación de aquel trasero que a buen seguro no volvería a tener nunca más ante sí.

De camino a casa fue pensando en ella, en la atracción desenfrenada que le había generado, en lo sucedido en el supermercado con el resto de hombres, en esa sociedad cuyas leyes y normas de conducta pretendían apaciguar los automatismos de la sexualidad humana tan similares a los de cualquier otro animal, en esa vida que colocaba a cada uno en un lugar de manera aleatoria o predeterminada, quién sabía, y que hacía a cada mitad desear lo que tenía la otra media.

Al día siguiente Antonio se levantó temprano y se calzó las zapatillas de correr. Era el momento del día idóneo para para evitar el calor y la humedad, así como la constante demanda de tiempo de sus hijos. Cerró la puerta con cuidado de no despertar a nadie y salió de casa en dirección al paseo del puerto.

Estiró los músculos entumecidos en el portal y algunos de sus huesos crujieron. Ya en la calle inició la marcha con lentitud. El sol crecía perezoso en el horizonte. Antonio cruzó la calle desierta de vehículos, giró a la derecha en la rotonda y evitó a un grupo de barrenderos que desayunaban tras terminar su jornada de trabajo nocturna. Una señora aguardaba a que su perro pequinés terminase de hacer sus necesidades y unos metros más allá una camarera montaba estoicamente las mesas de la terraza.

La ciudad arrancaba con la particular calma del verano y Antonio, imbuido por el ritmo de la carrera y la respiración constante, no reparó hasta estar muy cerca de la camarera en la familiaridad de aquel cabello con mechas y de aquel rostro en el epicentro de la madurez. Era la mujer del día anterior. En la fugaz pasada a su lado, la piel tostada de ella le siguió pareciendo igual de curtida en batallas, pero de un tipo muy distinto a las que había imaginado. El tatuaje, escondido tras una camiseta descolorida, estaba a buen recaudo y era imposible saber si seguía igual de amenazante. Las piernas esculturales se ocultaban inexistentes detrás de los vaqueros rotos a la altura de las rodillas. La dureza del trabajo rutinario y físico, en cambio, destacaba grabada a fuego sobre las venas hinchadas en sus antebrazos. La lejía abrasadora había teñido de rojo las palmas y los callos de las manos eran la consecuencia del contacto repetido contra el palo de la fregona.

Una mujer trabajadora que de vez en cuando se vestía de princesa.

Antonio aceleró el paso de corredor y una intensa punzada de culpabilidad le atravesó entre las costillas. La injusticia de sus prejuicios comenzó a pesar sobre su espalda. Esta vez no le bastó con justificarse. De nada le sirvieron los mensajes de auto condescendencia que tan a menudo se lanzaba hacia sí mismo.

A nada de aquello pudo aferrarse cuando tuvo que reconocer en sí mismo un grado idéntico, si no mayor, de la inmensa repugnancia que había sentido por aquellos otros hombres.

 

 

 

En el supermercado (parte 1 de 2)

En el supermercado

Todos los veranos la familia al completo viajaba desde Madrid a Castellón. Antonio había nacido allí y le gustaba aprovechar el período vacacional para que su mujer y sus tres hijos cargasen las pilas al lado del mar en compañía de abuelos y tíos.

El proceso se repetía año tras año desde que habían nacido los niños. Antes de eso, Antonio y María, su esposa, solían viajar fuera de España en pareja o con amigos. Vietnam, Australia, Estados Unidos, Chile, Sudáfrica o Japón habían sido algunos de sus destinos más exóticos. Ahora, con los críos en edades tempranas, lo más lógico y manejable les parecía descansar en el apartamento de la playa y permitir a los pequeños disfrutar del resto de familiares.

El día que llegaron arrancaba la tercera semana de agosto y no les recibió tanto calor como se habían temido. Anunciaban treinta y dos grados de máxima y mínimas en torno a veinte. La brisa marina haría llevaderas las noches en su piso cercano al mar que, a pesar de carecer de aire acondicionado, había sido edificado en una orientación ideal a poniente.

Tras descargar el coche que venía a rebosar de equipaje, cubos de playa, cometas, libros de actividades, bolsas de juguetes y demás, María le preparó a Antonio una lista de la compra y le pidió que fuese al supermercado. El frigorífico estaba vacío y no tenían nada para la cena. A pesar del cansancio por las más de cinco horas de viaje y por la tensión de tener que aguantar peleas y algún que otro grito en combinación con el tráfico de la operación salida, prefirió esa tarea a tener que deshacer las maletas con los pequeños pululando alrededor tras tanto tiempo encerrados.

Subió del nuevo al coche y se enfureció al descubrir restos de yogur sobre uno de los asientos traseros. “¡Maldita sea! Cuando os pille…”, protestó entre dientes. Limpió la mancha como pudo y se propuso relajarse. Estaba de vacaciones y tenía que aprovechar al máximo todos y cada uno de los momentos a su disposición. Períodos de soledad como aquél eran excepción dentro de su ajetreada rutina y por tanto también un regalo, por mucho que fuesen destinados a actividades tan mundanas como ir al súper.

Antonio se ajustó las gafas de sol y se miró en el retrovisor. Las entradas de hacía unos años habían derivado en una imparable calvicie que había arrasado la zona superior de su cabeza y varias manchas rojizas habían visible que a su cuello no le iban bien los afeitados. La humedad se condensaba en sudor alrededor de varias arrugas en torno a los ojos y las sienes y varios pelos anárquicos crecían desde la cueva de las orejas. No obstante, más allá de los efectos de la edad estaba en una forma aceptable. Rara era la semana que no salía a correr tres o cuatro veces y el resultado de su fuerza de voluntad era una barriga plana, unas piernas firmes y un corazón fuerte y confiado en sus posibilidades. Se dijo a sí mismo que en conjunto seguía manteniendo un cierto encanto sofisticado y sensual y que aquello no podía pasar inadvertido al público femenino. Seguía en el mercado de las relaciones si en algún momento quería hacer uso de ello. Fortalecido en su autoestima ante la solidez de tales razonamientos, bajó las ventanillas hasta la mitad, arrancó el motor con todo su ímpetu juvenil y subió el volumen de la radio hasta el límite que sus oídos fueron capaces de soportar.

El supermercado estaba a las afueras de la ciudad. Era una de esas grandes superficies a las que se anexaban ópticas, sucursales bancarias, tiendas de chucherías y cafeterías como lo hacían las lapas a los cascos de los barcos atracados en el puerto. Aparcó a una distancia razonable de la entrada, consiguió un carrito y accedió al interior. Una oleada de aire fresco le recibió y enseguida revisó la lista para ver por dónde empezar.

Recorría el pasillo de las frutas y verduras cuando vio a la mujer por primera vez. Le llamó la atención de inmediato. Andaría sobre los treinta y cinco años, pelo liso salpicado de mechas rubias con un flequillo curvo cayendo sobre la frente, piel muy bronceada y más cuerpo a la vista del que quedaba a cubierto. Vestía una minifalda minúscula de color blanco y una camiseta roja de tirantes muy ajustada que se anudaba en la parte posterior, mostrando al completo la espalda desnuda, desprotegida salvo por el llamativo tatuaje multicolor, esa serpiente oscura de cola enroscada y ojos verdes en posición de ataque que simulaba ascender de un modo maligno desde el omoplato derecho hacia el hombro en busca de una mejor perspectiva. En los pies los zapatos de tacón blancos le realzaban la estatura innecesariamente, aquella mujer era mucho más alta que la media y era evidente que no le hacían falta. Su cara no era hermosa en especial pero sí transmitía cierta pose guerrera, de amazona indomable curtida en mil batallas, de haber salido victoriosa de unas cuantas pero de haber perdido muchas otras, de haber aprendido en la guerra a fabricar ese aroma propio de las señoritas que habían enterrado su inocencia bajo el calor corporal de demasiados hombres y que a cambio habían conseguido el premio de entenderlos.

Ese toque intangible, ese aire inmaterial, ese morbo en definitiva que atraía a los machos como un cuerpo moribundo cautivaba a las moscas y que, como a ellas, los empujaba a revolotear nerviosos sobre la presa que yacía desguarnecida ante sus ojos, produciendo un efecto llamada que acercaba a muchos otros de sus congéneres.

Antonio olvidó por un instante la lista y el carrito de la compra y clavó los ojos en la desconocida. Quedó petrificado de la misma forma en que un gato en celo se bloquea al divisar a lo lejos a una hembra. Esa atracción física y animal que no viene del cerebro sino de las profundidades. Ese deseo irracional que hace salivar al varón y que pone en duda si el ser humano es tan capaz de controlar sus impulsos como a menudo se hacía creer.

Pensó que no era habitual encontrar en lugares como ése a mujeres como aquélla. Vestidas así, moviéndose así. Se preguntó si habría terminado tarde su jornada de trabajo nocturna tras las luces de neón o si acaso estaría acompañando a algún cliente deseoso de alargar la asociación temporal más allá de los minutos necesarios que establecían los convenios comunes. Pero al seguirla con la mirada y verla todo el tiempo sola, Antonio se planteó que por otra parte las mujeres que vivían de la noche tenían derecho a comprar leche y galletas para desayunar o detergente y estropajos para fregar las cazuelas. Al fin y al cabo ellas también comían, dormían, iban al baño o, como era el caso, acudían al supermercado.

Aprovechó un segundo que la sugerente figura se perdió entre los pasillos de las bebidas gaseosas para continuar con lo que le había llevado allí. Metió sobres de sopa en el carro, latas de comida preparada y algunas otras soluciones de urgencia para aplacar el hambre voraz de los niños sin tener que invertir demasiado tiempo en la cocina.

Estaba buscando los botes de kétchup cuando se volvió a cruzar con ella. Pasó a su lado, a menos de un metro, y Antonio no pudo disimular. La examinó ansioso de arriba abajo. Las pequeñas grietas en cuello y pómulos pronosticaban quizá algún año más de los que había estimado en primera instancia, lo cual no le restaba ningún atractivo. Si la experiencia era un grado, incluso se lo aumentaba. Ascendió su barrido visual a lo largo de las piernas perfectas, trazó mentalmente su contorno y se imaginó a sí mismo descubriendo las sombras alojadas unos centímetros más arriba, donde la condenada falda ponía los límites entre ficción y realidad.

 

[…]

 

Continúa en En el supermercado – parte (2 de 2)

 

El otro lado

El otro lado

 

La soledad acoge mis principios
y los refugia de la tempestad.
No hay temor, no hay tristeza,
tan sólo existe la realidad.

 

El otro lado contempla mis pasos,
sonríe, llora y se mofa:
“¡cuán patéticos sois, ignorantes,
reprimidos, hipócritas, vergonzosos,
infelices, pequeños e irrelevantes!
La muerte os juzgará a todos,
todos sufriréis vuestras infamias,
todos, todos, todos.”

 

Desde mi ventana admiro la belleza,
oculta en el asfalto, presa de la pereza,
y siento renovado ímpetu por vivir
y los ojos sólo quieren dormir
y el corazón suplica sentir
y el cerebro divaga para sobrevivir.

 

Ahora lloro en silencio por aquellas mentes,
divinas, agraciadas y valientes,
románticas e inconformistas,
y por desgracia muy poco frecuentes.
A ellas pertenece el futuro,
lo sagrado y valioso también,
ellas tienen toda la fuerza,
en sus entrañas reside la verdad.

 

¿Qué nos pasó, qué dejamos olvidado en el camino,
qué nos afectó en la infancia, qué perdimos?
¿Acaso nadie se ocupa de nosotros?
¿A nadie le importamos ni a nadie amamos?
¿Tan preocupantemente vacíos estamos?