El combate

El combate

Los dos yudocas están enfrentados cara a cara. Apenas tres metros los separan. Tienen las espaldas encorvadas, las palmas sobre las rodillas, los músculos tensos y las miradas clavadas en los ojos del rival. Respiran sincronizados entre sí mientras estudian cada detalle del otro con un gesto recto, casi solemne, que denota concentración. Que se conozcan a la perfección no implica que desistan de extraer una duda del contrincante, una mueca fugaz, lo que sea que les otorgue un punto de ventaja que a la postre pueda ser definitivo.

A la vista de la jueza, Julián queda a la izquierda. Rondará los cuarenta y supera claramente en edad a su adversario, que ni siquiera llegará a los quince. También es mucho más alto y corpulento, aunque un experto diría que está pasado de peso y que eso, lejos de favorecerlo, lo deja en desventaja. La cima de la cabeza ha sido conquistada por una calvicie indomable que él intenta compensar con una barba descuidada que se extiende por todo el rostro como una planta trepadora. A la vista queda que su mejor forma ya fue alcanzada años atrás y que la suya es una carrera deportiva en declive. En el debe, ese corpachón con más zonas blandas que duras. En el haber, una gran dosis de experiencia en estos lances a la que pretende aferrarse como su principal bastión de esperanza en la victoria.

Julián se dice a sí mismo: «Le has ganado siempre que habéis luchado, pero mejora día a día. Es cuestión de tiempo que te supere. Pero no será hoy. No lo permitirás. Julián, recuerda: cabeza, cabeza, cabeza. Es lo más importante. Siempre lo es, mucho más que el físico. Eso y vigilar las piernas. La última vez se te lanzó a las tibias y casi te tira. Te viste desequilibrado y perdido. Es rápido. Tienes que sujetarlo cuanto antes. No puedes permitir que corretee a tu alrededor y te desconcentre. Julián, no olvides que suele meter la cabeza hacia abajo y ahí tiene su punto débil. Si estás atento puedes aprovechar ese momento para agarrarlo de los hombros, poner el pie tras uno de sus talones y empujarlo hacia atrás. Entonces que no se te escape, si no te da la vuelta es tuyo. Julián, también está la lesión de menisco. No termina de recuperarse y tienes que protegerlo si no quieres arrepentirte de esta pelea».

Tan sólo han transcurrido diez minutos desde que se retaron. Ambos venían de concluir su jornada laboral, ese compaginar siempre complejo de entrenamientos con trabajos y estudios, cuando se cruzaron por el pasillo. Los ojos altivos, de prepotencia, pronto se vieron acompañados por las palabras de machos alfa en posesión de un ego que los desborda por los cuatro costados. El veterano, recordando al joven los encuentros anteriores, todos ellos ganados. El joven, pletórico de energía y en fulgurante ascenso, olvidando la historia a favor del veterano y olfateando la proximidad de las mieles del éxito aún no logrado. Provocaciones, bravuconadas, apelaciones a la valentía propia, menciones a la cobardía ajena, frases sin sentido aparente hasta llegar a una zona de acuerdo: resolver el debate sobre la lona, cambiar la retórica por la física, combatir. El lugar, la habitación de al lado. La fecha, hoy mismo. La hora, un poco más tarde, lo justo y necesario para vestir la indumentaria adecuada y acudir al encuentro. La jueza, esa jovenzuela que ambos conocen y que algo sabe del noble arte del judo.

Jorgito se dice a sí mismo: «Hoy el viejo es mío. No puedo fallar. Las últimas veces ha sido cuestión de mala suerte. Una vez por un error infantil. Otra vez por un despiste. Lo tuve hecho y se me escapó, pero eso no va a pasar más. Tengo que poner en práctica todas las enseñanzas del maestro. Estar concentrado. Estar tranquilo. Estar alineado en cuerpo y mente. Fluir. Soy más rápido que él y en fuerza estamos igualados. Basta con cansarle, hacerle dudar, tener paciencia. Un punto de sorpresa no iría mal. Dependiendo del devenir de la pelea, una opción puede ser bloquear sus codos y zancadillearlo por delante. Seguro que eso no lo espera. Que recuerde, jamás lo he usado con él. También puedo emplear el vuelo sobre mi hombro derecho, aunque con cuidado. No quiero hacerle daño al viejo. Después de todo, le tengo gran aprecio».

A falta del tatami reglamentario, han escogido una amplia habitación cuyo suelo está cubierto por una alfombra persa. La superficie es rugosa y a buen seguro les dejará quemaduras en las piernas, pero ya se han enfrentado aquí otras veces y saben lo que les espera. Se prometen jugar limpio y acuerdan no huir demasiado el uno del otro, puesto que la zona de combate carece de límites. Con sus “judogis” –el uniforme reglamentario del judo, compuesto por chaqueta, pantalón y cinturón– no disponibles, se han decantado por pantalones de chándal viejos y camisetas descoloridas. Son prendas que dificultan el agarre, pero ambos parten con el mismo inconveniente y ninguno tiene nada que alegar.

La jueza se dice a sí misma: «Ya me han vuelto a liar y van varias veces. Esto me pasa por rondar por aquí, por no haberme ido antes. Siempre están con estas demostraciones de poder, más propias de gallos de corral que de personas con un mínimo de inteligencia. Dos hombres y una neurona. Eso si cada uno de los dos aporta su correspondiente mitad, claro. ¿Quién les mandará meterse en estos fregados? Lo único que van a conseguir es hacerse daño de verdad. Ya les he visto sangrando por la nariz, quejándose de un golpe en el ojo o de una luxación por una mala caída. En fin, al menos lo toman para bien y pase lo que pase luego siguen como si nada. Sólo espero que la cosa termine pronto, hoy hacen en la tele mi serie preferida y no me la pienso perder por culpa de estos dos percebes».

La mano de la jueza sube, permanece arriba un par de segundos y luego baja, dando por iniciada la contienda. Los dos hombres se desplazan en lateral mientras guardan las distancias. Jorgito, mucho más impetuoso, se atreve con un primer braceo para dejar a las claras sus intenciones de ataque. Julián no se inmuta, conserva la posición defensiva y se mueve con tranquilidad. El primer agarre llega. Jorgito toma de las mangas del enemigo y se aferra a ellas con fuerza, pero enseguida se traban y la jueza les ordena que se separen. Retoman la actividad con un nuevo ataque del chico. Esta vez toma un buen apoyo sobre uno de los brazos y se lanza al suelo para hacer volar el cuerpo contrario sobre el suyo. Julián parece dudar pero no pierde el equilibrio y se engancha a la espalda de Jorgito, anulando así la maniobra. Pasan casi un minuto en la incómoda postura que tiene a uno hecho un ovillo y al de fuera a la caza de huecos imposibles. La jueza solicita tiempo otra vez. Las ropas aparecen arrugadas como trapos y sobre los cabellos de los luchadores brillan las primeras perlas de sudor. Reanudan la batalla con un ápice de calma, con un mínimo respiro, cuando de pronto es Julián quien se abalanza sobre Jorgito mientras emite un grito de guerra. Los 90 kilos de humanidad se ciernen como una montaña y el chaval se ve sorprendido. Aguanta el envite. Los cuatro brazos se tensan al inmovilizarse entre sí. Los músculos de pecho y espalda se tornan rígidos, eléctricos, y les obligan a rechinar los dientes. Los rostros se enrojecen, las pulsaciones se disparan, los corazones enloquecen. Las piernas abandonan la zona de estabilidad y pasan a la ofensiva, trabándose tras los talones, por dentro, por fuera, de nuevo por dentro, una pierna, luego la otra, todo ello en un singular baile de pasos descoordinados. En una de las zancadillas, Julián se desploma sobre Jorgito, derribándolo pesadamente hacia atrás. La jueza marca un punto a favor del veterano. Se levantan, se estiran las camisetas y pantalones, respiran profundamente y se vuelven a poner alerta, cuando…

Julián, cariño, ya está la cena lista– dice una voz de mujer proveniente de la habitación contigua.

Nadie hace caso de la llamada en primera instancia. Se enganchan una vez más, con evidente prisa por la interrupción. Giran abrazados como peonzas, trastabillan y caen al suelo al mismo tiempo. La jueza indica que no hay nada y que, por tanto, nadie puntúa.

Sonia, Jorge, dejad de hacer el tonto con vuestro padre y traedlo a la cocina. Se va a enfriar la cena– insiste la voz desconocida.

Esta segunda orden incita a Sonia, la jueza, a dejar su posición en medio del sofá del salón y a salir disparada hacia la mesa. No conviene enfadar a mamá. Mientras lo hace, les susurra que a ver si maduran algún día. Los hombres, Julián y Jorge, padre e hijo, se abrazan de manera cariñosa y enseguida se empiezan a chinchar. Uno le dice al otro que ya le tenía ganado, que le salvó la campana. El aludido le responde que si acaso está de broma, que era justo lo contrario, que vio el miedo en los ojos tras aquella última caída sobre la alfombra.

Entre risas y chistes besan a la cocinera, la felicitan por la fantástica apariencia de los platos, se lavan las manos, ponen la mesa y toda la familia al completo empieza a cenar.

 

 

 

La mano de porcelana

La mano de porcelana

        El cielo está veteado de gris y amenaza tormenta. Nubarrones eléctricos copan la bóveda celeste y un viento pesado azota las palmeras y los carteles abandonados de la playa. Las hojas caducas de noviembre se entrelazan con papeles y restos de basura en torbellinos a lo largo del paseo desierto. Nadie suele caminar por esta zona de la costa fuera del verano y menos en un espantoso día como el de hoy. Algunas urbanizaciones recortan parte del horizonte a lo lejos y más allá está la ciudad. En aquella parte las nubes son más oscuras y es probable que por allí ya esté lloviendo.

        Un joven de pelo rizado y cara redonda está sentado en el alargado banco de hormigón que separa la arena de la playa de las baldosas del paseo. No tendrá más de veinte años aunque aparenta alguno menos. La cara es pálida pero agradable y aloja dos grandes ojos verdes como esmeraldas. Es lo que más destaca en un cuerpo corriente por lo demás, ni alto ni bajo, ni delgado ni grueso. Viste jersey verde, vaqueros azul claro rotos a la altura de una de las rodillas y zapatillas negras de deporte. En el cuello una cadena de plata de la que cuelga un hada de porcelana centellea intermitente al reflejar haces de luz despistados.

        Los bucles del cabello se le agitan nerviosos por el fuerte viento ionizado mientras observa el mar invadido por siniestros pensamientos. La tierra removida en el fondo del océano colorea con tonos extraños las aguas saladas. Hay cientos de azules, unos oscuros y aterradores que parecen albergar horrendos monstruos milenarios en las profundidades, otros celestes y etéreos que simulan ser cielo, varios más blanquecinos e incomprensibles que le hacen pensar a uno si los dioses derramaron su semilla láctea sobre la superficie marina. Hay verdes fluviales que bien podrían servir de hogar a truchas, a carpas o a sapos, a pesar de no haber desembocaduras en kilómetros a la redonda. Hay negros y hay blancos y por supuesto hay grises. Un pintor melancólico no habría dibujado un abanico de colores tan tristes como éstos.

        Una espuma repugnante se despliega sobre la orilla. Muestra algas y restos de crustáceos y bivalvos muertos y pronto se los vuelve a llevar. Las olas están rabiosas. Por toda la línea que divide agua y tierra compiten en violencia y en tamaño. Chocan con ira entre sí. Explotan en pedazos que suben varios metros y sólo las vencedoras, las más fuertes, alcanzan la orilla. Banal enfrentamiento este, pues unas y otras, ganadoras y vencidas, desaparecen al abarcar la tierra, que se traga el agua a través de sus hendiduras porosas.

        El chico de la playa también piensa que la vida es triste y banal.

        Es por eso que ha venido aquí para quitársela.

        Gira la cabeza con lentitud y se le pueden ver los ojos enrojecidos. Difícil saber si lo están por la emoción que desborda a su alma joven o por el empuje del cercano huracán en el cielo. Las lágrimas contenidas no parece que vayan a ser liberadas y por ende no habrá siquiera un consuelo fugaz, temporal, que aleje las ideas destructivas hasta la mañana siguiente. Por el contrario actúan como dique al sentimiento de aquel que quiere, espera y desea más de la vida de lo que ésta le ofrece.

        El plan que trae bajo el brazo es singular y a la vez ridículo. Ha pensado en desnudarse ignorando el frío y correr a toda velocidad en dirección a las aguas. Dar amplias zancadas para no dudar. Saltar las olas como cuando corría con su padre siendo un crío. Bucear para esquivar el rompiente. Nadar mar adentro hasta ver agotadas sus fuerzas. Una vez allí desconectar el cable de la razón y dejarse llevar por las corrientes con la sombría esperanza de ya no poder salvarse aunque lo quiera.

        Los motivos que lo han llevado a la toma de esta decisión son múltiples. Amor, desengaño, incomprensión, deseo, miedo, descontrol, angustia, desconfianza, soledad, inteligencia. Poco importa ahora, la situación parece ya irreversible.

        El joven se pone de pie. Mira alrededor para comprobar que no hay nadie y empieza a quitarse la ropa. La piel descubierta se le eriza. El viento arrecia más fuerte. Las raíces del cabello le molestan por los tirones. Las manos le tiemblan de frío. Los labios cortados le escuecen. Punzadas de dolor le sacuden desde los oídos.

        Arroja el jersey a la arena. Luego la camiseta. Se descalza y se desprende de los calcetines. Nota la cadena de plata en el cuello con el hada colgante, la desabrocha y la observa. Un regalo estúpido del padre. Cierra el puño sobre ella y la lanza lejos con todas sus fuerzas. Se dispone a continuar con el cinturón y los pantalones cuando una presencia vaporosa se materializa de pronto a unos diez metros de distancia entre él y el mar.

        La observa anonadado y murmura que no puede ser, que no es posible, que debe de estar soñando. No, los fantasmas no existen, tiene que ser una alucinación. Es la ninfa de la cadena que antes tenía al cuello. Parece haber crecido o mutado. Ahora es una mujer hermosa, de tez lívida y delicada, de movimientos frágiles. Sensible. Sensual. Duda si es de carne o hueso o si acaso sigue siendo de porcelana.

        –Sé por qué has venido– le dice ella con unos labios siempre estáticos, encarnados, carnosos, pedregosos, imposibles.

        El chico está fascinado con ella. El corazón le late a mil por hora y por momentos olvida lo que le trajo a la playa.

        –Acércate, yo te puedo dar eso que te falta– le ordena.

        Él obedece. Ya no existe el frío en los huesos ni la angustia en las entrañas. Las piezas de su rompecabezas irresoluble se reconfiguran y encajan solas, como si siempre hubiesen estado allí y tan sólo hiciese falta una mano experta para ubicarlas.

        El hada blanca lo toma de la mano. Al tacto el ser etéreo es gélido y fantasmagórico. Porta el estigma de la muerte pero de algún modo emite armonía. Es la esencia de la confianza, el aroma del amor.

        Cuando empiezan a caminar hacia el mar y las aguas los engullen, el chaval piensa que al fin ha encontrado a su musa.

        Sus dudas vitales quedan aparte. Él es valiente y fuerte y ella es su razón de ser. Nada podrá dañarlos, son fuertes e inmortales. Trascienden los problemas. Están en otra dimensión.

        A su lado la mano de porcelana de la ninfa no se suelta hasta que sus cabezas se sumergen y la luz definitivamente se apaga.

        Entonces un rayo desgarra el cielo y los relámpagos lo iluminan rabiosos. El gris deriva en un blanco cegador y un instante más tarde todo queda en silencio.