La taza de café – parte 2

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Dorna se miró al espejo. En el rostro llamaba la atención el lunar negro sobre una de las mejillas y los grandes ojos marrones. Había elegido un vestido de mujer ejecutiva, con chaqueta roja y minifalda a juego. Debajo una camiseta blanca sin mangas que resaltaba su torso y en las piernas unas medias negras de licra con zapatos de tacón. Aunque había tenido que dejar el trabajo hacía un par de años por las exigencias de él y ya no se ponía ese tipo de ropa, sabía que aquella combinación le permitiría salirse con la suya, generar el suficiente deseo para que él la hiciese caso pero no tanto como para que dejase sin probar el plato principal de su menú. Se atusó el pelo, se terminó de retocar la pintura de labios y se puso un par de gotas de perfume en las muñecas y el cuello.

Entonces oyó la voz de su marido y el tintineo de unas llaves junto a la puerta. Se acercó a recibirlo. Él entró como un toro con su cuerpo excesivo y ancho, su nariz de halcón y su mentón militar pero Dorna le bloqueó el paso y tuvo que mirarla. Mientras escuchaba a su interlocutor al teléfono, la barrió de arriba abajo con la mirada y se relamió. Después, la apartó a un lado con el codo y se dirigió a la habitación.

Unos minutos más tarde, llegó a la cocina y se sentó a la mesa.

–¿Por qué vas vestida así? Pareces una cualquiera.

–Quería darte una sorpresa.

–Ya veo. Sírveme la comida y después veré qué hago contigo.

Empezó a hojear el periódico del día mientras Dorna le servía la crema. Su marido apuró el plato sin decir palabra.

–Te has pasado con la pimienta. Otros días te ha salido mejor.

–Lo siento, amor mío.

Continuó con la carne y después con el postre. Dorna era un manojo de nervios, le sudaban las manos y notaba perlas de sudor brotando a lo largo de su columna vertebral.

–El café te lo serviré en el salón.

–No, aquí – dijo él.

Dorna tenía preparada una respuesta de emergencia. No podía permitirse que degustase el café como lo hacía siempre, con esos exasperantes y breves sorbos mientras terminaba de leer el periódico y que podían hacerle sospechar ante el extraño sabor del café. Tenía que tragar toda la mezcla o no le haría efecto.

–Mejor en el salón, aquí no te puedo dar mi sorpresa.

Se levantó un poco la falda mostrando una liga sobre las medias. Él sonrió.

–Me has convencido.

Dorna puso la taza sobre el pequeño plato y al lado una cucharita. Sirvió el café hasta el borde sin azúcar ni leche, como era del agrado de su marido. Antes de caminar hacia el salón dejó escapar un largo suspiro.

El esposo estaba sentado en el butacón blanco. La esperaba con impaciencia. Se había desabrochado el cinturón y el botón del pantalón. En los ojos le latía un fervor creciente. Dorna dejó el café en la mesita de cristal y se alejó unos pasos. Agarró el mando del equipo musical y lo encendió. Una voz aterciopelada de mujer se superpuso sobre una melodía tranquila desde los altavoces distribuidos por el salón.

Dorna se acercó de nuevo al marido. A un par de metros de él empezó a contonearse. Las caderas oscilaban a un lado y a otro al ritmo de la música. Los brazos acompañaban el movimiento. Liberó uno de los hombros desnudos del refugio de las mangas de la chaqueta y los contornos de su pecho tomaron protagonismo. Clavó la mirada en él y se humedeció los labios con la lengua sin quitarle ojo.

Él estaba muy excitado. No estaba acostumbrado a aquellas exhibiciones. Dorna era una mujer dócil, aburrida, casi inerte, y aquello era toda una novedad. Amenazó con levantarse y abordarla sin más dilación cuando ella lo detuvo.

–Espera – susurró Dorna y apuntó con la barbilla hacia el café.

Con un rápido ademán el marido tomó la taza por el asa y sorbió el contenido de un trago, sin pestañear. Lo siguiente fue un quejido doloroso y ahogado desde la garganta ardiente, las manos rodeando el cuello intentando sofocar la angustia, la sensación del veneno arrasando el esófago como una lengua de lava que discurre por un valle y que no puede ser controlada.

Luego, la taza cayendo a cámara lenta, permitiendo el paladeo de Dorna, ese disfrute personal del plan ejecutado a la perfección, ese éxtasis de la venganza cocida a fuego lento.

Los tacones giraron sobre sí mismos y dejaron atrás el rostro retorcido de él.

Dorna no quiso observar el detalle de las facciones destrozadas. No quería que el horror de esa imagen le hiciese flaquear las fuerzas. Quería esquivar las dudas. Quería combatir la debilidad para afrontar el último paso de su plan.

Ya en la cocina tomó otra taza de café, la completó hasta el borde y sin pensar un instante bebió el líquido negro con ese regusto químico que, ahora sí, daría por concluida su obra.

 

 

Ver también La taza de café – parte 1.

 

 

La taza de café – parte 1

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       La taza de café acababa de cumplir su misión y se dirigía al suelo sin remedio, como el piloto de guerra que es alcanzado fatalmente tras acertar su objetivo con el proyectil.

       El pequeño recipiente, ya vacío, cayó muy despacio desde los dedos de él como desafiando a la fuerza de la gravedad. Dorna había visto ese efecto en muchas películas pero hasta ese momento no comprendió que ciertos instantes, de tan deseados, son capaces de dilatar el tiempo y alargarlo a su antojo como si se tratase de una fina goma elástica.

       Cuando las dudas y el sentimiento de culpa amenazaron con cernirse sobre ella, se giró sobre sí misma y empezó a caminar en dirección contraria.

       Dorna había visualizado cientos de veces la escena: el amplio ventanal cerrado y las persianas a medio bajar dejando escapar rayos de luz aquí y allá, el cuadro en tres módulos que alguien les regaló cuando se casaron, las estanterías a rebosar de libros de viaje y novelas, la moqueta gris, la gran mesa ovalada para ocho comensales y las sillas colocadas en perfecta posición, la pantalla gigante de televisión reflejando algún haz de luz despistado, el equipo de música con todos aquellos altavoces desperdigados, los dos sofás rojos de tres plazas en ángulo recto y la mesita de cristal en medio del salón donde estaría ubicada la taza de café.

       Y, por supuesto, él sentado en su lugar predilecto, ese butacón de cuero blanco desde el que durante todos aquellos años había ejercido su tiranía como marido.

       En sus sueños Dorna había intentado anticipar cada detalle, no sólo la ubicación concreta de cada mueble. Los horarios habituales de él, los platos que le prepararía para comer, las palabras a pronunciar, la ropa que llevaría.

       Sobre las dos y media él solía llegar a casa con cara de pocos amigos. Entraba hablando por el móvil arreglando a gritos alguna operación de última hora con uno de sus empleados. A ella apenas la miraba hasta un rato después, cuando había concluido su llamada y se había quitado los zapatos y aflojado la corbata. Al vistazo fugaz lo acompañaba un gruñido. Cuando tenía hambre su frecuente irascibilidad aumentaba y era mejor mantenerse al margen.

       Pero Dorna prefería eso a cuando llegaba con un par de cervezas de más. Entonces cambiaba su voracidad hacia la comida por una lujuria violenta y atroz. En esos días ni siquiera se desvestía. Entraba en casa directo hacia ella y la empujaba sobre el sitio menos pensado. Dorna poco más podía hacer que aguantar el dolor en silencio y sofocar los sollozos que sólo podían enfurecerlo aún más.

       Aquel día aseguró su plan llamando a la oficina cerca de las dos.

       –El señor ha salido ya para casa – respondió su secretaria.

       Dorna notó presión en las tripas y vaciló. Por su cabeza circularon como flechas los momentos buenos, el comienzo, los sitios caros, los viajes en que lo acompañaba, las cenas de gala, toda aquella gente elegante, la sensación de sentirse una reina. Había olvidado ya el momento exacto en que todo había cambiado. Tanta vejación, tanta palabra cargada de odio y tanto golpe indiscriminado habían sepultado aquella otra vida bajo toneladas de humillación.

       A él le gustaba la comida picante, así que había preparado vichyssoise con extra de pimienta de primero. De segundo, un enorme bistec con sal gorda y patatas fritas y pimientos rojos asados de guarnición. De postre tenía listo un cuenco de arroz con leche con una pizca de canela. Si bien Dorna tenía buena mano con la cocina, el paladar de su marido era exigente y no podía fallar si no quería llevarse una buena reprimenda.

       Y mucho menos aquel día.

       Probó varias veces la crema fría para ajustar el punto de sal y chequeó la cocción de la carne. Colocó cada una de las preparaciones con gracia sobre los amplios platos y luego miró el reloj. Le quedaban unos diez minutos más. Ya con los nervios a flor de piel preparó la cafetera, la puso al fuego y corrió hacia el bolso, de donde extrajo un pequeño frasco con el líquido dentro. Aguardó a que el agua empezase a hervir y cuando el café estuvo listo destapó el frasco y vertió todo el contenido, que se diluyó rápidamente en la intensa mezcla negra.

 

 

Ver también La taza de café – parte 2.

 

 

Aquél que quiere permanentemente «llegar más alto» tiene que contar con que algún día le invadirá el vértigo.
¿Qué es el vértigo? ¿El miedo a la caída?
¿Pero por qué también nos da vértigo en un mirador provisto de una valla segura?
El vértigo es algo diferente del miedo a la caída.
El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados.

 

La insoportable levedad del ser (Milan Kundera).

 

 

La tarta de Santiago (2 de 2)

Después de los quince minutos habituales de camino estaba frente al aparcamiento del edificio principal de la empresa. Se accedía al pasar la tarjeta por uno de los controles y sólo las de los empleados levantaban la barrera. Varios coches hacían cola pacientemente y Santi fue bajando la ventanilla.

Al llegar su turno aproximó la cartera al lector. Luz roja. No detectaba bien la tarjeta si estaba entre billetes o carnés, por lo que la movió arriba y abajo. Luz roja. El guardia de seguridad, desde su garita, le miró de reojo. Santi abrió la cartera, localizó su tarjeta de empleado y la extrajo. Probó una vez más, esta vez sin obstáculos. Luz roja. Arriba y abajo, despacio. Luz roja. La alejó y acercó con energía. Nada que hacer. Luz roja.

El guardia le hizo el gesto universal de calma y a continuación fue a ordenar el tumulto de coches que el percance de Santi había generado. Cuando hubo hueco suficiente, Santi dio marcha atrás y aparcó en un lateral. Bajó del coche y se encaminó a la ventanilla de acreditación.

–Buenos días, señor.

–Buenos días. Hay algún problema con mi tarjeta. Se habrá imantado o algo así – dijo Santi.

El tipo de la cabina introdujo los datos en el ordenador, tecleó un par de veces y movió con parsimonia el ratón. Luego llamó a alguien por teléfono y al cabo de unos segundos se levantó.

–Aguarde aquí, por favor.

Santi miró hacia el coche. La tarta de Santi, la tarta de Santiago, reposaba expectante dentro de su caja como la chica que aguarda a que su novio sople en un control de alcoholemia. La personificación de aquel objeto procedía de ninguna parte, aunque tenía sentido de algún modo. Quizá el cariño que uno deposita en su obra dota al objeto creado de un minúsculo pulso vital o quizá se trataba tan sólo una proyección de personalidad procedente de sí mismo. En cualquier caso, cierta sensación de espera tensa le llegaba de aquella combinación de ingredientes bien horneados.

“Menuda estupidez”, murmuró Santi al descubrirse entre esos razonamientos.

Pasaron cuatro o cinco minutos más. Comprobó el reloj y se lamentó de estar llegando tarde.

El encargado de la cabina volvió acompañado de otro hombre. El aspecto del segundo, que vestía traje y corbata, contrastaba con ese lugar más acostumbrado a los uniformes de vigilante.

–Es usted Santiago Ortega, ¿verdad?

–Sí.

–Me han pedido que le entregue esto.

El desconocido le dio un sobre grande a través del hueco del cristal. El logotipo de la organización, de un tamaño similar a la silueta que tenía en casa y que había utilizado un rato antes para la decoración de la tarta, figuraba en una de las caras, desafiante.

De pronto un punto de nerviosismo le invadió.

Levantó la mirada hacia sus interlocutores. El tipo con traje tenía una expresión de gravedad en el rostro y el guardia miraba hacia el suelo. Entre ambos la silla giratoria apuntaba hacia la derecha y una papelera vacía se divisaba entre las piernas. En la mesa la tarjeta de empleado de Santi, con su foto en blanco y negro, había sido arrojada junto a un café de máquina expendedora a medio terminar.

Recapacitó. Las cosas hacía tiempo que no iban del todo bien. Los resultados de la compañía estaban en línea con los de todo el país, mal, pero en el pasado también habían tenido problemas y habían logrado salir adelante. Aquella era una organización grande con sus ineficiencias como en cualquier parte y no había indicios reales que hicieran pensar en cambios.

El remite del sobre, “Recursos Humanos”, en la cara posterior, le heló la sangre y le aclaró por completo lo que se iba a encontrar en el interior.

Un último chequeo a su coche, con la caja de la tarta de Santiago sobre el asiento del copiloto, ya no le transmitió precisamente la sensación de estar ante un pensamiento incoherente o ante una imagen estúpida.

Más bien todo lo contrario.

 

 

Ver también: La tarta de Santiago (1 de 2)

 

 

La tarta de Santiago (1 de 2)

Media docena de huevos. Un cuarto de kilo de almendras molidas y otro cuarto de azúcar. La ralladura de piel de un limón. Canela al gusto. Azúcar glas para decorar.

La tarde anterior Santi había estado preparando la receta con mimo. Mientras su mujer llevaba al cine a su hijo, él había dispuesto en la encimera de la cocina los utensilios necesarios. Un bol, una cuchara de madera, el medidor de volúmenes, la pequeña báscula, los cuchillos, la varilla de batir, el molde. Luego había encendido el viejo transistor que había heredado de su padre tras su fallecimiento, apenas dos o tres meses antes. Le encantaba encerrarse para cocinar y hacerlo con música era uno de sus requisitos. Con un agrio suspiro por el recuerdo paterno había sintonizado el dial hasta dar con una canción de su agrado.

Había untado con aceite el molde y lo había espolvoreado con harina. En el bol había mezclado azúcar y almendras y después había incorporado uno a uno los huevos sin dejar de remover hasta obtener una masa fina y sin grumos. Había añadido la ralladura de limón y la canela y le había dado unas cuantas vueltas más. El último ingrediente para un sensiblero como él era una porción generosa de amor, componente sin el cual cualquier plato quedaba sin alma. “Hacedme caso, se nota”, decía él muy convencido a los allegados que le preguntaban sobre el secreto de su buena mano con la cocina. Finalmente había incorporado la masa al molde y lo había introducido en el horno calentado previamente a 180 grados.

Media hora más tarde, mientras apuraba un tercio de cerveza frente al televisor, se había dirigido de nuevo a la cocina y había extraído la tarta del horno. Tras comprobar la cocción la había dejado en un rincón para que enfriase durante la noche.

Desde su incorporación a la empresa, Santi se había instaurado a sí mismo la costumbre de llevar una tarta casera de Santiago el día del apóstol con el mismo nombre. El primer año lo había hecho como una forma de ganarse la confianza de sus recién estrenados compañeros en Madrid. Le había parecido gracioso celebrar la coincidencia por la celebración de su santo con la elaboración de esa tarta que llevaba su mismo nombre y que era tan especial para él, puesto que sus padres y tíos habían sido gallegos. Después del éxito de la primera tarta, Santi había repetido la receta año tras año y cada vez había recibido las mejores alabanzas de sus jefes y compañeros por el detalle.

La mañana siguiente Santi desmoldó la tarta nada más despertar y tras colocar sobre ella una plantilla con el logotipo de la empresa –aquel triángulo cruzado que nadie comprendía– la espolvoreó con azúcar glas. Con cuidado introdujo la tarta en una caja de cartón con asa y puso al lado varias servilletas de papel, platos y cubiertos de plástico. Antes de cerrarla sonrió ante la perfección estética de su obra. “Espero que sepa tan bien como parece”, se dijo a sí mismo.

Como cualquier otro día desayunó con su hijo Dani y con su mujer, Begoña. Ella tenía un trabajo temporal que la traía por la calle de la amargura, pero Santi esperaba que sólo fuese eso, algo temporal. Tras despedirse de ella, Santi llevó al pequeño de seis años al colegio en el coche familiar, lo acompañó hasta la entrada, saludó a su profesora, besó al crío y se volvió a meter en el coche para dirigirse a la empresa.

Durante el trayecto escuchó con atención su programa de radio favorito, uno de economía. Se hurgó en la nariz. Descubrió el helicóptero de la guardia civil en busca de algún despistado y redujo la velocidad. Salvó a tiempo un atasco en una de las circunvalaciones tomando un pequeño rodeo. Anotó mentalmente un par de cosas que necesitaba comprar. Recordó que tenía próximo un cambio de aceite. Limpió el salpicadero con un pañuelo de papel. Sujetó la tarta de Santiago ubicada en el asiento del copiloto cuando una curva la desplazó hacia un lado.

También se dijo que debía decirles más a menudo a su mujer y a su hijo que los quería.

 

 

Ver también: La tarta de Santiago (2 de 2)

 

 

El comienzo de una gran amistad

Serpientes en el cerebro,
dragones en el cielo,
tatuajes en la piel,
alcohol en las venas,
decepciones en el corazón.

Acércate,
estás perdido,
debo decirte algo:
la felicidad no existe,
al menos pasémoslo bien.

Reúne a tus aliados,
piérdete en el bosque de la ciudad,
asegúrate de no saber volver,
bebe y fuma,
excava una zanja profunda ahí mismo,
en las entrañas de la sociedad,
ya no hará falta que salgas de ella.

Tranquilo,
el que no entra contigo
no merece la pena,
no es tu amigo.

En la madrugada abandona el refugio,
sólo un rato,
no puedes cambiar el mundo,
acorrala tus objetivos,
ataca,
bienvenido a la ley de la selva.
¿Hay algo mejor?

Entra en la zanja
hazme caso,
ya no hará falta que salgas de ella.

Tranquilo,
el que no entra contigo
no merece la pena,
no es tu amigo.

Cuando despiertes del sueño,
no estarás solo,
habrá oídos para escuchar.

El demonio de la desidia ha muerto,
saluda al ángel de la desesperación.

Tranquilo,
el que está a tu lado ahí abajo,
merece la pena,
es como tú,
es tu amigo. (3)

 

(“El comienzo de una gran amistad”, canción, año 2000)

 

 

El banco – parte 3

Los domingos solían repetir costumbres. A las siete arriba – incómodo legado de tantos años de madrugar –, misa de nueve, café con leche en el bar de toda la vida, autobús con dirección al puerto, visita al kiosco del paseo para comprar el periódico local para él y una revista de recetas para ella y un breve caminar junto al mar en silencio que finalizaba con los dos ancianos sentados frente al puerto.

Aquel día no era distinto. Desde que sus hijos habían emigrado hacia Madrid la rutina se había convertido en una cálida sábana que aportaba candor a sus doloridos huesos y ninguno de los dos ni necesitaba ni solicitaba un mínimo cambio de planes al orden establecido.

– ¡Vamos, mujer! – pensó él, sin llegar a decirlo. El autobús salía y no quería perderlo. Hizo aspavientos con los brazos para que su esposa se apresurase.

Eligieron uno de los bancos de madera, uno al que le faltaban varios de los listones pero que no era demasiado incómodo. Javier apoyó su bastón sobre el respaldo y ayudó a Noelia a sentarse. La artrosis había convertido las rodillas de la mujer en bolsas llenas de piedras y aunque caminaba con dificultad su estoicismo seguía en buena forma.

–¡No seas bruto, que me haces daño! – se dijo ella así misma sin abrir la boca.

Sin dirigirse aún la palabra, el viejo se centró en lo suyo, lamió sus dedos y despegó con ellos las primeras páginas del diario. Ella, con la mirada perdida en el horizonte, no hizo caso de su revista. En cambio siguió la trayectoria de una de las lanchas turísticas que con parsimonia movía personas de un lado a otro del puerto.

–¿Recuerdas la primera vez que nos sentamos aquí? – le preguntó mentalmente a Javier. No quería molestarle mientras leía, él odiaba cuando le hacían eso.

Ella sí se acordaba. Perfectamente.

Embobada con el lento trasiego de pasajeros pasaron veinte, quizás treinta minutos.

Adonde estaban se acercó una paloma y ella sacó una bolsita de la chaqueta con migas de pan. Empezó a arrojar los trocitos uno a uno y muchos otros pájaros se unieron. Javier miró el panorama con una desgana que a Noelia no le pasó desapercibida.

–Acompáñame, hagamos algo juntos como antes aunque sólo sea esto.

Pero las palabras se quedaron en el limbo de la cabeza de Noelia.

Cuando terminaron el periódico y se acabó el pan, volvieron a casa.

 

 

 

(Ver también: El banco, parte 1 y El banco, parte 2)

 

 

El banco – parte 2

Anochecía cuando se pararon en seco en medio del paseo y se sentaron en uno de los bancos con vistas al puerto, uno con las patas oxidadas y la pintura desconchada por el salitre. Fue como si se hubiesen puesto de acuerdo en dejar de dar el espectáculo ante los transeúntes y resolver su agria discusión con un poco de intimidad.

–¡Ya basta, Noelia, sabes que odio que cuestiones mi autoridad como padre delante de ellos! Yo eso nunca te lo haría.

–Tú haces cosas peores y ni siquiera te das cuenta.

Acababan de salir del cine. Una niñera contratada por horas había hecho posible la liberación de los dos hijos pequeños que en la misma medida que a menudo los colmaban de felicidad, otras veces lograban sacarlos de quicio y llevar hasta el límite su relación de pareja.

–Estoy harto de esto, de que no nos pongamos de acuerdo en nada y de que cada vez que hablamos sea para echarnos mierda el uno sobre el otro – se quejó Javier en un tono a caballo entre la ira y la desesperación.

Ella le dejó hablar sin mirarle a la cara. Tenía la vista perdida en el mar negro.

–No me valoras, Noelia, nadie me ha tratado antes tan mal como tú.

La respuesta de ella salió disparada con fuego real, ahí donde más duele, hacia el punto que sólo es capaz de ubicar quien realmente conoce a otra persona.

–Venga, Javi, hazlo, lo estás deseando, huye como tantas otras veces en tu vida. A ver si te atreves.

Los ojos de él centellearon de furia.

–¡Te tomo la palabra! ¡Quizás lo haga!

Ambos sabían que no hablaban en serio, pero a veces soltarlo era balsámico.

Enrocados cada uno en su punto de vista y criticando entre dientes la postura inflexible del otro, regresaron a casa caminando a un par de metros de distancia, sin decir palabra.

 

 

(Ver también: El banco, parte 1 y El banco, parte 3)

 

El banco – parte 1

Un denso manto de estrellas arropaba a la luna menguante en aquella templada noche estival. El conjuro del primer beso acababa de ser recitado y la pareja intentaba paladear la magia de la mirada inmediatamente posterior a aquel contacto tan especial.

Noelia… – acertó a decir él con los ojos fijos en ella.

La joven apenas soportó el peso de aquella observación unos segundos antes de sonrojarse y dirigió los ojos hacia el suelo intentando ocultar su rubor. Él sujetó con ternura una de sus manos, que al tacto le pareció suave y delicada.

–Tanto he esperado este momento que ahora tengo miedo de no ser capaz de disfrutarlo al máximo. Soy tan feliz por tenerte aquí a mi lado – continuó el chico.

Como respuesta recibió un nuevo silencio.

Estaban sentados en un bonito banco de madera recién pintada con vistas al puerto y el vaivén de las olas contra los diques cobraba protagonismo en los huecos dejados por las palabras. Los reflejos de las luces sobre las aguas negras rebotaban contra las pupilas de los jóvenes.

Con lentitud Noelia giró la cabeza hacia él y se recostó sobre su pecho dejando escapar un suspiro indescifrable.

Noelia, cariño mío, hoy es el inicio del resto de nuestras vidas.

Ella le acarició el cuello con suavidad y se le respondió con esas dos palabras que, según quién y cómo se digan, todo o nada significan.

–Te quiero, Javi.

Entonces las cabezas se pusieron de nuevo a la misma altura y se fundieron en una sola.

 

 

(Ver también: El banco, parte 2 y El banco, parte 3)