Elsa interrumpida (cuento surrealista, parte 2 de 2)

Reloj de tiempo

[…]

 

Entonces un desagradable bufido emergió desde la derecha. Un enorme ciervo la fulminaba con la mirada del retador que desea pelea por una afrenta recién cometida. Elsa soltó despacio al bebé y le dio un par de palmaditas en el trasero para que acudiese al encuentro del padre. En cambio, la cría salió decidida hacia otra parte, hacia enfrente. Elsa entendió el motivo. Allí era donde estaba la madre. Apareció tras unos matorrales y también enfrentó a Elsa con unos enormes ojos negros resplandecientes de odio.

Los dos ejemplares de ciervo eran magníficos. El patriarca debía de andar cerca de los doscientos kilos de peso. La cornamenta subía en múltiples bifurcaciones nudosas como un pesado candelabro decorado con incrustaciones y sellos. La piel tenía un tono marrón brillante y bajo ella los músculos en las costillas y en las patas delanteras y traseras no dejaban lugar a la duda acerca del poderío del espléndido mamífero. La hembra lucía igualmente hermosa. No tenía cuernos, no era tan voluminosa ni demostraba la fortaleza del macho, pero en cambio se deslizaba con tal elegancia que Elsa se vio a sí misma como un ser mínimo, vulgar e irrelevante.

Ya con el cervatillo entre sus piernas la madre se escabulló en el bosque y dejó que los asuntos de guerra los disputase su compañero. El ciervo bufó de nuevo. Resopló y gruñó agitando los cuernos arriba y abajo, mientras rodeaba a Elsa en un sentido y en el otro. Elsa estaba tan aterrada que notaba los pies clavados al suelo. No podía moverse aunque quisiera.

Sobre las copas ya había anochecido y sólo unos rayos de luna iluminaban el claro. El animal se detuvo en seco y fijó los ojos en Elsa. La pupila dilatada reflejaba el contorno de la mujer, su cuerpo que transitaba la mediana edad en el arranque de la cuesta abajo y que ahora temblaba y se convulsionaba. Aquella mirada la perforaba como un garfio atado a una cuerda que le hubiese sido lanzado desde la distancia y le hubiese atravesado las costillas. Ciervo y mujer se quedaron quietos. Unos segundos, más tiempo, un minuto o dos, quien sabe. Y de repente, sin más detalles ni evidencias, el ciervo se fue por donde había venido. Elsa suspiró aliviada al ver alejarse el peligro. Pero al instante rompió a llorar. Las lágrimas le desgarraron el corazón y cayeron dolorosas y abrasadoras quemándole la piel. Aquellas lágrimas no procedían de la amenaza a su instinto de supervivencia sino de una zona más profunda y arraigada. Aquellas lágrimas venían de descubrir que aquellos ojos la conocían. Aquellas lágrimas venían de averiguar que los ojos no eran los de un ciervo.

Tic, tac. El misterioso reloj apareció ante Elsa otra vez. En esta ocasión marcaba las ocho. Tic, tac. El extraño movimiento se repetía. Giraban los números hacia la derecha y las agujas se quedaban quietas. Tic, tac. Elsa los acompañaba con el cuello. Tic, tac. Tic, tac. Tic, tac. Y su cuerpo empezaba a dar vueltas en espiral y se hundía en la espesa negrura.

El calendario reemplazó al reloj. La hoja del veintisiete osciló, dudó y cayó hacia el infinito entre los pies de Elsa. Un veintiocho apareció. Un viento inexistente balanceó la hoja y en uno de los impulsos la arrancó. Un treinta. Elsa se preguntó qué había sido del número ignorado, se cuestionó dónde estaba el veintinueve. Más rápido. Otra hoja que se iba. Treinta y tres. Elsa se irritó de manera irracional. Treinta y nueve. Ahora era rabia lo que la invadía. Cuarenta y ocho. «¡¡¡Basta, basta de una vez!!!», gritó. Sesenta y uno. Setenta. Ochenta y tres.

Ante Elsa se presentó un horizonte azulado sobre un suelo magenta. Donde confluían ambos la línea era blanca y fluorescente y desde allí subían y bajaban ondas innumerables en tonalidades de morados, violetas, rosas y bermellones. Surgían brillos aleatorios y fugaces en la parte superior que podrían ser estrellas si aquello realmente fuese cielo. Elsa contempló la escena con estupor mientras se hacía un vacío en sus entrañas, la ausencia que conquista el final que se aproxima.

Elsa vio descomponerse aquel mundo irreal que la rodeaba y entendió que el viaje llegaba a su fin.

Elsa tuvo entonces miedo a la interrupción, quiso otro enlace, quiso continuidad, quiso dar un nuevo salto para violar el sueño de otro.

De otro, sí, de alguien ajeno a ella, de alguien que le hiciese evadirse de lo propio para trazar las líneas de un dibujo diferente, más afín a sus sueños, más alejado de su realidad, mejor.

El sueño de otro, sí. Pero no de otro cualquiera.

 

 

(Viene de Elsa interrumpida – parte 1)

 

 

Elsa interrumpida (cuento surrealista, parte 1 de 2)

Reloj de tiempo 1

El tiempo de Elsa se detuvo y la interrupción que tanto temía la ubicó en medio de una caída. Cuando abrió los ojos su cabello despegaba enloquecido y los brazos y las piernas forcejeaban en un vano intento por aferrarse a ninguna parte. Al observar cómo las ropas volaban y el viento le deformaba la piel, las mejillas y los párpados, entró en pánico en una fracción de segundo. Estaba en una coordenada espacial en veloz movimiento en un momento temporal sin pasado. No sabía qué hacía allí, en ese instante del que carecía de recuerdos, en ese emplazamiento del que desconocía la procedencia. Elsa venía de ninguna parte y a ninguna parte parecía dirigirse. Se sentía impotente y desquiciada. Simplemente se encontraba en ese punto, sin más explicación, cayendo hacia un impacto fatal con su cuerpo desplomándose a toda prisa a través del vacío absoluto.

Lo que la rodeaba estaba oculto bajo un negro severo. No tenía referencias visuales e incluso dudaba si caía hacia abajo o era absorbida hacia arriba. Esa inquietud fugaz acerca de su destino no aplacó el miedo por lo que se le avecinaba. Era un terror irracional que le apretaba el estómago y que le angustiaba por la certeza de la cercanía de la propia muerte. En la garganta le crecieron las ganas de gritar, ese efímero desahogo que parte en busca de alivio, pero probó a abrir la boca y ningún sonido salió de ella. Sólo un eco sordo resonó en su cabeza.

En vez del esperado golpe la recibió un abrupto frenazo. De un modo inexplicable el tránsito entre lo rápido y lo estático le pareció consustancial y se dejó invadir por esa sensación placentera de notarse alineada con la naturaleza. Poco a poco se fue serenando. El entorno gaseoso que la envolvía era viscoso y denso y hacía desagradable su proceso de respiración, pero por lo demás percibía normalidad. Como si nada hubiese sucedido miró en dirección al lugar de descenso –o ascenso– del que había llegado. La verticalidad se transformó en horizontalidad y vio un camino estrecho que discurría a través de un corredor pedregoso de altas paredes como rascacielos a las que no divisaba límite superior. Sobre los laterales había rocas de diferentes tamaños de tonalidades marrones y rojas que amenazaban con aristas cortantes y cavernas insondables. Cierta nostalgia parecía emanar de ese sendero sinuoso y Elsa la paladeó con la áspera certidumbre del que se decía a sí mismo que la vida ya le había entregado el cupo medio de dificultades y recompensas y que lo que le quedaba por delante era poco más que una travesía insípida y obligada. Revisó sus pasos con contrariedad y pensó si era cierto, como algunos decían, que todo futuro sería mejor.

Tic, tac. Un reloj colgante llamó su atención. Tic, tac, decía tozudo el segundero. Las finas agujas eran rojas y marcaban las siete. Tic, tac. Veía el doce arriba, el tres a la derecha, abajo el seis, el nueve a la izquierda. Los otros números habían sido sustituidos por puntos. Tic, tac. Detectó algo extraño en el mecanismo del reloj. No eran las agujas las que se movían sino la esfera que alojaba la numeración. Tic, tac. El doce se desplazaba con lentitud y ocupaba la posición natural del uno y luego la del dos. Elsa intentó realizar la lectura correcta girando el cuello. Se mostró incapaz. Tic, tac. Cuando estaba a punto de recitar la hora, la máquina había cambiado otra vez. Tic, tac. Giró y giró el cuello junto con el reloj hasta los ciento ochenta grados y luego siguió hasta dar la vuelta completa en posición inverosímil. Cuando logró entender la hora, sonrió de pura diversión. Tic, tac. Como no podía ser de otra forma, volvían a ser las siete.

Había un almanaque junto al reloj, uno de ésos que contienen una hoja por cada día del mes. El número era bien visible, veintisiete, pero el texto de la parte inferior, el que solía reflejar el mes correspondiente, era demasiado pequeño y Elsa no lograba leerlo. Se acercó un poco y el tamaño de la letra no sólo no creció sino que pareció disminuir. Probó otra vez y obtuvo el mismo desagradable resultado. Por momentos se sintió enfadada y frustrada y quiso golpearlo hasta destrozarlo. Pero no lo conseguía alcanzar pues el calendario se movía como una mosca en plena forma que esquivaba cada uno de sus golpes. La tensión y el esfuerzo le provocaron hiperventilación y se mareó, cayendo a un suelo volátil y acolchado que no tenía base ni sustento.

Caminaba ahora por un bosque de hayas. Los árboles tenían los troncos finos y largos y ascendían elegantes hacia un cielo del que se escapaba el sol gris del atardecer. Esperaba no haberse perdido. Siempre tuvo verdadero pánico a desorientarse en espacios abiertos desde aquella mala experiencia de niña, cuando soltó la mano del padre en una excursión por el campo para salir detrás de una mariposa y acabó extraviada durante casi dos horas. El hayedo era inquietante y en él reinaba ese silencio propio del entorno que ha sido invadido por un intruso. Elsa era la visitante y con seguridad no era bienvenida. Sabía que allí sobraba, que nadie la había llamado. Era un ente observador al que ningún animal localizaba pero que todos sabían que les andaba espiando. Unos pasos más allá se abría un pequeño claro entre las hayas. El silencio se intensificó anticipando que algo iba a pasar. Elsa se escondió al acecho. De pronto escuchó el inconfundible sonido de las ramas rotas. Crac. Se puso alerta, nerviosa pero excitada por la emoción. Lo escuchó otra vez. Crac. Entonces vio quien hacía el ruido. Era un pequeño cervatillo recién nacido que apenas sabía caminar y que andaba despistado en aquella zona del bosque. Elsa se aproximó con extremo cuidado. «Todos los bebés se parecen, sea cual sea su especie», pensó Elsa. El animalillo la observaba con curiosidad y se dejó tocar. El suave tacto del pelaje y el calor corporal de aquel cuerpecito, no mayor que el de un gato doméstico, la reconfortó. Elsa sucumbió de ternura y se despertaron en ella esos instintos primitivos que el devenir de su vida había ido aplacando y que de vez en cuando, en esas noches de soledad de su apartamento cuando caía rendida tras las duras jornadas cotidianas, aún le asaltaban con esas armas puntiagudas que sólo tenía uno mismo y que eran ideales para atacar donde más dolía.

 

[…]

 

 

(Continúa en Elsa interrumpida – parte 2)

 

 

La navaja suiza

La navaja suiza

Se pasaba la navaja suiza multiusos de una mano a otra de manera mecánica. Le distraía observarla. Todas aquellas herramientas de reducido tamaño soldadas entre sí insinuaban la capacidad para iniciar cualquier proyecto. Esa potencialidad producía en él un efecto balsámico que apaciguaba otras ideas menos positivas.

Se la habían regalado sus padres cuando aún era un niño con motivo de un viaje a un congreso en el país alpino. Fue la primera vez que lo dejaron solo con los abuelos. Por ello aquel objeto desprendía también el aroma favorable del reencuentro, de la seguridad familiar, del niño que se sentía arropado al crecer.

Ahora la miraba con los ojos enrojecidos. Le dolían y escocían por aquellas cuarenta y ocho horas de dolor ininterrumpido y silencio.

A su alrededor las paredes blancas del salón de la pequeña casa molinera familiar parecían más frías que nunca. Varios rayos de sol las atacaban con un brillo intenso y molesto que producía destellos que le cegaban a pesar de las gafas de sol.

Sobre la chimenea había un jarrón de porcelana con dibujos orientales. A un lado un macetero que contenía una palmera artificial. Encima de la mesa auxiliar junto a los sofás descansaba aquella lámpara blanca que siempre coincidían en que la debían sustituir. Todo ellos objetos que de repente habían mutado, pues habían dejado de ser meras piezas decorativas y se habían transformado en recuerdos.

La noticia se la habían dado a la salida de clase. Sus tíos, aquellos con los que apenas tenía relación, habían aparecido allí donde no solía haber nadie salvo su padre. “Es él, Víctor, ha tenido un accidente de coche. Otro tipo ha invadido la calzada y… Lo siento mucho”.

Desplegó la pequeña lupa de la navaja y observó a su través. Varias rayas cruzaban la lente y el plástico gris del exterior estaba desgastado en los bordes.

–Con cosas insignificantes se logran grandes proezas. Fíjate– le había dicho el padre durante unas vacaciones. Tras acumular hojarasca había colocado muy cerca la lupa. El sol de verano y un poco de paciencia habían producido humo y más tarde una de las hojas había comenzado a arder. Víctor se había quedado fascinado con aquel milagro de la naturaleza.

Guardó la lupa y se levantó. Varias personas desconocidas hablaban con sus tíos en el jardín. A buen seguro discutían sobre su futuro. De pronto él era un problema que había que resolver. Un adolescente huérfano de padre y madre de quien alguien se tenía que hacer cargo.

Subió a su habitación arrastrando los pies. Intentó no mirar a los lados porque sabía bien lo que había en el pasillo. Una fotografía del padre y él pescando juntos en el lago de Sanabria. Otra de la madre con Víctor recién nacido. Una más de su quinto cumpleaños. Un retrato del padre durante el servicio militar. Y una última foto del propio Víctor, en un campamento apenas un año antes, con el acné en la frente y un rizo negro rebelde cayendo cerca de sus ojos verdes, que deslumbraban sobre su rostro de joven reflexivo que había tenido que madurar a la fuerza.

Se tumbó en la cama boca abajo. Sobre la almohada examinó la multiusos. Allí estaban todas las piezas. La sierra con la que completó el barco de marquetería que le encargaron en secundaria. Las pinzas con las que se había arrancado los primeros pelos del bigote. Las pequeñas tijeras. Los alicates. La lima.

Vio también la piedra de afilar. La extrajo y la aplicó sobre la mayor de las navajas.

–Primero fue mamá y ahora él. Las dos mejores personas del universo. No es justo– susurró con rabia.

La navaja tenía la longitud de su dedo índice. La hoja emitía reflejos sobre las paredes y el techo de la habitación. Víctor rozó el filo con suavidad.

–Si hay alguien ahí arriba no puede ser tan cruel.

Se incorporó y quedó sentado sobre la cama. Varios pósters de grupos de rock decoraban su habitación. Un tablón recogía varias notas desordenadas. Había ropa tirada en el suelo y las puertas del armario estaban abiertas.

Echó un vistazo a la puerta y comprobó que estaba cerrada con pestillo.

–Papá, llévame contigo… Yo no podré continuar solo…

Extendió el brazo izquierdo y acercó la hoja afilada a la muñeca. Apretó un poco contra las venas. La borde se hundió y su flexibilidad de la piel amenazó con ceder.

–Dame un motivo para no hacerlo.

Entonces llamaron a la puerta y Víctor se sobresaltó, dejando caer al piso la multiusos suiza.

Aterrado por lo que acababa de pensar y por la visión de su padre reprobando ese atisbo de actitud tan cobarde, rompió a llorar sin pararse a pensar en las consecuencias derivadas de hacer patente su debilidad.

Era la primera ocasión en que se dejaba ir de ese modo desde que había ocurrido el fatal accidente.

Las cálidas lágrimas cayeron esta vez sin miedo ni freno por sus mejillas y la presión desmedida en su estómago, sin él saberlo todavía, iba a ser la sensación sobre la que edificar su futuro.

 

 

 

El chico de los geranios (parte 2 de 2)

El chico de los geranios

[…] [Viene de “El chico de los geranios” (parte 1 de 2)]

 

Aquella noche Mariano exploraba la calle desde su quinto piso entre riego y riego. Eran cerca de las once y Manuela debía de estar al llegar. Eliminó varias ramas muertas del mayor de sus geranios a la luz tenue del balcón. Para no gustarle la jardinería no lo hacía nada mal. Era lo que tenía ser compulsivo, que a la par era detallista y cuidadoso, habilidades imprescindibles para el cuidado de las plantas.

Una sombra cruzó la esquina. Era ella. Acababa de despedirse de Víctor junto al semáforo. Desde arriba se percibía el paso rápido de Manuela para alcanzar el portal antes del toque de queda.

Mariano contempló la escena y casi la podía repetir de memoria. Era idéntica a la de la mayoría de las noches: Manuela llamaba al telefonillo, no tenía llaves –¿por qué? –, le respondía la madre, ella decía: “soy yo”, sonaba un pitido, ella empujaba, la puerta se abría, la luz del descansillo se encendía, la puerta se cerraba. Tres minutos y medio después, le tocaba el turno a la luz de la habitación de Manuela. A contraluz ella era una forma negra que disparaba las pulsaciones de Mariano y lo hacía enloquecer. Cuando dejaba el bolso. Cuando se quitaba la camiseta y los vaqueros. Cuando se ponía el pantalón corto que utilizaba para dormir. Cuando levantaba los brazos para ajustar su camiseta de tirantes favorita. Cuando desplegaba todas esas curvas y el universo parecía detenerse.

Era una especie de sombra chinesca maravillosa desplegada por un artista en un escenario.

Era un dibujo callejero trazado sobre el suelo con spray a través un molde de ésos que a veces se veía en los paseos.

Pero a Mariano le hacía sentirse muy vivo y se decía a sí mismo que sería capaz de vender su alma al diablo a cambio de diez minutos a solas con ella. Esta visión fortalecía su voluntad. Los planes que tenía, por imprudentes que fueran, tenían que ser ejecutados ese preciso día. No esperaría ni uno más.

Después de cambiarse de ropa ella solía cenar con su familia. Con su madre, con su hermana y con el novio de la madre, que era a quien pertenecía el piso. A Mariano no le gustaba nada ese hombre. Percibía miradas furtivas hacia la joven que lo hacían desconfiar.

Debía de ser un pervertido.

En las historias de superhéroes de Mariano el padrastro era el villano principal, Víctor su lugarteniente y su séquito estaba compuesto por los otros novios de Manuela. Mariano se ponía su traje de colores chillones, de amarillos y verdes fluorescentes, con antifaz y capucha, y escalaba la fachada hasta el sexto piso de ella. Entraba por la terraza y repartía mamporros aquí y allá. De una patada noqueaba a uno. Un puñetazo bastaba para mandar con Morfeo a otro. Cuando llegaba Víctor, Mariano realizaba un escorzo fantástico en el aire para saltar sobre él y después atacarlo por detrás. El pobre chico musculoso suplicaba clemencia ante la energía del campeón. El padrastro era el último en aparecer y llevaba agarrada del cuello a la chica. Mariano superhombre dudaba un instante. Enseguida decidía qué hacer. Cogía un florero que encontraba sobre la mesa y lo lanzaba con habilidad hasta la frente del malvado, que caía fulminado hacia atrás como un árbol quebrado. Ella se liberaba de su captor y se entregaba a los brazos del valiente Mariano que entre confesiones le decía que no se preocupase, que ya había terminado todo, que siempre estaría a su lado.

De nuevo en la realidad, Mariano esperaba con incertidumbre el momento más crítico de su plan. Manuela tenía que salir a tomar el aire a su balcón o él no podría llevarlo a cabo. Solía hacerlo pero no siempre. La joven había terminado de cenar y estaba viendo la televisión. Su figura aparecía y desparecía tras la cortina por el efecto intermitente del viento.

De pronto Manuela se levantó. Parecía dubitativa. Miró a un lado y al otro. Le dijo algo a alguien. Le respondieron. Ella escuchó y volvió a hablar. Imposible conocer la conversación a distancia. Manuela giró la cabeza hacia fuera y caminó. Ya estaba en la terraza. Se asomó a la calle y de manera fugaz echó a un vistazo hacia Mariano, que tenía los ojos clavados en ella, como un felino asustado que era descubierto haciendo algo que no debía en mitad de un callejón.

Quien dudó entonces fue el chaval. Pero si quería hacerlo, tenía que ser en ese momento. Así que se lanzó como el paracaidista que cerraba los ojos antes de arrojarse al vacío.

Mariano voceó fuerte. Lo más alto que pudo.

–¡Te quiero! ¡Aquí enfrente! ¡Soy yo! ¡Te quiero, Manuela! ¡Soy Mariano!

Ante la absoluta estupefacción de ella, ante un desconcierto que demostraba que la chica no conocía a Mariano ni de vista, él insistió tozudo a voz en grito.

–¡Te lo digo de verdad! ¡Te quierooooooooooooo!

Y concluyó con la frase que dejaría preparada la segunda parte de su catarsis, la del día posterior, cuando unos puños sólidos como piedras le golpearían en cada centímetro del cuerpo hasta dejarlo destrozado y le obligarían a permanecer tres días en el hospital con un par de costillas rotas.

–¡Deja a ese imbécil de Víctor y vente conmigo!

Manuela huyó espantada hacia el interior de su casa. Los gritos los había escuchado no sólo su familia, sino también medio barrio. Se quería morir de vergüenza. Al día siguiente tendría su venganza cuando le contase la escena a Víctor y éste ajustase cuentas con el descerebrado de Mariano.

Nuestro protagonista, por su cuenta, de un modo extraño se sentía poderoso por primera vez desde su nacimiento. Había tomado control de sus acciones. Había pasado de la teoría a la práctica. Había disparado su transformación y había activado su aprendizaje. Por la boca le habían salido sus miedos. Era un héroe de los de verdad.

Y aunque todavía no sabía que aprender era doloroso –cosa que descubriría la mañana siguiente cuando los porrazos de Víctor diesen por concluida la lección –, Mariano acababa de sembrar los cimientos de esa construcción humana que se llama madurar.

O crecer.

Tal y como lo hacían sus geranios.