Insolación

–¿Queda mucho para llegar?

–No creo. Debemos de estar ya muy cerca.

Bárbara llevaba un buen rato quejándose y a María le empezó a preocupar que hubiese repetido tres veces la misma pregunta en los últimos cinco minutos.

–Necesito agua, no puedo más.

–Tienes que aguantar un poco, según el mapa deberíamos ver la cima tras aquel risco.

María no estaba segura de lo que decía, pero no tenía más alternativa que aparentar confianza. Si Bárbara desfallecía no podría cargar con ella y entonces tendrían las dos un problema gordo de verdad. Aquella ruta de interior era poco frecuentada por los senderistas en agosto y lo demostraba que en las cuatro horas de caminata que llevaban no se habían encontrado con nadie. De allí arriba, con un sol de justicia cayendo sobre ellas y sin agua ni ayuda en varios kilómetros a la redonda, solamente las podía sacar su propia fuerza de voluntad.

–Toma. Bebe. Tiene que quedar alguna gota en mi cantimplora.

Obedeció a duras penas. La pobre Bárbara tenía un aspecto lamentable. La cara congestionada como un tomate había dejado de sudar hacía un buen rato y a María le pareció que los labios y la frente se le estaban hinchando y desfigurando por momentos. La boca se le veía seca y árida y movía las extremidades con lentitud, como a cámara lenta.

–Ten, tápate la cabeza con este pañuelo y siéntate. Descansaremos unos minutos.

María intentó aclarar sus ideas bajo aquel calor infernal. No les quedaban líquidos en las mochilas y apenas disponían de una bolsa de galletas y una barrita de cereales. Al menos no estaban perdidas. Revisó el mapa y miró alrededor para ubicarse de nuevo. No quería cometer otro error de cálculo como el que las había llevado a esa situación por lo que sopesó las alternativas. Regresar era una mala idea. Tendrían que desandar todo el camino y no veía a su amiga capacitada. La propia María tampoco estaba para tirar cohetes. Su mejor opción era continuar. Unos metros más de ascensión y luego el sendero debía de descender bruscamente. En el mapa se veía una amplia mancha verde un poco más allá y una línea azul serpenteante a su través. “Un bosque y un riachuelo”, se dijo. “Tenemos que intentarlo”.

–Vamos, Bárbara, hay que seguir.

–No. Déjame aquí durmiendo. Sólo un ratito, por favor.

–Cariño, no puedo hacer eso. Te asarías de calor. Debemos tener cuarenta grados encima.

–No me importa. Ve tú sola, anda.

Se tumbó en el suelo y se hizo un ovillo. A María le horrorizó aquella postura. Le recordó a una serpiente que se envuelve a sí misma cuando está herida de muerte. Le tocó la frente y vio que le ardía de fiebre. Necesitaba atención médica de forma urgente. Por primera vez María se asustó de veras. El miedo disparó sus pulsaciones y le inyectó una buena dosis de adrenalina.

–¡Levántate! ¡Arriba!

Apoyándola sobre el hombro, empezaron a andar arrastrando los pies.

Si a María no le fallaban los cálculos que acababa de hacer, en una hora estarían en el terreno verde del mapa, mucho más favorable, y en un par de horas más alcanzarían el pueblo habitado más próximo.

–Vamos. Es sólo subir este trocito. Luego es todo cuesta abajo.

–No puedo.

–¡Claro que puedes! Además, yo estoy aquí contigo para ayudarte.

Mientras pronunciaba estas palabras María empezó a rezar las dos o tres oraciones que recordaba de cuando era niña. No había cuidado mucho su relación con Dios desde entonces, pero le pareció que aquel momento era el más adecuado para volver a acercarse a él. “Esto sí que es acordarse de Santa Bárbara cuando truena”, se dijo. Y al caer en la coincidencia entre el nombre de la Santa y el de su compañera, dejó escapar entre los dientes una risita histérica que también le asustó. Aunque esta vez de un modo bien distinto.

 

 

Manipulación de expectativas

El ruido de un frenazo levanta ecos en el aparcamiento privado del complejo de empresas Horizonte a las afueras de Madrid. Un deportivo color negro acaba de ser aparcado bruscamente en su plaza, la mejor situada de la primera planta subterránea, y de su interior emerge la figura de su propietario, un hombre alto y apuesto que luce gafas de sol a pesar de estar en interior y viste traje caro a medida, zapatos italianos y gemelos de oro. En la mano derecha porta una tableta último modelo refugiada en su funda de cuero negro, a la que trata con esmero como si en vez de un aparato electrónico fuese su mascota. Mientras se dirige al ascensor dando largas zancadas y con una altiva sonrisa dibujada en el rostro, piensa que transmitir ímpetu es necesario aunque no haya una urgencia especial, porque como líder de personas sabe que debe llamar la atención e influir sobre ellas sin interrupción. La sensación de tener prisa es un mensaje que desea tener de su lado para que sus subordinados sepan lo que espera de ellos: eficacia y rapidez.

Su nombre es Jorge Flores y es el joven propietario de una empresa de Internet dedicada a la venta de productos de lujo. Ambicioso y seductor, su perfil es comercial, orientado a captar contratos y a abrir nuevas vías de negocio. Tiene un socio, Javier Abellán, de corte técnico, que es su genio en la sombra, el gurú del producto, ese cerebro que Jorge se preocupa por mimar para extraer de él el máximo rendimiento posible.

– Sin mí no serías más que un bicho raro encerrado en un garaje – le recuerda cuando Javier se dispersa en soluciones con nula aplicación práctica.

En la planta 0 sube al ascensor el Director de Comunicación de la compañía, Roberto Alonso. Ronda la cuarentena, está divorciado y es padre de dos niñas de tres y cinco años. Desde hace cuatro meses vive en Las Rozas en un piso pequeño, no le da para más, pues la mayor parte de su nómina la disfrutan su exmujer y las crías. Conduce un utilitario, fuma compulsivamente, bebe más de lo que debiera y tiene una amiga especial – y varias menos especiales – a la que visita cada noche con premeditación. Jorge Flores sabe todo esto y mucho más, de él y de casi todos los que le rodean. Clientes, proveedores, empleados, familiares, nadie sale de su perímetro de control. Tiene interiorizado que la información es poder y es por ello que guarda y actualiza con celo un archivo Excel con multitud de datos de cada uno, desde direcciones de sus hogares hasta los lugares de vacaciones preferidos, pasando por nombres de esposas e hijos, aficiones, intereses, sueños, virtudes, defectos e incluso miedos.

Jorge Flores saluda a Roberto y enseguida inicia una charla intrascendente con él. Es experto en calibrar el mensaje dependiendo de su interlocutor y ejerce su habilidad en todo momento. En este caso los temas elegidos son el tiempo, esa fea tos mañanera producida por el tabaco y, antes de despedirse, una consulta acerca del último proyecto con agencias de comunicación en redes sociales que su colaborador tiene entre manos. Jorge no cree que en ella y no va a permitir que llegue a buen puerto, pero debe aparentar que le ve ciertas opciones. Ha visto en Roberto esa chispa en los ojos que enciende la ilusión y no puede apagarla de repente, ya que sería un factor desmotivador que luego le costaría reencauzar. Ya llegará el momento de rechazarlo más adelante, siempre tendrá tiempo de utilizar como excusa los dichosos recortes, el foco del negocio o cualquier otro de los tópicos habituales si no encuentra algo más convincente.

Llega al despacho y se desabrocha la americana. Ojea la agenda junto a su secretaria. Dos comités internos, un almuerzo con clientes y una tediosa reunión vespertina con el equipo de desarrollo. Día duro, pero nada fuera de lo normal. Talento, exigencia máxima y con los demás “manipulación de expectativas”, se decía a sí mismo para explicar su valor diferencial como emprendedor y como gestor y quería expresar con ello que los sabios manejaban a los que lo son menos a través de fachadas ficticias y necesidades no cubiertas, lo cual aplicado a su caso implicaba lograr que cada interlocutor hallase en su relación con él, con Jorge Flores, una experiencia única en cuanto a empatía y en cuanto a opciones de futuro. Qué mejor, pensaba, que ofrecer a cada uno justo lo que esperaba recibir. Tema aparte era si ofrecer finalmente desembocaba en dar. Ahí participaban muchos otros factores, siendo el principal el valor lucrativo de la operación para el propio Jorge.

Observa a través del ventanal los árboles del exterior, toma aire y se acomoda en su sillón giratorio. Extrae la tableta de siete pulgadas y la enciende. Marisa, su mujer, anduvo ayer en casa con la pequeña computadora y a buen seguro le cambió alguna de sus configuraciones. No ha terminado todavía de hacerse con los controles de las máquinas y difícilmente lo conseguirá ya a su edad.

– Un momento… – susurra Jorge Flores.

Marisa se dejó anoche la sesión abierta del correo electrónico. Qué extraño. Es la primera vez que le sucede. Sabe que no está bien cotillear, pero la curiosidad le supera. Echa un rápido vistazo al último mensaje recibido. “Mañana por la tarde, te espero donde siempre. Roberto.”, descubre en la escueta nota.

Jorge Flores abre la boca de par en par.

– ¿Qué demonios es esto? ¿Roberto?

El primer pensamiento que le atraviesa la cabeza vuelve a ser su “manipulación de expectativas”, esa táctica propia que nunca ha compartido con nadie, ni siquiera con Marisa, y que le hace diferente al resto. Un activo único, personal, estratégico. Al menos eso pensaba él hasta entonces.

– No,…, no es posible – se responde a sí mismo mientras una gota de sudor frío inicia su lento descenso desde la nuca hacia la parte inferior de su espalda, erizando a su paso cada centímetro recorrido de piel.

Pero mientras su rostro se enciende y pasa del pálido al bermellón, reconoce que el beneficio de la duda es el menor de los beneficios que debe conceder a esa opción.